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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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– Escuche, señor Delópulos, el señor Guikas me ha instado a contarle toda la verdad sin ocultar nada.

El preámbulo le complace. Se apoya en el respaldo del sillón, hinca los codos en la mesa, entrelaza los dedos y aguarda mi rendición total.

– Nuestro trabajo nos obliga a investigar cualquier información, cualquier rumor, por improbable que parezca. En el mundillo periodístico circula el rumor de que usted pensaba despedir al señor Petratos para poner a Karayorgui en su puesto.

Petratos se levanta de un brinco. Todo él tiembla de ira e indignación. También Delópulos parece furioso. Abandona su actitud relajada, descarga un golpe sobre la mesa y grita:

– Lo desmiento categóricamente. Confío plenamente en el señor Petratos y le aseguro que su puesto jamás peligró por culpa de Karayorgui.

– ¡Todo esto no es más que una maniobra barata para distraer la atención! -grita Petratos sin dejar de temblar-. No puede encontrar a Kolákoglu, que es el asesino, e intenta echar tierra sobre el asunto.

– ¿Qué hay de Kolákoglu? -pregunta Delópulos, con cara de querer tirarme a la basura.

– Nada todavía.

– ¡Ja! -interviene Petratos triunfalmente.

– Hasta el momento sólo hemos conseguido la información de un empleado en las taquillas de autobuses, en Kifisós. Recuerda que lo vio sacar un billete para Salónica.

– ¿Por qué no nos ha informado? En nuestro primer encuentro ya le dije que quiero la primicia de las informaciones. El señor Petratos se lo repitió. No obstante, usted se empeña en dejarnos al margen en un asunto que atañe directamente a nuestra emisora.

– No quería que la información circulara, para que no se entere Kolákoglu. Cuando vas detrás de alguien no hay que decirle dónde ha sido visto, porque entonces lo ayudas a escapar. De todos modos, le aseguro que es lo único que tenemos.

– Empiezo a pensar que el señor Petratos tiene razón -dice Delópulos-. Es usted un inepto. Me planteo seriamente la posibilidad de pedir al ministro que lo releve del caso. De usted depende si…

No llego a averiguar qué depende de mí, porque suena el teléfono. Levanta el auricular, pronuncia un «sí» a secas y me lo tiende.

– Para usted -dice.

– Diga. -Sólo contesto «Jaritos» cuando estoy en el despacho. Del otro extremo de la línea llega la voz de Sotiris, inquieta.

– Marza Kostaraku ha sido encontrada muerta en su casa, teniente.

Me lleva un tiempo reponerme.

– ¿Cuándo lo habéis sabido?

– Hace un momento. Recibimos una llamada anónima. He enviado un coche patrulla. Enseguida voy para allá, pero pensé que a lo mejor querría venir. Vive en el número 21 de la calle Hiéronos, en Pangrati.

– Bien, iré.

Delópulos, sin esperar que deje el auricular, prosigue arrollador:

– Decía que de usted depende si…

Pero llega tarde, como Rommel a la batalla del desierto, y ha perdido esta mano.

– Tengo una información en primicia para usted, señor Delópulos -anuncio-. Marza Kostaraku acaba de ser encontrada muerta en su casa.

Quedan petrificados en sus asientos, incapaces de articular palabra, y de repente recuerdo las palabras de la madre de Kolákoglu: no me alegro de que la hayan matado, pero existe la justicia divina.

Capítulo 21

– ¿Puedes estimar la hora?

Markidis, inclinado sobre el cadáver, se incorpora lentamente. No contesta enseguida. Consulta su reloj y realiza sus cálculos.

– Ahora son las doce. Deben de haber pasado unas diecisiete horas, de modo que la mataron entre las seis y las ocho de la tarde de ayer.

Qué bien. Mientras Zanasis me informaba sobre Kolákoglu, alguien asesinaba a Marza Kostaraku a diez manzanas de mi casa.

Está de bruces a mis pies, al lado del sofá. Tiene un brazo debajo del cuerpo mientras que el otro, el izquierdo, se halla estirado a un lado. Como si hubiese resbalado, borracha como una cuba, y hubiese caído en redondo. Lleva tejanos, jersey y zuecos de estilo holandés.

– La estrangularon, ¿verdad?

– Sí. Con un alambre o una cuerda metálica.

Se inclina y aparta el cabello. La cabeza está apoyada de costado y mira la mano. Una señal recta como una regla atraviesa el lado izquierdo del cuello. La poca sangre que la rodea está ya coagulada.

– Esta herida es de un alambre -señala Markidis-. Ni las cuerdas ni los cordones dejan señales así. La estranguló de pie y, cuando estuvo muerta, la dejó caer al suelo.

– ¿Un hombre fuerte?

– Sí, como el asesino de la otra. Supongo que se trata de la misma persona.

Sé lo que esto significa y no me gusta en absoluto. Si la hubiera estrangulado con un fular o un cable, el caso sería similar al de Karayorgui. No había ido para matarla, lo había decidido en el curso de la conversación, había agarrado cualquier cosa y la había matado. Pero en esta ocasión, el asesino fue preparado. Si es el mismo, como supone Markidis, entonces empezó con un asesinato improvisado, por impulso, y continuó con otro, premeditado. De mal en peor.

El apartamento habla por sí solo. El criminal lo ha dejado patas arriba. Cajones abiertos, papeles esparcidos por el suelo. Los libros de la estantería empotrada dispersos por toda la habitación. Imagino que buscaba desesperadamente algo que obraba en poder de Kostaraku y por eso la ha matado. Los hombres del coche patrulla encontraron la puerta entreabierta, pero la cerradura no había sido forzada. Kostaraku debió de dejarlo entrar. Igual que Karayorgui, que había estado charlando con él antes de que la matara. La teoría de Markidis queda confirmada. Se trata del mismo individuo, y las dos lo conocían. Así pues, es alguien de su entorno. ¿Petratos? Otra vez me topo con él. Puede que su relación con Karayorgui fuera más complicada de lo que suponíamos. Quizás ella había descubierto algún secreto cuando salían juntos y lo chantajeaba. Pero, ¿por qué iba a suponer Petratos que Karayorgui había revelado el secreto a Kostaraku? Él sabía que no se caían bien. Es indudable, sin embargo, que Kostaraku sabía más de lo que me había contado. Ya se lo dije la noche que salí del despacho de Petratos, que se metería en líos, pero no me hizo puñetero caso.

La carta encontrada en el escritorio de Karayorgui adquiere ahora más peso. Si el que la amenazaba por escrito era Néstor Petratos, entonces las cosas son de una evidencia aplastante. Supo por Kostaraku que Karayorgui la había llamado por teléfono y no la creyó. Estaba seguro de que en su casa encontraría lo que buscaba y la mató para conseguirlo. Por eso no habían forzado la puerta. Kostaraku no dudaría en abrir a Petratos. Si por el contrario la «N» no es de Petratos, entonces lo tenemos crudo, porque supone la existencia de un tercer sospechoso.

Sotiris sale del dormitorio y me aparta de mis reflexiones.

– El mismo desbarajuste allí dentro -dice-. Hasta vació los cajones de la cocina.

– ¿Habéis encontrado algo?

– ¿Acaso sabemos qué estamos buscando?

– ¿La llamada anónima la ha hecho un hombre o una mujer?

– Una mujer, pero no nos llamó a nosotros. Llamó al teléfono de emergencias.

– Debía de tener mucha prisa, pues de lo contrario se habría dado cuenta de que dejaba la puerta abierta.

– ¿No podría tener llave la que la encontró? Entra en casa, descubre el cadáver y, atolondrada, huye y se deja la puerta abierta.

– Me parece posible, pero improbable. De ser alguien que tuviera llave, la mujer de la limpieza, por ejemplo, se habría puesto a gritar, a llamar a los vecinos. La persona que la encontró no debía de conocer a Kostaraku. La puerta estaba abierta, entró, vio a la muerta y salió sin hacer ruido. Después llamó a la policía, sin identificarse para evitar líos.

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