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Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]

Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:

Al inicio de Los mundos fugitivos, Toller Maraquine II, nieto del protagonista de Los astronautas harapientos y Las astronaves de madera, lamenta el hecho de que la vida en los gemelos Land y Overland es demasiado tediosa y plácida comparada con los acontecimientos excitantes de la época en que vivió su ilustre antepasado. Entonces, mientras volaba en globo entre mundos, hizo su asombroso descubrimiento: un disco de cristal enorme, con miles de millas de extensión, crecía rápidamente, creando una barrera entre ellos. Impulsado por razones personales a investigar el enigmático fenómeno, Toller, sin más armas que su espada y su valor ilimitado, llegó a ser una figura destacada en los sucesos que decidirían el futuro de los planetas y sus civilizaciones.
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—Esa idea es demencial —proyectó Divivvidiv—. No es necesario que la lleves a la práctica sólo porque la hayas expresado en un momento de tensión. ¡Sé sensato, Toller Maraquine! ¡Protege a tu yo actual de tu antiguo yo!

Divivvidiv forzó la comprensión de sus pensamientos en la mente del Primitivo, esperando que el apestoso gigante rectificase su postura mental. Para sorpresa de Divivvidiv, el Primitivo reaccionó con una mezcla de desprecio, ironía, orgullo y la más ciega testarudez.

—Ponte derecho, cara gris —dijo con voz resonante—. ¡Y trata de portarte bien! Ya has probado mi paciencia con tus fanfarronerías sobre vuestras proezas de viajes espaciales, si es que puede llamarse así a esas brujerías geométricas; pero ahora te voy a poner al corriente de la realidad de desplazarse a través de las tinieblas.

»Mi abuelo paterno, cuyo nombre tengo el orgullo de llevar, fue el primer hombre que llevó una de nuestras astronaves a otro planeta, y me siento privilegiado porque el destino me ha llamado para emular sus hazañas. Vuelve a colocarte tus galas plateadas; tenemos trabajo que hacer.

—Pero… ¡es un suicidio! ¡Es una locura!

Divivvidiv sintió que empezaba a temblar ante la perspectiva de arriesgar la vida en una de las cáscaras de madera de los bárbaros, que había examinado brevemente durante la fase preliminar del desarrollo del Xa. Había resuelto conservar aquellos endebles artefactos por si el Director mostraba algún interés en sus orígenes. ¿Por qué no habría tenido la preocupación de destruirlos? ¿Y por qué los diseñadores de la estación, aquellos autócratas de los altos niveles del Palacio de los Números, no habían calculado la posibilidad de intrusos alienígenas?

—¿Un suicidio, dices? No tan peligroso como permitir que me transportes… hasta el centro de una de tus ciudades —dijo el Primitivo grandote, aflojando un poco la mano del hombro de Divivvidiv, lo que hizo disminuir el dolor.

La confianza del gigante aumentaba a cada segundo, pero Divivvidiv percibió la inquietud creciente en la mente de su compañero. De momento no podía analizar sus sentimientos, porque gran parte de su capacidad mental estaba ocupada en tratar de resolver la apurada situación; pero esperaba que Steenameert expusiese algún argumento racional en contra de usar una de las astronaves de madera. En el nivel de comunicación del cerebro inferior, Divivvidiv pudo oír la llamada del Xa, con un turbador matiz que aumentó el ya peligroso grado de tensión.

—No tenéis ningún tipo de instrumento para la navegación espacial; por tanto el viaje del que hablas es imposible… —una nueva idea se le ocurrió a Divivvidiv—. Ya sé que crees que tu abuelo voló con una de vuestras naves a otro planeta, pero sin el conocimiento preciso de la velocidad de la nave, ni…

—Contaba con la ayuda de diversos cálculos —el gigante presionó más la punta de su espada, el arma con la que aparentemente compensaba sus insuficiencias mentales—. Tú me proporcionarás esa misma ayuda. Eres capaz de hacerlo, ¿verdad, cara gris? Has hablado mucho de tu superioridad inconmensurable, y de tus grandes saberes en todas las ciencias.

—Sigo diciendo que los riesgos son injustificados. Esas que llamáis astronaves pueden haberse deteriorado después de… —Divivvidiv dejó inconcluso su pensamiento cuando el segundo bárbaro expresó sus ansiedades.

—¿Puedo decir algo, señor? —su mirada de preocupación estaba fija en el rostro del gigante—. ¿Sólo una cosa?

—¿Qué quieres, Baten?

Divivvidiv escuchó lo que expuso Steenameert y se decepcionó cuando se dio cuenta de que la preocupación de éste no tenía que ver tanto con la viabilidad inmediata, como con la visión cosmológica que se le había comunicado antes. No obstante, su intervención distrajo la mayor parte de la fuerza mental del gigante, y a él le dio la oportunidad de evaluar la situación.

—¿Qué está ocurriendo, Amado Creador? —el Xa, en ese momento, encontró el modo de llegar hasta la mente de Divivvidiv—. He reparado el daño de mi cuerpo, pero aún siento un poco de dolor. Desearía tener algún órgano que me permitiese ver y oír dentro de la estación. ¿Están ahí los Primitivos?

—Eso no es asunto tuyo.

—¡Pero se ha hablado de las cuerdas, Amado Creador! ¿Fue usted? ¿Puede pronunciar palabras que no se corresponden con la realidad?

—Ningún ser con ética tiene esa capacidad —replicó Divivvidiv, irritado—. ¡Cálmate!

—¿Es usted un ser con ética, Amado Creador?

—¡Cálmate, te digo! —Divivvidiv cerró todos sus canales del cerebro inferior para que el Xa dejase de importunarlo.

—El espantajo nos ha hablado de una enorme explosión, señor —decía Steenameert al gigante—. Hemos de tener en cuenta lo que dijo. ¡Galaxias enteras serán aniquiladas! Según él, Overland y Land serán destruidos pronto, en un gran destello.

—Baten, ¿por qué me agobias ahora con una charla sobre galaxias y explosiones?

Las repugnantes facciones del Primitivo de menor tamaño mostraron signos de agitación.

—Dijo que ocurriría pronto, señor.

—¿Pronto? ¿Cuándo?

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

—¡Amado Creador! —Divivvidiv se sorprendió al descubrir que el Xa había logrado de nuevo acceso a su mente, aparentemente con poco esfuerzo—. ¿Les dijo a los Primitivos que yo tendré que morir dentro de sólo diez días?

La forma en que fue planteada la pregunta reveló a Divivvidiv que se había producido alguna fuga de comunicación en la densa protección de la estación, permitiendo al Xa captar trazas de interacciones mentales que le estaban vedadas. Aunque el descubrimiento hubiera resultado útil en otro momento y en otras circunstancias, ahora sólo sirvió para agravar sus sentimientos de furia y alarma.

—¡Te lo ordeno! —proyectó las palabras para el Xa con todas sus fuerzas—. Entra en un reposo general y permanece en ese estado hasta que yo te llame.

—…preguntándote, cara gris —gritaba el gigante—. ¿Cuánto tiempo tardará mi planeta en ser afectado por la explosión de la que hablaste?

—No puedo saberlo con precisión, pero tal vez unos doscientos años de los vuestros.

—Doscientos años… —el gigante miró a su compañero—. Parece un lapso muy breve para un planeta; aunque para mí, en este momento, me parece toda una eternidad. Hay mucho que hacer, Baten, y tenemos que actuar deprisa.

«Más deprisa de lo que creéis», pensó Divivvidiv, rodeando el pensamiento con todas las protecciones de su cerebro superior, para que ni siquiera el Xa pudiera percibir lo que pasaba por su mente. El remordimiento que antes le había inquietado, cada vez que recordaba el destino que los suyos planeaban para los habitantes de los planetas gemelos, ya había desaparecido. Las burdas emociones de desprecio, asco y miedo engendradas en él por su gigantesco captor lo habían provocado. «Dentro de diez días solamente, Toller Maraquine», pensó, «tu insignificante planeta dejará de existir».

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