Momentos del Pasado
- Автор: Hart Jessica
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Momentos del Pasado». Краткое содержание книги:
Y Copper no había olvidado, pero no era la misma joven a la que había conocido siete años atrás. De hecho, tenía una propuesta de negocios muy pragmática que hacerle…
– Todo eso no importa -se apresuró a replicar Georgia-. Lo único que importa es que Mal y tú os queréis. ¡Por favor, quédate y habla con él esta noche!
– No puedo -le confesó Copper, entre lágrimas; sabía que no podría soportar que Mal volviera a mirarla con tanto disgusto, con tanto desdén-. ¡No puedo!
– Pero, ¿qué le voy a decir a Mal cuando me pregunte por qué te has marchado?
Copper recogió su maleta. Había roto en dos su copia del contrato dejando los pedazos sobre la almohada de la cama.
– No necesitas decirle nada. Ya sabrá él por qué me he ido -respondió, ahogando las lágrimas-. Cuida bien a Megan, Georgia y dile a Mal… dile que lo siento… por todo.
– Esta tarde le enviaré un folleto por correo -Copper colgó el teléfono y se frotó el cuello con gesto cansado. No pudo menos que preguntarse si realmente había estado alguna vez acostumbrada al trabajo de oficina.
A lo largo de los diez últimos días había estado luchando por rehacer su vida, pero seguía teniendo la sensación de que todo lo que la rodeaba era irreal, borroso… excepto el dolor que la atenazaba por dentro. Cada día le parecía interminable, y cuando llegaba al final de cada jornada de trabajo, como en aquel mismo momento, sólo veía ante sí la perspectiva de una tarde estéril y vacía. Levantó un fajo de solicitudes de reservas y volvió a dejarlo caer con desgana sobre la mesa de escritorio. Ansiaba volver a Birraminda. Echaba de menos el cielo radiante del interior, su inmenso espacio, los caballos pastando serenamente en sus prados… y, sobre todo, echaba de menos a Mal.
Le había llevado algún tiempo convencer a sus padres de que realmente lo había abandonado.
– Pero estábamos tan seguros de os llevabais tan bien… -le había dicho su madre con expresión consternada al verla volver a casa, deprimida y agotada.
– Sólo fue una farsa -había replicado Copper son amargura-. Simplemente estábamos actuando.
– Pues si eso es verdad… ¡deberían contrataros en Hollywood! -fue el comentario de su padre.
Al final, tuvo que confesarles lo del contrato que había firmado con Mal. La expresión de su padre se oscureció visiblemente al escuchar su relato, y Copper sintió una terrible punzada de culpa.
– Lo siento, papá. Sé que estabas muy ilusionado con el proyecto de Birraminda, pero estoy segura de que podremos encontrar otro lugar si…
– ¡El proyecto! ¿Qué importa el proyecto? -había exclamado Dan-. ¡Lo único que me importa eres tú! Me gustaría llamar ahora mismo a Mal… ¿Cómo se ha atrevido a chantajear a mi hija?
– ¡No, papá! ¡No fue un chantaje! Yo elegí casarme con él…
– Debió haberte obligado. ¿Cómo pudiste elegir casarte con un hombre que sólo fingía casarte?
– Pero yo no estaba fingiendo, papá. Ese fue el problema.
Aunque dudando todavía, sus padres al fin habían aceptado su decisión de regresar a casa, y Copper se había sumergido en el trabajo de la oficina. Cualquier cosa era mejor que quedarse en casa esperando a que sonara el teléfono, o a que Mal llamara a la puerta. Seguramente sabría que había vuelto a casa de sus padres, pero no había hecho ningún intento por ponerse en contacto con ella. En esa ocasión no tenía ninguna excusa para ignorar su paradero.
Con un suspiro, Copper se levantó del escritorio.
Eran las seis de la tarde, y su padre no tardaría en recogerla. Como había llevado su coche al taller, Dan había quedado en ir a buscarla a la oficina. Conectó el contestador telefónico y ordenó los papeles de su mesa antes de pasarse las manos por el pelo con gesto cansado. La vitalidad que tanto la había caracterizado había desaparecido víctima de la desesperación.
Asomada a la ventana, distinguió el coche de su padre y le hizo una seña indicándole que ya salía. Abandonó la oficina y subió rápidamente al vehículo. Pero cuando se volvía hacia su padre para darle las gracias, sonriendo, se llevó una buena sorpresa. No era su padre quien conducía, sino… Mal.
Por un instante, sintió que se le paraba el corazón y el aire escapaba de sus pulmones. Mal estaba allí, tranquilo, imperturbable, pero en sus ojos había una expresión que Copper jamás había visto antes. Cuando bajó la mirada, advirtió el pedazo de papel que sobresalía del bolsillo superior de su camisa.
De inmediato reconoció aquel papel, y la fría, cruel realidad borró brutalmente la primera sensación de alegría que había experimentado al verlo. Mal había llevado aquel contrato consigo y, con toda seguridad, iba a obligarla a atenerse a las condiciones del mismo.
Una tremenda amargura hizo presa en ella.
– ¿Qué estás haciendo en el coche de mi padre? -inquirió furiosa.
– Me lo ha prestado -con toda tranquilidad, Mal puso el intermitente y arrancó-. ¿Pensabas que lo se había robado?
– ¿Has hablado con mis padres?
– Estuve en su casa a primera hora de la tarde -seguía concentrado en conducir, sin mirarla-. Tuve que soportar una desagradable sesión con tu padre, pero una vez que dispuse de la oportunidad de explicarle a qué había ido allí, me cedió su coche y me animó que te recogiera yo mismo.
– ¿A qué has venido? ¿Me lo puedes explicar a mí?
– Yo pensaba que resultaba evidente -repuso Mal-. Necesitamos hablar.
– Ya hemos hablado bastante.
– No. Si tú no quieres hablar, lo haré yo, y tú me escucharás.
Condujo hacia la playa y aparcó el coche frente al mar. Había hecho un día soleado, pero no muy caluroso, y la playa estaba casi vacía. Durante un rato permanecieron sentados sin hablar, contemplando las olas. Mal parecía haberse olvidado de que quería hablar con ella.
– ¿Y bien? -Preguntó al fin Copper-. ¿Qué es lo que quieres decirme?
– Quería saber por qué te habías marchado sin despedirte.
– Pues deberías saberlo -repuso con amargura-. Me dejaste muy claro lo que pensabas de mí la noche anterior. Pensé incluso que te alegrarías de que me fuera.
– ¿Pensaste que me alegraría al volver a casa y descubrir que mi esposa me había abandonado? -se volvió para mirarla.
– Pero yo no era realmente tu esposa, ¿verdad, Mal? Para estar verdaderamente casados hacen falta más cosas que una simple ceremonia. Por lo que a ti se refería, yo sólo era un ama de llaves, y ya antes habías tenido muchas. Ni siquiera tuviste que molestarte en llamar a la agencia para conseguirte otra, ya que Georgia estaba allí, preparada para ocupar mi lugar. ¿Por qué no intentas chantajearla para que se case contigo? ¡Sería mucho mejor esposa de lo que yo lo he sido!
– Ciertamente es ideal… -empezó a decir Mal, sonriendo.
Copper yo no pudo soportarlo más. Salió del coche, cegada por las lágrimas, y empezó a caminar hacia la playa. Pero Mal la siguió.
– ¡No vuelvas a huir de mí! -le gritó, deteniéndola-. ¿Por qué crees que he venido a buscarte?
– ¡No lo sé! -se enjugó las lágrimas, furiosa-. Supongo que para repasarme ese papel por la cara, ¿Qué es lo que vas a hacer, denunciarme por incumplimiento de contrato?
– No -Mal sacó el documento de su bolsillo-. Aunque si, me lo he traído. Mira, aquí está -y mientras hablaba, lo rompió en pedazos.
– ¿Qué es lo que has hecho? ¡Era el contrato! -exclamó, asombrada.
– Ya no existe.
– Pero… ¿no lo quieres?
– Jamás lo he querido.
– ¡Tú mismo insististe en que lo firmáramos! Siempre estabas hablando de él. No lo entiendo…
– Dios mío, ¿es que no te das cuenta? -gritó Mal, desesperado -¡Recurrí al contrato porque era la única manera de conseguir que te quedaras conmigo!
Aquellas palabras permanecieron suspensas en el aire, en medio del silencio que los rodeaba. Copper no podía moverse, y Mal se acercó a ella para tomarla de los brazos con suavidad.
– Yo nunca quise ese contrato, Copper. Sólo te quería a ti.