El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Julie cogió una de las piedras más pulidas y, colocándola ante su ojo derecho en dirección a la lámpara más cercana, la miró al trasluz. Incluso sin tallar, el color y la claridad de la gema eran excepcionales. Tal vez fueran sólo semipreciosas, como sugería Frank, pero sospechó que debían de tener un valor considerable.
– ¿Por qué las conservas en un tarro? -preguntó Bobby.
– Porque hube de salir a comprar uno para guardar esto -contestó Frank.
Y sacando de la bolsa un tarro algo mayor lo colocó sobre la mesa.
Julie se volvió para mirarlo y se llevó tal sobresalto que dejó caer la gema. En el recipiente de cristal había un insecto casi tan grande como su mano. Aunque tenía unos élitros duros, como un escarabajo (de color negro profundo con manchas de un rojo sangre alrededor de todo el borde), la cosa de dentro del caparazón semejaba más una araña que un escarabajo. Tenía las ocho patas vigorosas y peludas de una tarántula.
– ¿Qué diablos es esto? -le imprecó gesticulando Bobby, que era algo entomofóbico. Ante cualquier insecto algo más agresivo que una mosca casera, llamaba a Julie para que lo capturara o matara mientras observaba la acción a distancia.
– ¿Está vivo? -preguntó Julie.
– Ahora, no -dijo Frank.
Dos patas delanteras, semejantes a pinzas de langosta en miniatura, se extendían desde la parte delantera del caparazón, una a cada lado de la cabeza, pero diferían de los apéndices de una langosta en que las pinzas estaban mucho más articuladas que las de cualquier crustáceo común. Recordaban algo a unas manos, con cuatro segmentos curvados y quitinosos, unidos en la base; los bordes tenían una sierra de feo aspecto.
– Apuesto lo que sea a que si esa cosa te pescara un dedo te lo cortaría -murmuró Bobby-. ¿Dijiste que estaba vivo, Frank?
– Cuando me desperté esta mañana, lo encontré arrastrándose sobre mi pecho.
– ¡Dios santo! -exclamó Bobby, palideciendo visiblemente.
– Estaba atontado.
– ¡Ah! ¿Sí? Pues parece tan rápido como una maldita cucaracha.
– Creo que se estaba muriendo -dijo Frank-. Grité y lo aparté de un manotazo. Cayó sobre el dorso en el suelo, pataleó débilmente durante unos segundos y luego se quedó inmóvil. Entonces cogí la funda de una almohada, lo puse dentro y la anudé para que no escapara por si estaba todavía vivo. Luego, descubrí las gemas en los bolsillos, así que compré dos tarros, uno para el bicho…, que, por cierto, no se ha movido desde que lo puse ahí, y por tanto imagino que estará muerto. ¿Han visto ustedes alguna vez algo parecido?
– No -respondió Julie.
– No, a Dios gracias -masculló Bobby. No se inclinó sobre el tarro para mirarlo de cerca como había hecho Julie. De hecho retrocedió un paso como si temiera que el bichejo pudiese salir bruscamente a través del cristal.
Julie cogió el tarro y lo hizo girar de modo que pudiese ver de frente al bicho. Su cabeza de satén negro era casi tan grande como una ciruela y estaba escondida a medias bajo el caparazón. Los ojos polifacéticos, de un amarillo sucio, estaban asentados altos, a ambos lados de la cabeza, y debajo de cada uno había lo que parecía ser otro ojo más pequeño que el de arriba, de un color rojizo azulado. Extraños dibujos de orificios minúsculos, seis extrusiones espinosas y tres mechones de pelos sedosos caracterizaban la suave y brillante superficie de aquella fisonomía aborrecible. Su boca pequeña, ahora abierta, era un orificio circular en donde ella creyó ver hileras de dientes, menudos pero agudos.
Mirando pasmado al ocupante del tarro, Frank dijo:
– No sé en qué diablos me he metido pero, sea lo que sea, es una cosa mala, una cosa mala de verdad. Y tengo miedo.
Bobby se crispó. Con expresión pensativa, hablando más bien para sí, murmuró:
– Una cosa mala…
Mientras devolvía el tarro a su sitio, Julie dijo:
– Aceptamos el caso, Frank.
– ¡Está bien! -exclamó Clint.
Apartándose de la mesa para encaminarse hacia el lavabo, Bobby dijo:
– Necesito verte a solas un momento, Julie.
Por tercera vez, ambos entraron juntos en el retrete, cerraron la puerta y pusieron en marcha el ventilador.
La cara de Bobby tenía el tono grisáceo de un retrato pintado al carbón; hasta sus pecas habían perdido el color. Ahora, sus alegres ojos azules mostraban cualquier cosa menos alegría.
– ¿Estás loca? -susurró-. ¡Le has dicho que aceptamos el caso!
Julie parpadeó, sorprendida.
– ¿Acaso no era eso lo que querías?
– No.
– ¡Ah! Entonces supongo que he oído mal. Debo de tener demasiada cera en los oídos. Compacta como el cemento.
– Probablemente, ése es un lunático peligroso.
– Quizá me convenga ir a un médico para que me haga una limpieza de oídos.
– Esa historia disparatada que el tipo se ha inventado es sólo…
Julie levantó la mano para interrumpirle a mitad de la frase.
– Atente a la realidad, Bobby. Él no imaginó ese bicho. ¿Y qué es esa cosa? Jamás he visto fotografías de algo semejante.
– ¿Qué me dices del dinero? Debe haberlo robado.
– Frank no es un ladrón.
– ¡Cómo! ¿Acaso te lo ha revelado Dios? Porque no hay otra forma de saberlo. Has conocido a Pollard hace poco más de una hora.
– Tienes razón -contestó ella-. Dios me lo ha dicho. Y yo escucho siempre a Dios, porque si no lo haces es muy probable que te envíe una plaga de voraces langostas o prenda fuego a tu pelo con un rayo. Escúchame. Frank está perdido, va a la deriva, y me da lástima. ¿Vale?
Por un momento la miró absorto, mordiéndose el pálido labio inferior, y luego dijo:
– Nosotros trabajamos bien juntos porque nos complementamos uno a otro. Tú eres fuerte donde yo soy débil, y viceversa. En muchos aspectos no nos asemejamos lo más mínimo, pero estamos obligados a permanecer juntos porque encajamos como las piezas de un rompecabezas.
– ¿Adonde vas a parar?
– Una cosa que nos hace diferentes pero complementarios es nuestra motivación. Este tipo de trabajo me conviene porque disfruto ayudando a la gente que está en un atolladero por causas ajenas a ella. Me gusta ver cómo triunfa el bien. Parezco un héroe de viñeta, pero eso es lo que siento. Por otra parte, tú pareces motivada sobre todo por el deseo de machacar a los malos. Bien es verdad que también me gusta ver cómo se retuercen y lloriquean los malos, pero no me interesa tanto como a ti. Y, desde luego, tú eres feliz ayudando a personas inocentes, pero en tu caso eso es secundario, va detrás de las contorsiones y el lloriqueo. Tal vez sea porque todavía te consume la rabia por el asesinato de tu madre.
– Mira, Bobby, cuando yo quiera psicoanálisis iré a una habitación cuyo mueble principal sea un diván… no un retrete.
Cuando Julie tenía doce años, su madre fue tomada como rehén en el asalto a un banco. Los dos malhechores estaban saturados de anfetaminas y tenían muy poco sentido común y compasión. Antes de que todo terminara, cinco de los seis rehenes murieron, y la madre de Julie no resultó la persona afortunada.
Volviéndose hacia el espejo, Bobby miró la imagen de ella como si le resultara incómodo encontrar directamente su mirada.
– Esto es a donde voy a parar: de repente, actúas como yo, y eso no es favorable, eso altera nuestro equilibrio, rompe la armonía de nuestra relación y esa armonía es lo que nos ha mantenido siempre vivos, triunfantes y vivos. Quieres aceptar este caso porque te fascina, excita tu imaginación» y porque quieres ayudar a Frank, que es digno de lástima. ¿Dónde está tu indignación habitual? Yo te diré dónde está. No la tienes porque, al menos en este momento, no hay nadie a quien atacar, no hay tipos malos. Está el individuo que, según él, le persiguió anoche, vale, pero no sabemos si es una persona real o un producto de la fantasía de Frank. Sin un sujeto malévolo en quien concentrar tu cólera y debía inducirte a dar este mismo paso, y eso era lo que estaba haciendo, pero ahora eres tú quien efectúa la inducción, y eso me preocupa. No es lo normal.