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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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– Escucha -dijo él-, a veces debemos guiarnos por las buenas impresiones y, según mi buena impresión, Frank es un buen chico. Incluso Clint lo cree así.

– Es notorio que los griegos adolecen de gregarismo. A ellos les gusta todo el mundo.

– ¿Me estás diciendo que, a tu juicio, Clint es el típico animal social griego? ¿Estamos hablando del mismo Clint? Su apellido es Karaghiosis, ¿no? Un tipo que parece hecho de cemento y sonríe tanto como un vendedor indio de tabaco.

La luz del baño era demasiado resplandeciente. Se reflejaba en el espejo, el lavabo blanco, las paredes blancas y los azulejos blancos. Entre aquel resplandor y la determinación afable pero férrea de Bobby de ayudar a Pollard, Julie empezó a sentir jaqueca.

Cerró los ojos.

– Conforme, Pollard es patético.

– ¿Quieres volver ahí y escucharle hasta el final?

– Está bien. Pero, maldita sea, no le digas que nos proponemos ayudarle mientras no lo hayas oído todo. ¿De acuerdo?

Volvieron al despacho.

El cielo no tenía ya el aspecto de metal frío y chamuscado a trechos. Estaba más oscuro que antes y parecía hervir. Aunque soplara sólo una brisa suave a ras del suelo, vientos intensos parecían actuar a gran altitud pues unas nubes densas y negras procedentes del mar marchaban veloces tierra adentro.

Las sombras se concentraban en algunos rincones cual limaduras metálicas atraídas por imanes. Julie alargó la mano para encender las luces fluorescentes del techo. Pero no lo hizo al observar que Bobby miraba en torno suyo y contemplaba con evidente placer las lustrosas superficies broncíneas de las lámparas, el brillo suave de las mesas y el velador de roble pulido bajo la luz cálida y mantecosa.

Ella se sentó otra vez detrás de la mesa. Bobby se acomodó sobre ella dejando colgar las piernas.

Mientras Clint ponía en marcha la grabadora, Julie dijo:

– Óigame, Frank… Señor Pollard, antes de que continúe con su historia, me gustaría que respondiera a unas cuantas preguntas importantes. No obstante la sangre y los arañazos en sus manos, usted se cree incapaz de hacer daño a nadie, ¿no es así?

– Cierto. Excepto tal vez en defensa propia.

– Y no cree ser un ladrón, ¿verdad?

– No. No puedo… No me veo como un ladrón, ni mucho menos.

– Entonces, ¿por qué no ha recurrido a la Policía?

El hombre guardó silencio. Asió la bolsa abierta que sostenía sobre sus rodillas y escudriñó dentro como si Julie estuviese hablándole desde su interior.

Ella continuó:

– Porque si usted se tiene por un hombre inocente en todos los aspectos, la Policía está mejor dotada para ayudarle a averiguar quién es usted y quién le persigue. ¿Sabe lo que pienso? Pienso que no está tan seguro de su inocencia como pretende. Usted sabe cómo hacer un puente en un coche, y aunque toda persona con aceptables conocimientos sobre automóviles pueda hacer ese truco, esto es, por lo menos, un indicio de experiencia criminal. Y luego está el dinero, todo ese dinero llenando bolsas. Usted no recuerda haber cometido crímenes, pero en el fondo de su corazón está convencido de haberlo hecho y por eso teme ir a los polis.

– Eso es parte del asunto -reconoció él.

– Espero que comprenda usted -dijo Julie- que si aceptamos su caso y descubrimos pruebas que le acusen de haber cometido un acto criminal, deberemos trasladar esa información a la Policía.

– Por supuesto. Pero me figuré que si iba primero a los polis, ellos no se molestarían en buscar la verdad. Desde el principio tomarían la determinación de considerarme culpable, incluso antes de que terminase de referirles mi historia.

– Cosa que nosotros no haríamos, por descontado -dijo Bobby. Y volviendo la cabeza lanzó una significativa mirada a Julie.

– En lugar de ayudarme -prosiguió Pollard-, buscarían por ahí algunos crímenes recientes para endosármelos.

– Ése no es el método de la Policía -aseguró Julie.

– ¡Claro que lo es! -dijo, malicioso, Bobby. Y bajando de la mesa empezó a pasear arriba y abajo desde el póster del tío Güito hasta el de Mickey Mouse-. ¿Acaso no la hemos visto hacer eso millares de veces en los telefilmes de televisión? ¿Acaso no hemos leído a Hammett y Chandler?

– Escuche, señor Pollard -dijo Julie-. Yo he sido agente de Policía…

– Y ello demuestra lo que digo -saltó Bobby-. Mira, Frank, si hubieses ido a los polis estarías ya a estas alturas fichado y procesado, convicto y condenado a una pena de mil años.

– Hay otra razón más importante para no ir a los polis. Ello equivaldría a hacerlo público. La Prensa sabría de mí y ansiaría de verdad pergeñar una crónica sobre ese pobre tipo con amnesia y sacos de dinero. Entonces, él sabría dónde encontrarme. Y no puedo arriesgarme a eso.

– ¿Quién es «él», Frank? -preguntó Bobby.

– El hombre que me perseguía la otra noche.

– Tal como lo has dicho, pensé que recordarías su nombre, que tendrías idea de una persona específica.

– No, no sé quién es. Ni siquiera estoy seguro de saber lo que es él. Pero sé que vendrá otra vez a por mí tan pronto como averigüe dónde estoy. Así, pues, debo mantenerme oculto.

Clint intervino desde el sofá:

– Será mejor que cambie la cinta.

Todos esperaron mientras él sacaba la cassete de la grabadora. Aunque fueran sólo las tres, el día declinaba hacia un falso crepúsculo apenas diferente del auténtico. La brisa a ras de suelo se esforzaba por equipararse con el viento que impulsaba las nubes en grandes altitudes; una niebla sutil se extendía desde el oeste pero sin mostrar los movimientos perezosos con que solían avanzar las nieblas, sino agitándose y arremolinándose como un fluido lechoso que parecía querer soldar la tierra con los nubarrones de las alturas.

Cuando Clint puso otra vez en marcha la grabadora, Julie dijo:

– ¿Fue eso el fin de todo, Frank? ¿Cuando despertó usted el sábado por la mañana, llevando ropa nueva, con la bolsa de papel repleta de dinero a su lado, sobre la cama?

– No. No fue el fin. -El interpelado alzó la cabeza pero no la miró. Dirigió la mirada más allá, hacia el temeroso día detrás de las ventanas, aunque parecía mirar algo mucho más distante que Newport Beach-. Tal vez no tenga fin jamás.

Con estas palabras sacó de la segunda bolsa, donde había guardado la ensangrentada camisa y la muestra de arena negra, un tarro como los que se emplean para conservar compota de fruta y verdura, con una sólida tapadera de cristal y la correspondiente junta de goma. El tarro estaba lleno de lo que parecían gemas sin tallar y de brillo apagado. Algunas, más pulidas que otras, lanzaban destellos.

Frank levantó la tapadera e inclinando el tarro dejó caer parte de su contenido sobre la superficie de fórmica que imitaba madera clara.

Julie se inclinó hacia delante.

Bobby se aproximó para verlo de cerca.

Las gemas de formas menos irregulares eran redondeadas, ovaladas o romboidales, algunos perfiles de cada piedra tenían curvas suaves y otros mostraban un biselado natural con numerosas y cortantes aristas. Otras gemas eran apelmazadas, dentadas y granulares. Había algunas tan grandes como uvas, y otras tan pequeñas como guisantes. Todas eran rojas, aunque con diversos tonos de color. Reflejaban poderosamente la luz, un charco de refulgencia escarlata sobre la pálida superficie de la mesa. Las gemas concentraban mediante sus prismas el resplandor difuso de las lámparas y proyectaban relucientes dardos carmesí hacia el techo y las paredes, cuyos azulejos esmaltados parecían quedar marcados por luminosas heridas.

– ¿Rubíes? -sugirió Bobby.

– No parecen exactamente rubíes -opinó Julie-. ¿Qué son, Frank?

– No lo sé. Podrían no ser valiosas siquiera.

– ¿Dónde las adquirió?

– El sábado por la noche, apenas podía conciliar el sueño. Sólo algunos minutos, a ratos. Me pasé el tiempo revolviéndome en la cama, despertándome tan pronto empezaba a dormitar. Tenía miedo del sueño. Y el sábado por la tarde no dormí la siesta. Pero ayer por la noche me sentía tan exhausto que no podía mantener por más tiempo los ojos abiertos. Dormí sin quitarme la ropa, y al despertar esta mañana, los bolsillos de mis pantalones estaban llenos de estas cosas.

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