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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Se alzó el telón y miró a su padre. La sala desapareció, lo único que había allí eran los penetrantes ojos de su padre.

Alguien de la sala se echó a reír.

Volvió en sí de nuevo. El coro había empezado a cantar y el director le había hecho la señal, pero él no se dio cuenta. El director intentó aparentar que no pasaba nada, repitió unos compases y esta vez entró él en el momento adecuado, y acababa de comenzar cuando sucedió algo.

Cuando le sucedió algo a la voz.

– Era un gallo -dijo Gabriel, allí sentado en la fría habitación de hotel de Erlendur-. Había hecho un gallo con la voz. En la primera pieza, y todo acabó.

14

Gabriel estaba sentado en la cama, inmóvil, con la mirada perdida en un momento del pasado, en el escenario del Cine Municipal, donde el coro se iba apagando poco a poco. Gudlaugur, que no comprendía lo que le estaba pasando a su voz, carraspeaba una vez tras otra y seguía intentando cantar. Su padre se puso en pie y su hermana subió corriendo al escenario para hacer callar al muchacho. El público, al principio, murmuró por las dificultades del niño, pero enseguida empezaron a oírse risas medio ahogadas en distintos puntos de la sala, risas que fueron haciéndose más evidentes mientras algunos empezaban a silbar. Gabriel se acercó a Gudlaugur para sacarlo de allí, pero el muchacho se había quedado clavado en su sitio. El regidor intentó correr el telón. El presentador subió al escenario con un cigarrillo entre los dedos, pero parecía no tener ni idea de lo que debía hacer. Finalmente, Gabriel logró que Gudlaugur se moviera y lo arrastró consigo. En ese momento su hermana estaba ya con ellos, se volvió hacia el público y les gritó que no se rieran. El padre seguía en el mismo asiento de la primera fila, inmóvil y completamente desconcertado.

Gabriel volvió en sí y miró a Erlendur.

– Aún siento escalofríos cuando pienso en aquello -le dijo.

– ¿Un gallo en la voz? -dijo Erlendur-. No sé mucho de…

– También se dice que se rompe la voz. Lo que sucede es que las cuerdas vocales se alargan con la pubertad, pero el niño sigue formando la voz igual que antes, aunque se hace una octava más baja.

El resultado no es nada bonito, se produce una especia de falsete como en el canto tirolés. Es lo que acaba con todos los niños de coro. A Gudlaugur le habrían podido quedar dos o tres años más, pero maduró demasiado pronto. Las hormonas se pusieron demasiado temprano a hacer de las suyas, ellas fueron las responsables de la noche más amarga y horrible de su vida.

– Debías de ser buen amigo suyo, ya que fue a verte después y te contó todo eso.

– Sí, realmente, sí, me consideraba un amigo de verdad. Luego nos fuimos distanciando, como tantas veces pasa. Yo intenté ayudarle lo mejor que pude y él siguió asistiendo a mis clases de canto. Su padre no quería que abandonase. Estaba decidido a convertir a su hijo en cantante. Hablaba de enviarlo a Italia o a Alemania. Incluso a Inglaterra. Son los que mejor saben tratar la voz de soprano infantil, y tienen una pléyade de niños prodigio venidos a menos. No hay nada de tan corta vida como un niño prodigio.

– ¿Pero no llegó a convertirse en cantante de verdad?

– No. Se había acabado. Puede decirse que tenía una voz de adulto aceptable, aunque nada especial, pero había perdido todo interés. Todo el trabajo invertido en el canto, en realidad, toda su infancia, se quedó en nada aquella tarde. Su padre lo llevó a otros profesores, pero sin resultado. La chispa se había apagado. Gudlaugur se dejó llevar un tiempo para no herir a su padre, pero luego abandonó por completo. Me contó que, en realidad, nunca había querido ser cantante ni niño de coro, ni cantar ni destacar. Todo lo había hecho por su padre.

– Antes me dijiste que algo sucedió varios años después -dijo Erlendur-. Varios años después del concierto del Cine Municipal. Me dio la impresión de que era algo relacionado con el padre y su silla de ruedas. ¿Me equivoco?

– Poco a poco fue creándose un abismo entre ellos. Entre Gudlaugur y su padre. Ya me comentaste su actitud cuando estuvo aquí con su hija. Claro que yo no conozco toda la historia. Solo una parte.

– Pero me ha parecido entender que la relación entre Gudlaugur y su hermana era muy cariñosa.

– De eso no cabe ninguna duda-dijo Gabriel-. Ella asistía frecuentemente a los ensayos del coro y siempre estaba con él cuando cantaba en las celebraciones de la escuela o la iglesia. Se portaba bien con él, pero también adoraba a su padre. Éste tenía una personalidad muy fuerte. Era inflexible y duro como el mármol cuando estaba decidido a imponer su voluntad, pero de vez en cuando sabía ser tierno. Ella acabó por ponerse de su parte. El chico se rebeló radicalmente contra su padre. No tengo una idea exacta de cómo fue, pero llegó un momento en que lo odiaba y le echaba la culpa de lo que había pasado. No solo de lo sucedido en el escenario, sino de todo lo habido y por haber.

Gabriel calló un instante.

– En una de las últimas ocasiones en que hablamos, me dijo que su padre le había robado la infancia. Que lo había convertido en una atracción de feria.

– ¿Una atracción de feria?

– Esa fue la expresión que utilizó, pero no acabé de comprender lo que quería decir. Fue poco después del accidente.

– ¿Del accidente?

– Sí.

– ¿Qué sucedió?

– Me parece que Gudlaugur tendría casi veinte años. Había dejado ya el colegio. Después de eso se marchó de Hafnarfjordur. Para entonces, la relación entre nosotros se había interrumpido prácticamente por completo, pero imagino que el accidente fue causado por aquella rebeldía que lo dominaba. Por la furia que se había ido acumulando en él.

– ¿Se marchó de casa después del accidente?

– Sí, eso creo.

– ¿Qué sucedió?

– En su casa había una escalera alta y empinada. Estuve allí en una ocasión. Subía del vestíbulo al piso de arriba. Era una escalera de madera con escalones bastante estrechos. Seguramente todo empezó como una de las peleas habituales entre Gudlaugur y su padre, que tenía el despacho en el piso de arriba. Habían llegado al borde de la escalera, en el piso superior, y tengo entendido que Gudlaugur lo apartó de un empujón y el padre cayó por la escalera. Fue una mala caída. Nunca se volvió a poner en pie. Fractura de columna. Parálisis de cintura para abajo.

– ¿Fue solo un accidente? ¿Lo sabes con seguridad?

– Eso solo lo puede saber Gudlaugur. Y su padre. Éste y la hermana lo borraron completamente de sus vidas. Rompieron toda relación y no quisieron volver a saber nada de él. Eso apunta quizás a que hubiera sido una agresión. Quizá no se trató de un simple accidente.

– ¿Y cómo lo sabes? ¿No has dicho que ya no tenías relación con ellos?

– La comidilla de la ciudad era que había tirado a su padre por las escaleras. Lo investigó la policía.

Erlendur lo miró.

– ¿Cuándo viste a Gudlaugur por última vez?

– Fue precisamente aquí, en el hotel, por pura casualidad. Yo no tenía idea de qué había sido de él. Había salido a comer con una gente y de pronto lo vi delante de mí, con el uniforme de portero. Al principio no lo reconocí. Había transcurrido muchísimo tiempo. Fue hace cinco o seis años. Me acerqué a él y le pregunté si se acordaba de mí, y estuvimos charlando un rato.

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