Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]
La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 117
Перейти на страницу:

—Basura rom, basura rom, basura rom…

Me vio y llamó mi nombre. Y me pidió en romani que la ayudara, y luego dijo en imperiaclass="underline"

—¡Yakoub, lánzales el mal de ojo! ¡Échales un conjuro, Yakoub!

Yo sólo tenía seis años. Pero era grande y fuerte, y no tenía ninguna razón para sentir miedo de ellos. Y mi madre me había contado las leyendas del mal de ojo, la magia negra que las drabame, las viejas brujas gitanas, utilizaban para hacer sufrir a sus enemigos. Algunas de esas leyendas eran pura fantasía y algunas eran reales, aunque a aquella edad yo no tenía forma de saber cuáles eran qué. Para mí todo era real entonces, y creía que podía lanzar a los que estaban atormentando a mi hermana al núcleo del mismo sol con sólo pronunciar las palabras adecuadas y hacer los gestos adecuados. Creo que ellos también lo pensaban; porque hice que mis ojos cambiaran e hinché las mejillas y doblé los brazos por encima de mi cabeza y avancé hacia ellos, cantando: «¡achalipe! ¡achalipe! ¡achalipe!», ¡encantamiento, encantamiento, encantamiento!… y se dieron la vuelta y huyeron, chillando como cerdos asustados. Lancé estrepitosas carcajadas y les grité espantosas maldiciones y arrojé mi orina tras ellos para burlarme.

Tereina estaba llorando y temblando. La consolé de la forma que un hombre consuela a una mujer, atrayéndola hacia mí y abrazándola, aunque yo sólo era un niño. Luego pregunté:

—¿Por qué estaban haciendo eso? ¿Porque somos esclavos?

—¿Por qué debería importarles el que seamos esclavos? La mitad de ellos también son esclavos.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque somos roms, hermanito. Porque somos roms.

Así que aquella noche fue necesario que mi padre me explicara muchas cosas que yo nunca había sabido, y después de aquella noche la vida fue completamente distinta para mí.

—Nosotros los llamamos gaje —me dijo —. Que significa, en imperial, estúpidos, idiotas, necios. Sus mentes son más lentas que las nuestras, y piensan de una manera torpe y pesada. Nosotros pasamos de uno a cinco a tres a diez, mientras que ellos avanzan lentamente, uno dos tres cuatro. Por supuesto, algunos gaje son más rápidos que otros. El emperador es un gaje y lo mismo lo son sus altos lores, y todos ellos tienen mentes rápidas. Pero la mayoría de los gaje son simplones, y tenemos que soportar su estupidez desde que empezamos a vivir entre ellos. Y saben que somos mucho más rápidos que ellos. Por lo cual hubo un tiempo que nos persiguieron y oprimieron, e incluso ahora nos temen y desconfían de nosotros, aunque la mayoría de ellos negarán siempre que lo hagan.

—¿Y hay muchos de esos gaje? —pregunté.

—Diez mil de ellos —dijo mi padre — por cada uno de nosotros. O quizá más. ¿Quién puede contar a los gaje? Son como las estrellas en el cielo. Y nosotros somos muy pocos, Yakoub. Somos muy pocos.

Mi cabeza daba vueltas por las sorpresas. Mi padre, cuando caminaba calle abajo, lo hacía como un rey; y yo había creído que éramos gente de gran valía, aunque en aquellos momentos resultara que solamente éramos esclavos. Y ahora, averiguar que pertenecía a una raza escasa e insignificante, que los roms eran como pequeños flecos de espuma blanca en un enorme mar gaje, fue como un terrible impacto para mí. Con el ojo de mi mente vi ahora el rostro de mi padre y los rostros de los hermanos de mi padre de pie en medio de una multitud de gaje, y comprendí por primera vez lo distintos que eran, distintos en la forma de sus mandíbulas, en el fuego de sus ojos, en el negro lustre de su recio y abundante pelo. Una raza aparte, un pueblo alienígena… más alienígena de lo que llegaba a sospechar…

—¿Sabes que hubo un tiempo que existió un lugar llamado la Tierra, Yakoub?

—La Tierra, sí.

—Destruida hace mucho tiempo, arruinada, hecha pedazos por la idiotez gaje. Vivíamos allí, nosotros y los gaje, antes de que partiéramos todos a los mundos de las estrellas. Entonces nos llamaban gitanos. Y muchos otros nombres: zigeuners, romanichels, gitanes, tsigani, zingari, gypsies, mirlifiches, karaghi, docenas de nombres, porque tenían docenas de idiomas. Porque eran demasiado estúpidos y discutidores para hablar sólo uno, y así se engañaban entre sí a través de los idiomas. Nosotros íbamos errantes por entre ellos, siempre extranjeros. Sin permanecer nunca en el mismo lugar durante mucho tiempo, porque, ¿de qué servía eso? Nadie nos quería. Nos despreciaban y siempre buscaban la forma de hacernos daño; así que permanecíamos en un sitio sólo hasta que habíamos ganado algunas monedas mendigando o diciendo la buenaventura o afilando sus cuchillos, o hasta que habíamos robado lo suficiente para comer unos cuantos días más, y entonces seguíamos nuestro camino.

—¿Robar? —pregunté yo, impresionado.

Se echó a reír y apoyó sus enormes manos sobre mis hombros, agarrándome de aquella forma firme y cariñosa tan suya, y me balanceó suavemente hacia delante y hacia atrás mientras yo permanecía de pie ante él.

Ellos lo llamaban robar. Nosotros lo llamábamos cosechar. Los frutos de la tierra pertenecen a todos los hombres, ¿no, muchacho? Dios nos dio apetitos y puso en el mundo los medios de satisfacer esos apetitos; cuando tomamos lo que necesitamos, simplemente estamos obedeciendo los mandamientos de Dios.

—Pero si tomamos cosas que no nos pertenecen… —dije, pensando en aquellos aferrantes dedos gaje que intentaban arrebatarle su precioso collar a mi hermana.

—Eso fue hace mucho tiempo y la vida era dura. Nos hubieran dejado morir de hambre, así que tomábamos lo que necesitábamos, hierba para nuestros caballos, madera para nuestras fogatas, algunos frutos de los árboles, quizás uno o dos pollos extraviados. ¿Cómo podían ellos negarnos las cosas que estaban en el mundo para que las utilizáramos cuando teníamos hambre, cuando teníamos sed?

Y mi padre me hizo un dibujo de la vida rom en la Tierra gaje que me dejó desconcertado y helado. Una raza de gente sucia y desaseada, vagabundos, charlatanes, mendigos, ladrones, echadores de conjuros, encantadores de serpientes, bailarines y herreros y hojalateros y acróbatas, viajando en destartaladas caravanas de país en país, instalando sus campamentos en las afueras de las ciudades en medio de la basura y la fetidez, manteniéndose unidos con el empleo interminable de la astucia y la improvisación. Obligados a una vida de mentiras y engaños, de mendicidad, de todo tipo de desesperada lucha. Blancos de las burlas y el desprecio, temidos, objeto de murmuraciones. Incluso sentenciados a muerte —¡sentenciados a muerte!— por el único crimen de ser distintos a la temerosa gente sedentaria entre la que vagaban. Empecé a ver aquel mundo perdido de la Tierra como una especie de infierno donde mis antepasados habían sufrido tormento durante miles de años.

Mientras mi padre seguía hablando, me eché a llorar.

—No —dijo, y me agitó secamente —. No hay nada por lo que llorar. Nos hicieron sufrir, pero nunca rompieron nuestro espíritu. Teníamos nuestra vida y los gaje tenían la suya, y quizá la suya era más cómoda, pero la nuestra era más verdadera. La nuestra era la auténtica vida. ¡Éramos los reyes de la carretera, Yakoub! Planeábamos en los vientos más altos. Saboreábamos alegrías que eran completamente desconocidas para ellos. Y aún seguimos haciéndolo. Mira en qué nos hemos convertido, Yakoub: ¡los antiguos ladrones, los antiguos mendigos, los abigarrados gitanos! Reyes de los caminos, sí, ¡y ahora de los caminos entre las estrellas! A lo largo de los años hemos mantenido nuestros caminos. Quizá algunos de nosotros se han apartado de ellos aquí y allá, de acuerdo, pero siempre han vuelto a ellos, siempre han regresado a la forma de vida rom. Y esa forma de vida nos ha traído gran confort y bienestar, con cosas aún más grandes que todavía han de llegar. Hablamos la Gran Lengua. Vivimos la Gran Vida. Viajamos por el Gran Camino. Y siempre nos guía la única Palabra.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 117
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)