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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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Julie le dejó divagar mientras sus miradas se cruzaban en el espejo y, cuando hubo terminado, dijo:

– No es ahí adonde vas a parar.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que todo cuanto has dicho es sólo humo. ¿Qué te preocupa de verdad, Robert?

Su imagen reflejada intentó sostener la mirada reflejada de ella.

Julie sonrió.

– Vamos, cuéntamelo. Nunca hay secretos entre nosotros.

El Bobby del espejo parecía una mala imitación del Bobby Dakota real. El Bobby real estaba lleno de vida, energía y buen humor. El Bobby del espejo tenía una faz grisácea, casi torva; la inquietud le había sorbido la vitalidad.

– ¡Robert! -le apremió ella.

– ¿Recuerdas el pasado jueves, cuando nos despertamos? -preguntó él-. Soplaba el viento de Santa Ana. E hicimos el amor.

– Lo recuerdo.

– E inmediatamente después de hacer el amor tuve la extraña y horrible impresión de que iba a perderte, de que algo ahí fuera, en el viento… llegaba para arrebatarte.

– Me lo contaste más tarde aquella noche, en el Ozzie's, cuando hablábamos de máquinas de discos. Pero el vendaval terminó y nada me arrebató. Aquí estoy.

– Aquella misma noche, la noche del jueves, tuve una pesadilla, un condenado sueño, más vivido de lo que puedas imaginar.

Entonces le contó lo de la pequeña casa en la playa, la máquina de discos alzándose sobre la arena, la tronante voz diciendo, ¡ LA COSA MALÉVOLA SE APROXIMA! ¡ LA COSA MALÉVOLA, LA COSA MALÉVOLA!, y el mar corrosivo que los había engullido a ambos, disolviendo su carne y arrastrando sus huesos hasta profundidades abismales.

– Aquello me desquició. No puedes imaginarte lo real que parecía. Suena demencial… pero aquel sueño era casi más real que la vida real. Al despertarme, sentí un miedo que no había sentido jamás. Tú estabas durmiendo y no quise despertarte. Tampoco te lo conté más tarde porque no vi la necesidad de inquietarte, y porque… bueno, me pareció infantil dar tanta importancia a un sueño. No he tenido ninguna otra pesadilla, pero desde entonces… viernes, sábado y ayer… he tenido ciertos momentos en que una extraña ansiedad me oprime, haciéndome pensar que tal vez algo malévolo venga para arrebatarte. Y, ahora, ahí fuera, en el despacho, Frank dijo estar mezclado con una cosa mala, una cosa mala de verdad, así fue como lo expresó, y al instante yo lo relacioné. Escúchame, Julie, quizás este caso sea esa cosa malévola con la que soñé. Quizá no debiéramos aceptarlo.

Durante unos instantes, ella miró al Bobby del espejo preguntándose qué hacer para darle ánimo. Por último, decidió que si sus papeles estaban invertidos debía tratar con él como Bobby lo hubiera hecho con ella en una situación similar. Bobby no recurriría a la lógica y la razón… que eran las herramientas de ella… pero la aliviaría y complacería hasta hacerle perder el canguelo.

En lugar de responder directamente a sus inquietudes, Julie dijo:

– Ya que aprovechamos este momento para desahogarnos, ¿sabes lo que me preocupa a mí? Tú forma de sentarte sobre mi mesa algunas veces, cuando estamos hablando con un posible cliente. En mi caso, y con algunos clientes, tendría sentido sentarme sobre la mesa llevando una falda corta y enseñando algo de pierna, porque mis piernas están muy bien, aunque sea yo quien lo diga. Pero tú no llevas nunca faldas, ni calzones, ni nada parecido y, de cualquier forma, tampoco tienes los remos adecuados.

– ¿Quién está hablando de mesas?

– Yo -dijo ella volviéndose del espejo para mirarle directamente-. Alquilamos un piso de siete habitaciones en vez de ocho para ahorrar dinero, y cuando el resto de la plantilla estuvo instalado quedó sólo un despacho para nosotros, lo que parecía pasable. Ahí hay espacio suficiente para dos mesas, pero tú dices que no quieres una. Las mesas son demasiado ceremoniosas para ti. Todo cuanto necesitas es un diván para tumbarte mientras telefoneas, según tú, y cuando llegan clientes te sientas sobre mi mesa.

– Julie…

– La fórmica es una superficie dura, casi indoblegable, pero tarde o temprano te pasarás tanto tiempo sentado sobre mi mesa que quedará marcada con la huella indeleble de tu trasero.

Como Julie no quería mirar al espejo él hubo de volverse para mirarla de frente.

– ¿Es que no has oído lo que he dicho sobre el sueño?

– Vamos, no te equivoques conmigo. Tienes un trasero muy salado, Bobby, pero no quiero su huella sobre la superficie de mi mesa. Los lápices se pasarían el tiempo rodando hacia esa depresión. El polvo se acumulará en ella.

– Pero, ¿a qué viene todo esto?

– Te advierto que estoy pensando en hacer instalar cordones eléctricos en mi mesa para poder electrizarla con la simple vuelta de una llave. Así que al sentarte en ella sabrás lo que experimenta una mosca cuando se posa sobre uno de esos artefactos electrónicos.

– Te estás poniendo imposible, Julie. ¿Por qué eres tan imposible?

– Frustración. Últimamente no he podido aplastar ni machacar a ningún tipo malo. Eso me hace irritable.

– ¡Eh, aguarda un minuto! -exclamó él-. No te estás poniendo imposible.

– Claro que no.

– Estás ocupando mi lugar.

– Exacto. -Julie le besó la mejilla derecha y le palmoteo la izquierda-. Ahora, volvamos ahí fuera y aceptemos el caso.

Dicho esto, Julie abrió la puerta y salió del lavabo.

Sonriendo para sí, Bobby masculló:

– Que me condenen si lo entiendo. -Y la siguió hacia el despacho.

Frank Pollard conversaba tranquilamente con Clint pero enmudeció y levantó la vista, esperanzado, al oírles entrar.

Las sombras se apiñaban en los rincones como monjes en sus claustros, y por alguna razón inexplicable el resplandor ambarino de las tres lámparas le recordó a Julie la luz titilante y misteriosa de los cirios votivos en una iglesia.

El charco de gemas escarlata brillaba todavía sobre la mesa.

El insecto seguía dentro del tarro en trance de muerte.

– ¿Le ha explicado Clint cuál es nuestra tarifa? -preguntó Julie a Pollard.

– Sí.

– Vale. Además necesitaremos diez mil dólares como anticipo para gastos.

Fuera, los relámpagos rasgaron el vientre de las nubes.

El cielo cárdeno se hendió y una lluvia fría tamborileó contra las ventanas.

Capítulo 26

Violet estaba despierta desde hacía más de una hora y durante casi todo ese tiempo había sido un halcón, remontándose a gran altura con el viento, disparándose hacia abajo de vez en cuando para causar una muerte súbita. El cielo abierto era casi tan real para ella como para el ave a la que personificaba. Se deslizó, impulsada por corrientes térmicas, el aire ofrecía poca resistencia a los deslizantes bordes delanteros de sus alas, sola entre las nubes bajas y grisáceas arriba y el mundo acurrucado abajo.

Percibía también el penumbroso dormitorio en donde su cuerpo y una porción de su pensamiento permanecían. Por lo general, Violet y Verbina dormían durante el día porque dormir por la noche equivalía a desperdiciar los mejores momentos. Ambas compartían una habitación en el segundo piso y una cama de matrimonio donde nunca las separaba más de un brazo de distancia, aunque, por lo general, dormían entrelazadas. Aquel lunes por la tarde, Verbina estaba todavía dormida, desnuda, boca abajo, con la cabeza apartada de su hermana, murmurando algo a ratos sobre su almohada. Su cálido costado se apretaba contra Violet. Ésta, aunque estuviera con el halcón, sentía el calor del cuerpo de su hermana, la piel suave, la respiración rítmica, las murmuraciones soñolientas y el olor inconfundible. También olía el polvo de la habitación, el tufo rancio de las sábanas largo tiempo sin lavar y a los gatos, por supuesto.

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