El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Cuando Pollard comenzó a hablar, ella suspiró y se arrellanó en su butaca. Dos minutos después, se inclinó otra vez hacia delante y escuchó atentamente la voz suave de Pollard. No quería dejarse fascinar, pero no podía evitarlo. Incluso el flemático Clint Karaghiosis, aun escuchando por segunda vez la historia, quedaba cautivado a todas luces.
Si Pollard no era un embustero ni un rabioso lunático (muy probablemente sería ambas cosas), no cabía duda de que había quedado enredado en unos acontecimientos de naturaleza casi sobrenatural. Como Julie no creía en lo sobrenatural, procuró mantenerse escéptica, pero el comportamiento y la evidente convicción de Pollard empezaron a persuadirla contra su voluntad.
Bobby comenzó a emitir sonidos de admiración y golpear asombrado la mesa a medida que se revelaba un nuevo giro del relato. Cuando el cliente… o, mejor dicho, Pollard, pues no era todavía el cliente…, cuando Pollard les contó cómo había despertado en una habitación de motel, el jueves por la tarde, con las manos ensangrentadas Bobby exclamó:
– ¡Aceptamos el caso!
– Aguarda, Bobby -intervino Julie-. No hemos oído todo lo que se propone contarnos el señor Pollard. ¿No debiéramos…?
– Veamos, Frank -dijo Bobby-. ¿Qué sucedió entonces?
– Quiero decir -continuó Julie-, que necesitamos escuchar toda la historia para saber si podemos o no ayudarle.
– ¡Ah! ¡Claro que podemos ayudarle! -dijo Bobby-. Nosotros…
– Escucha, Bobby -repuso ella, con firmeza-. ¿Puedo hablar a solas contigo un momento? -Acto seguido cruzó el despacho, abrió la puerta del baño contiguo y encendió la luz.
– Estaré de vuelta en un instante, Frank -dijo Bobby. Luego, siguió a Julie hasta el baño y cerró la puerta.
Ella puso en marcha el ventilador del techo para que amortiguara sus voces, y habló en un susurro:
– ¿Qué sucede contigo?
– Bueno, tengo pies planos, ni rastro de empeine, y esa horrible verruga en el centro de la espalda.
– Eres imposible.
– ¿Es que los pies planos y la verruga son demasiados defectos para ti? Eres una mujer implacable.
La habitación era pequeña. Ambos estaban de pie entre el lavabo y el retrete, casi nariz con nariz. El le besó la frente.
– Por amor de Dios, Bobby, acabas de decir a Pollard que aceptamos el caso. Pero tal vez no lo hagamos.
– ¿Por qué no vamos a hacerlo? Es fascinante.
– Por lo pronto, él parece un demente.
– No, no es cierto.
– Él dice que un poder extraño causó la desintegración del coche y voló las farolas. Música extraña de flauta, misteriosas luces azuladas. Ese tipo ha estado leyendo durante demasiado tiempo el National Enquirer.
– Pero ahí está el quid. Un demente auténtico nos habría explicado ya lo que le sucede. Aseguraría que había conocido a Dios o a los marcianos. Este tipo está desconcertado. Busca respuestas. Y eso me suena como una reacción sana.
– Además, nosotros hacemos negocios, Bobby. ¡Negocios! No para divertirnos sino para ganar dinero. No somos una pareja de malditos arribistas.
– Él tiene dinero. Tú lo has visto.
– ¿Y qué pasa si es dinero sucio?
– Frank no es un ladrón.
– ¿Le conoces hace menos de una hora y ya estás seguro de que no es un ladrón? Eres muy confiado, Bobby.
– Gracias.
– No ha sido un cumplido. ¿Cómo puedes hacer la clase de trabajo que haces y ser tan confiado?
Él sonrió alegre.
– Confié en ti, y salió bien.
Julie se negó a dejarse engatusar.
– Él dice no saber de dónde le ha llegado ese dinero, y sólo por amor al debate, digamos que creemos esa parte de la historia. Y digamos también que tienes razón al pensar que no es un ladrón. Sin embargo, tal vez sea un traficante de drogas. O algo peor. Hay mil medios para conseguir dinero sucio sin necesidad de robarlo. Y si averiguamos que lo es, no podremos conservar lo que nos pague. Tendremos que entregárselo a los polis. Habremos perdido nuestro tiempo y nuestra energía. Además… eso será farragoso.
– ¿Por qué dices eso? -inquirió él.
– ¿Por qué digo eso? Acaba de contarte que se despertó en una habitación de motel con las manos totalmente ensangrentadas.
– Baja la voz. Podrías herir sus sentimientos.
– ¡Dios no lo quiera!
– Recuerda que no apareció cuerpo alguno. Debía de ser su propia sangre.
Sintiéndose frustrada, replicó:
– ¿Cómo sabemos que no hubo cuerpo alguno? ¿Porque lo dice él? Podría ser tan demente que no percibiera la presencia de un cadáver aunque le pisara las entrañas humeantes y tropezara con la cabeza separada del tronco.
– ¡Qué imagen tan vivida!
– Escucha, Bobby, él afirma que puede haberse arañado con sus propias uñas, pero eso no es nada probable, maldita sea. Quizás una pobre mujer, una chica inocente, incluso un niño o una colegiala desvalida haya sufrido el ataque de ese hombre, haya sido arrastrada hasta su coche, violada, vapuleada, y obligada a ejecutar cualquier acto humillante que se le pueda ocurrir a una mente perversa; luego, se la llevaría a cualquier desfiladero desierto y solitario para torturarla con agujas, cuchillos y sólo Dios sabe cuántas cosas más y, finalmente, la apalearía hasta matarla para arrojarla desnuda a un arroyo seco, donde a estas horas quizá los coyotes estén engullendo las partes blandas de su cuerpo mientras las moscas entran en su boca abierta.
– Olvidas una cosa, Julie.
– ¿Qué?
– Soy yo quien tiene la imaginación desbordante.
Ella se rió. No pudo evitarlo. Deseó poder golpearle el cráneo lo bastante fuerte para hacerle tener un poco de sentido común, pero en lugar de eso rió y meneó la cabeza. Él le besó la mejilla y extendió la mano hacia el picaporte. Julie le puso la mano encima.
– Prométeme que no aceptaremos el caso hasta que no hayamos escuchado toda su historia y tengamos tiempo para reflexionar sobre ello.
Ambos regresaron al despacho. Más allá de las ventanas, el cielo semejaba una plancha de acero que hubiera sido escoriada en algunos puntos por unas cuantas incrustaciones de corrosivo color mostaza. La lluvia no había comenzado a caer pero el aire parecía tenso.
Las únicas luces de la habitación eran dos lámparas de bronce sobre las mesas que flanqueaban el sofá y una lámpara de pie con pantalla de seda en un rincón. Los tubos fluorescentes del techo no estaban encendidos porque Bobby aborrecía su fulgor y opinaba que un despacho debía tener una iluminación tan confortable como la de una leonera en un domicilio particular. Julie pensaba que una oficina debería parecer una oficina. Pero le seguía la corriente a Bobby y por general se abstenía de encender los fluorescentes. Ahora que la inminente tormenta oscurecía el día, ella quiso encender los tubos del techo para disipar las sombras que se estaban acumulando en los rincones adonde no llegaba el resplandor ambarino de las lámparas.
Frank Pollard seguía en su butaca contemplando los pósters del Pato Donald, Mickey Mouse y tío Güito que adornaban las paredes. Éstos representaban otra carga que pesaba sobre Julie. Era una admiradora de los dibujos animados de Warner Brothers porque le parecían más sutiles que las creaciones Disney, y tenía una colección de vídeos sobre ellos, pero guardaba ese material en casa. Sin embargo, Bobby plantaba los dibujos animados de Disney en el despacho porque, según decía, sus personajes le apaciguaban, le hacían sentirse bien y le ayudaban a pensar. Ningún cliente había puesto en duda su capacidad profesional por el simple hecho de exponer un arte tan poco convencional en las paredes. No obstante, a ella le preocupaba lo que la gente pudiera pensar.
Julie pasó otra vez detrás de su mesa y Bobby se colgó de ella.
Después de hacer un guiño a Julie, Bobby dijo:
– Escucha, Frank, me he precipitado al aceptar el caso. Verdaderamente, no podemos tomar tal decisión hasta que no hayamos oído toda tu historia.