El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
No olía sólo a los gatos, que dormían sobre la cama y en los alrededores del suelo o se tumbaban perezosos para lamerse, sino que vivía en cada uno de ellos. Mientras que una parte de su conciencia permanecía dentro de su propia carne pálida y otra parte se cernía con el depredador plumado, diversas facetas de ella moraban en cada uno de los gatos, ahora veinticinco después de que se fuera la pobre Samantha. Violet experimentaba el mundo mediante sus propios sentidos, mediante los del halcón y mediante los cincuenta ojos, veinticinco narices, cien patas y veinticinco lenguas de la manada. Podía oler los efluvios de su cuerpo no solamente con la nariz, sino también con las narices de todos los gatos: los leves residuos jabonosos del baño de la noche anterior; el grato y persistente aroma a limón del champú; la ranciedad que seguía siempre al sueño; la halitosis producida por los huevos crudos, las cebollas y el hígado crudo que había ingerido aquella mañana antes de irse a la cama con el sol naciente. Cada miembro de la manada tenía un olfato más sensible que el suyo, y cada uno percibía su aroma de forma diferente a la suya; los animales encontraban que su fragancia natural era extraña y, sin embargo, confortante, curiosa y, sin embargo, familiar.
Asimismo, podía ver, oír y sentir con los sentidos de su hermana, porque siempre estaba inesperadamente ligada a Verbina. Podía comunicarse aprisa y a voluntad con las mentes de otras formas de vida y desconectarse del mismo modo, pero Verbina era la única persona con quien lograba mantenerse unida. Era un nexo permanente que ambas habían compartido desde su nacimiento, y aunque Violet pudiera desentenderse del halcón o los gatos cuando lo deseaba, le era imposible desligarse de su gemela. Igualmente, podía controlar los cerebros de animales así como habitar en ellos, pero no el de su hermana. Su nexo no era el de marioneta y amo, sino algo especial y grato.
Durante toda su existencia Violet había vivido en la confluencia de muchas corrientes sensoriales, se había bañado en grandes y revueltos ríos de sonido y olor, de vista, gusto y tacto, experimentando el mundo mediante los sentidos propios y los de incontables sustitutos. Durante una parte de su infancia había sido autista, al verse abrumada por una avalancha sensorial que no podía asimilar; así que se había vuelto hacia el interior, hacia su mundo secreto de ricas experiencias, variadas y profundas, hasta aprender a controlar la afluencia entrante en vez de dejarse arrastrar por ella. Sólo entonces optó por relacionarse con las personas de su alrededor, abandonando el autismo; no aprendió a hablar hasta los seis años. No se había elevado nunca sobre las corrientes profundas y rápidas de una sensación excepcional para mantenerse en la orilla comparativamente seca de la vida donde existían otras personas, pero por lo menos había aprendido a asumir hasta cierto grado la interacción con su madre, Candy y otros.
Verbina no había podido asimilarlo nunca tan bien como Violet y, evidentemente, jamás lo haría. Había elegido una vida definida casi de forma exclusiva por la sensación, y mostraba poco o ningún interés por el ejercicio y desarrollo de su intelecto. No había aprendido a hablar, apenas se interesaba por nadie que no fuera su hermana, se sumía con alegre abandono en el océano de los estímulos sensoriales que surgían a su alrededor. Corriendo como una ardilla, volando como un halcón o una gaviota, bebiendo agua fría del arroyo por la boca de un mapache o un ratón de campo, entrando en el cerebro de una perra encelada cuando los machos la montaban, compartiendo el terror del conejo acorralado y la excitación salvaje del zorro depredador, Verbina disfrutaba con un soplo de vida que nadie, salvo Violet, podía comprender. Y ella prefería la emoción constante de aquella inmersión en la vida silvestre del mundo a la existencia mundana de otras personas.
Ahora, aunque Verbina continuaba durmiendo, una parte de ella estaba con Violet porque el sueño no requería tampoco la desconexión total de sus nexos con otros cerebros. La incesante aportación sensorial no era sólo la trama principal que conformaba sus vidas sino también el material que componía sus sueños.
Allá abajo, un rollizo ratón surgió de entre las ramillas secas y la hojarasca, por la maraña espinosa del tojo, y se escurrió a lo largo del desfiladero, alerta para detectar señales de enemigos a ras de suelo pero olvidando la muerte plumada que le observaba desde las alturas.
Sabiendo instintivamente que el ratón podía percibir el aleteo desde una gran distancia y buscaría cobijo en el refugio más cercano tan pronto lo oyera, el halcón plegó silenciosamente las alas y se lanzó en picado hacia el roedor. Aunque había compartido aquella experiencia incontables veces, Violet contuvo el aliento cuando se dejaron caer a plomo desde cuatrocientos metros para recorrer con vuelo rasante el desfiladero; y aunque ella estaba a salvo en su cama, sintió que se le revolvía el estómago y que un terror primitivo le quemaba el pecho aunque dejó escapar un chillido de excitación deleitable.
Sobre la cama, junto a Violet, su hermana dejó oír también un grito sordo.
En el desfiladero, el ratón se inmovilizó, intuyendo la arremetida del destino pero sin saber a ciencia cierta de dónde provenía.
El halcón desplegó las alas en el último instante; de súbito la verdadera sustancia del aire se hizo aparente y procuró un conveniente freno. Extendiendo las patas con los espolones por delante y abriendo las garras, el halcón apresó al ratón, justo cuando la criatura empezaba a reaccionar contra la repentina expansión de las alas e intentaba huir.
Aunque Violet se quedara con el halcón, entró también en el cerebro del ratón un instante antes de que el depredador lo apresara. Sintió, pues, el placer glacial del cazador y el pavor caliente de la presa. Desde la perspectiva del halcón notó cómo se abría la carne blanda del ratón bajo la acometida arrolladora de las garras, y desde la perspectiva del ratón sintió un dolor lacerante y percibió un horrible desgarro de las entrañas. El pájaro miró al chillón roedor entre sus garras y se estremeció con una salvaje sensación de dominio y poder, y con la convicción de que su hambre quedaría saciada de nuevo. Dejó escapar un graznido de triunfo que levantó eco a lo largo del desfiladero. Sintiéndose pequeño y desvalido entre las uñas de su alado asaltante, víctima de un miedo atroz tan intenso como para ser extrañamente afín al más exquisito de los placeres sensoriales, el ratón miró los ojos acerados e implacables y abandonó la lucha y relajó los músculos, resignándose a la muerte. Vio descender el pico feroz, notó cómo le desgarraba pero no sintió ya dolor, sólo conformidad petrificada; luego, un breve momento de dicha desbordante y por fin, nada, nada. El halcón echó hacia atrás la cabeza y dejó que los sangrientos y calientes jirones de carne le bajaran por el gaznate.
En la cama, Violet se volvió de costado para encerrarse con su hermana. Habiendo sido arrebatada de su sueño por el poder de la experiencia con el halcón, Verbina se abrazó a Violet. Y así, desnudas, pelvis contra pelvis, vientre contra vientre, pechos contra pechos, las mellizas permanecieron abrazadas y temblando sin control. Violet jadeaba sobre la tierna garganta de Verbina, y por su nexo con la mente de ésta sintió el flujo caliente de su propio aliento y el calor que comunicaba a la piel de su hermana. Ambas lanzaron sonidos inarticulados, se estrecharon con todas sus fuerzas y su respiración frenética no cesó hasta que el halcón arrancó el último jirón de carne roja y nutritiva a los despojos del ratón y con gran agitación de alas se elevó otra vez hacia el cielo.