Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
A diario, los mercaderes azuzan con la vara a sus asnos, sus pequeños caballos y sus dromedarios en dirección a la ciudad. Las cargadas caravanas avanzan pausadamente por los caminos polvorientos, y sus guías se fían del olfato para encontrar As-Sagir, la puerta principal. En su periferia se apretuja una muchedumbre indescriptible que espera a ser registrada por algunos guardias despreocupados. Para pasar el rato, la gente charla con el vecino, habla de bodas o negocios, o se concentra en la contemplación de los numerosos minaretes que dominan las murallas como otros tantos faros. Todo esto bajo los rayos del sol, que dispersa, mitigando su fuerza, la inmensa cúpula de la mezquita de los omeyas, construida en 706 por el califa al-Walid al principio de su reinado. La cúpula se levanta sobre la ciudad como un arco iris de oro. Ciertamente, Damasco merece ser llamada la «gran silenciosa y blanca».
Damasco había conocido, sin embargo, muchas horas sombrías.
Después de haber sido durante largos años objeto de luchas entre francos y sarracenos, estos acabaron por imponerse en 1154, cuando Nur al-Din se sentó en el trono, antes de ser reemplazado por Saladino en 1174.
Luis VII había tratado, en su época, de apoderarse de ella por cuenta de los francos, siguiendo los consejos de su mujer Leonor (aconsejada a su vez por Shirkuh, el tío de Saladino). Pero el rey había acabado por renunciar, pues, mientras la ciudad se mantenía firme, su mujer había sucumbido, en cambio, a los asaltos amorosos de Shirkuh.
Después de la pérdida de Edesa, el fracaso de esta expedición se había añadido a la larga lista de desengaños de los francos en Tierra Santa y había transformado a Damasco en un enemigo implacable de Occidente. A pesar de ello, la ciudad se jactaba de albergar una de las comunidades cristianas más antiguas de Oriente, y poseía una de sus más primitivas iglesias: Santa María. Sin embargo, las mezquitas se imponían ampliamente frente a las iglesias. Se veían muchos más minaretes que campanarios apuntando su dedo hacia el cielo y, en la hora de la oración, las llamadas de los muecines cubrían el canto de las campanas. Con todo, los cristianos, al igual que los judíos, convivían allí sin problemas con los mahometanos.
Desde un punto de vista estratégico, Damasco era muy importante, ya que sellaba la unión entre los dos reinos de Egipto y Siria. Más al norte, obstaculizaba los movimientos de Constantinopla, aunque, desde el reinado de Isaac Angelo, el viejo Imperio bizantino se mostraba favorable a Saladino.
Finalmente, desde hacía unos años Damasco era blanco de los ataques y las incursiones de los nizaritas, que descendían de sus fortalezas del Yebel Ansariya y sembraban el desorden en la ciudad o, más discretamente, se establecían en ella. Así habían conseguido tejer una eficaz red de informadores que comunicaban a su amo, Rachideddin Sinan, los movimientos de Saladino y también sus intenciones.
Masada y Femia se dejaron guiar por Carabas. Cruzaron la puerta de As-Sagir y se hicieron llevar hacia la parte alta de la ciudad, donde se encontraba el mercado de esclavos. Posados, más que sentados, en su asiento, no manifestaban ninguna emoción, aunque Masada experimentara de hecho emociones de toda clase, a veces contradictorias. A la cólera se superponía la alegría de sentirse por fin libre, por fin en la Verdad. Como si aceptando a Carabas por guía hubiera encontrado su camino.
Y aunque el camino fuera lento, lleno de obstáculos, y debiera hacerlo con su mujer, aunque los templarios fueran tras él y hubiera tenido que abandonar toda su mercancía y a su último esclavo, al final, estaba seguro, se encontraba lo que buscaba desde siempre: una vida de aventura.
Femia se había tumbado. El viaje la había fatigado. La perrita se había instalado delante, entre ella y su marido, y miraba, encantada, con la boca muy abierta, cómo se desplegaba el panorama de las calles. Sin embargo, no había motivos para alegrarse, se decía Femia. La mujer rumiaba sombríos pensamientos cuando la multitud se apartó, dejando libre el paso hacia la ciudad alta. La carreta dio una sacudida y se dirigió hacia un estrado donde se alineaban una serie de hombres y mujeres encadenados. Esclavos. Los mercaderes, látigo en mano, bramaban para atraer la atención de los posibles compradores y anunciaban precios que desafiaban cualquier competencia. Al divisar a uno de los prisioneros, Femia se volvió hacia su marido.
– ¡Mira ahí! -exclamó-. ¡Ahí, te digo!
Masada no dijo nada y se limitó a esbozar una sonrisa boba. Entonces Femia extendió el brazo para sacudirlo, y se dio cuenta de que se había adormilado.
– ¡Despierta! -le gritó-. ¡Hemos llegado!
Masada abrió los ojos y vio, no lejos de Carabas, a un hombre encadenado. A pesar de la banda de tela que le tapaba el ojo derecho y de sus numerosas heridas, lo reconoció enseguida: era Morgennes.
11
Un esclavo creyente vale más que un hombre libre y politeísta, aunque este os agrade.
Corán, II, 221
La primera intención de Masada fue dar media vuelta. Morgennes no parecía haberlo visto, de modo que Masada tiró de las riendas de Carabas. En vano: el animal se negaba a moverse. Femia se indignó y lanzó toda clase de improperios a su marido, que fingió no oír los insultos porque no sabía cómo responder a ellos.
Bajo las miradas divertidas de los curiosos, el hombrecillo descendió de la carreta y se dirigió renqueando hacia un rincón del mercado donde los herreros golpeaban unos sables para darles vida. Los «¡clang! ¡clang!» de los pesados martillos parecían subrayar las invectivas de Femia, y la cabeza de Masada se fue hundiendo cada vez más entre sus hombros. Finalmente, cuando se hubo alejado bastante, el pequeño judío hizo ver que se interesaba por el puesto de un artesano que fabricaba en el torno empuñaduras de daga.
Para convencerse, y para convencer a su mujer, del interés que sentía, Masada preguntó a un aprendiz por el precio de una de las armas, cuya reputación hacía tiempo que había rebasado las fronteras del Oriente.
– ¡Mal hombre! -gritó Femia a su marido desde su asiento-. Yallah! ¡Abandonar a tu mujer en medio del mercado!
Masada se hizo el sordo e inició un regateo para despistar.