Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]
- Автор: Шоу Боб
- Серия: Los astronautas harapientos #3
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-434-5
- Переводчик: Pilar Alba
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:
»La respuesta es que los planetas binarios que comparten atmosfera son muy poco comunes. Los astrónomos dussarranos sólo conocen otros tres ejemplos en esta galaxia, todos ellos muy lejanos y no tan bien armonizados como Land y Overland. Como ahora sabes, podemos desplazar nuestro planeta instantáneamente de una estrella a otra; pero las limitaciones de la energía evitan que saltemos más de unos pocos años luz cada vez. Este hecho significa que el frente de aniquilación, que ya esta avanzando hacia aquí a través de esta región de la galaxia, estaría siempre detras de nuestros talones, a menos que…, que encontráramos un modo de saltar a otra galaxia.
Toller contuvo su respiración con un sonido impersonal, como las olas serenándose en una playa distante.
—Diseñamos una máquina que sería capaz de transportar el planeta a través de la distancia necesaria, pero requiere para su construcción de un ambiente físico muy especial. Era precisa la ausencia de gravedad, para evitar que se deformase bajo su propio peso, un factor que no nos planteaba ningún problema. Pero también tenía que haber un aporte ilimitado de oxígeno y de helio para facilitar el crecimiento de la máquina, y por eso decidimos colocar al Xa en el baricentro de vuestros dos planetas.
»Ademas de todos los otros conocimientos que he impreso en tu mente, Toller Maraquine, es necesario que comprendas que el Xa está casi terminado. Aproximadamente dentro de diez días será activado, y cuando eso ocurra, el planeta Dussarra se esfumará de vuestra vista. Será al instante resituado en otra galaxia, a millones de años luz de aquí.
»Asimila lo que te estoy diciendo, Toller Maraquine, por tu bien, por la tranquilidad de tu mente. No hay nada que puedas hacer para recuperar a tus mujeres. Los recursos aunados de un millón de civilizaciones como la vuestra serían inútiles en esta situación. Te lo aconsejo: acepta lo que te digo y vuelve a tu planeta en paz y sin remordimientos de conciencia, sabiendo que has hecho todo lo posible.
Toller contempló con fijeza los perforados globos oculares del alienígena, extasiado, comunicándose consigo mismo y con otro, con esa figura heroica de otros tiempos cuyo ejemplo y consejo —aunque inferido— valoraba por encima de todo. «¿Qué habría hecho el verdadero Toller?», se preguntó a sí mismo, moviendo silenciosamente los labios para articular las palabras. Permaneció inmóvil durante varios segundos, medio seducido por los halagos de la lógica del alienígena; después retrocedió espantado, abriendo los ojos, como alguien que esquivase la mordaza de una trampa.
—Cógeme la pistola —dijo a Steenameert—. Y dame la espada.
—Te he perdido otra vez —Divivvidiv se apartó—. Estás actuando sin pensar. ¿Qué vas a hacer?
Toller aceptó el arma de Steenameert, encerrando en sus dedos las conocidas molduras de la empuñadura, y presionó la punta de la hoja contra la garganta del alienígena. Su visión se salpicó de estrellas rojas.
—¿Preguntas qué voy a hacer, cara gris? —susurró—. Pues te voy a cortar la cabeza de un sablazo a menos que dejes de decirme lo que tú quieres que oiga, y empieces a decirme lo que yo quiero oír. ¿Ha asimilado tu maravilloso cerebro este mensaje? Dime, ahora mismo, ¿cómo puedo rescatar a las mujeres? —preguntó, sin apartar la espada de la garganta de Divivvidiv.
La boca negruzca del alienígena se deformó y su frágil cuerpo inició sus convulsivos temblores, pero esta vez la amenaza de una muerte instantánea no le hizo perder totalmente el control.
—Te he dicho todo lo que puedo decirte. Tienes que entender la situación, no puedes hacer nada.
—Puedo matarte.
—Sí, pero… ¿qué lograrías con eso? ¡Nada!
—Eh… —Toller se opuso a ser desviado de su propósito—. Dijiste que las mujeres fueron transportadas a tu planeta… instantáneamente… por una de tus máquinas…
—Sí.
—En ese caso, iremos a por ellas con el mismo medio de transporte —declaró Toller, sorprendido de sus propias palabras.
Los temblores del cuerpo de Divivvidiv se hicieron menos intensos.
—¿No tiene límites tu tozudez, Toller Maraquine? ¡Quieres ser transportado al centro de una megaciudad de Dussarra, cuya población supera los treinta millones! ¿Qué crees que podrán conseguir allí tú y tu compañero?
—Te llevaré como rehén. Negociaré con tu miserable vida.
Los temblores de Divivvidiv cesaron del todo.
—Eso es bastante increíble, pero existe una posibilidad, si bien infinitesimal, de que tu ciega y primitiva testarudez logre tener éxito en lo que seres muy superiores sin duda fracasarían. ¡Qué idea tan curiosa! Podría ser un interesante tema de conversación en la próxima reunión de…
—¡Basta! —aún sujetando el hombro del alienígena con la mano izquierda, Toller bajó la espada ligeramente—. Harás lo que te digo. Nos llevarás a Dussarra.
—No me dejas otra opción. Iremos inmediatamente.
—Así está mejor —Toller relajó la mano del hombro de Divivvidiv, y después volvió a apretar los dedos nuevamente, esta vez con tanta fuerza que el alienígena se encogió de dolor—. ¿O es que está peor?
—¡No te entiendo!¿Qué pasa?
—Has dejado de temblar, cara gris. Ya no tienes miedo.
—Es una reacción natural ante tu nueva proposición.
—¿Ah, sí? No me fío de ti, cara gris… —Toller esbozó una fría sonrisa—. Así es como nos comportamos los Primitivos cuando negociamos con un enemigo. Confiamos bastante en nuestros instintos animales, esos tan despreciados por un ser evolucionado como tú; y los míos me dicen que te agrada la idea de llevarnos a Dussarra con tu máquina mágica. Sospecho que si lo hiciéramos seríamos aplastados inmediatamente, o quedaríamos inconscientes, o en alguna situación desventajosa que nos dejaría a vuestra merced.
—No tendría ningún sentido que opusiese mi razón a tus salvajes e ignorantes imaginaciones —en las maneras de Divivvidiv se percibía una insinuación de desafío—. Por tanto, ¿puedes informarme de cuáles son tus nuevas proposiciones de acuerdo con tus preciados instintos primitivos?
—¡Desde luego! —Toller se acordó de su abuelo y sonrió otra vez—. Voy a llevarte a Dussarra como rehén, tal como dije; pero el viaje se realizará sin recurrir a ninguna brujería geométrica. Hay dos buenas astronaves kolkorronesas, construidas de la mejor madera y totalmente abastecidas, que están esperando aquí al lado. Una de ellas nos llevará a los tres a Dussarra.
Capítulo 11
Las palabras del Primitivo —que llegaron a Divivvidiv a través de manchas informes y movedizas de actividad mental— fueron tan inesperadas, tan ridículas en su contenido, que al principio apenas sintió conmoción o alarma. Había sido desconcertante descubrir que los Primitivos eran capaces de realizar acciones coordinadas y dirigidas a un propósito mientras su sistema neurológico no emitía ninguna señal coherente; pero lo había catalogado como una condición transitoria, provocada por la rabia o el miedo. Seguramente el Primitivo grandote dejaría escapar una secuencia de palabras accidental, con sólo un ligero parecido a una frase racional, en cuanto la tempestad se calmase en su mente.
—¿Qué te parece esa idea? —dijo el Primitivo, abriendo su asquerosa boca rosa de gruesos labios.
Divivvidiv le observó durante un momento y sintió cómo empezaba a experimentar terror, al leer los procesos mentales que tenían lugar lentamente en el alienígena. El Primitivo había oído sus propias palabras como si hubieran sido pronunciadas por otro ser. Se había sorprendido casi tanto como Divivvidiv por su contenido, pero ahora volvía a lo que se suponía era su modo racional de pensamiento, y asumía realmente la responsabilidad de las palabras y la descabellada idea que implicaban.