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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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Sheila y yo nos amábamos y yo le habría propuesto el matrimonio de una forma algo así peculiar, casi original, y sus ojos se habrían llenado de lágrimas, y habría aceptado abrazándose a mi cuello y nos habríamos unido para compartir nuestras vidas. Habría sido estupendo.

Pero alguien lo había truncado.

Los muros de negación de la realidad comenzaron a resquebrajarse. El dolor me ahogaba y me impedía respirar; me derrumbé en un sillón y apreté las rodillas contra el pecho, balanceándome hacia delante y hacia atrás, llorando a lágrima viva.

No sé cuánto tiempo duraron mis sollozos, pero al cabo de un rato hice un esfuerzo y dejé de llorar. Fue en ese momento cuando decidí combatir el dolor. El dolor paraliza pero la cólera no, y era cólera lo que comenzaba a crecer en mí pugnando por estallar.

Y me dejé llevar.

22

Cuando Katy Miller oyó a su padre levantar la voz se acercó a la puerta.

– ¿Por qué has ido? -lo oyó decir a voces.

Sus padres estaban en el estudio, un cuarto que, como gran parte de la casa, parecía una pieza de cadena hotelera con muebles funcionales, relucientes, pesados y fríos. Los cuadros de las paredes eran imágenes intrascendentes de barcos y bodegones y no había figuritas, recuerdos de vacaciones, colecciones ni fotos familiares.

– Fui a dar el pésame -dijo la madre.

– ¿Y por qué demonios lo hiciste?

– Pensé que era lo correcto.

– ¿Lo correcto? Su hijo mató a nuestra hija.

– El hijo; no ella -replicó Lucille Miller.

– No me vengas con tonterías. Ella lo educó.

– Eso no quiere decir que ella tuviese la culpa.

– No creías eso antes.

– Hace mucho que lo creo aunque no haya dicho nada -replicó la madre poniéndose tensa.

Su marido le volvió la espalda y empezó a pasear de arriba abajo.

– ¿Y ese animal te echó?

– Está sufriendo. Se desahogó conmigo.

– No quiero que vuelvas -dijo él esgrimiendo con impotencia un dedo-. ¿Me oyes? Sabes que ayudó a ese cabrón asesino de su hijo a esconderse.

– ¿Y qué?

Katy contuvo un grito y el señor Miller volvió rápido la cabeza.

– ¿Cómo que qué?

– Era su madre. ¿No habríamos hecho lo mismo nosotros?

– ¿Qué estás diciendo?

– Si hubiera sido al revés, si Julie hubiese matado a Ken y hubiera tenido que esconderse, ¿qué habrías hecho tú?

– Dices cosas absurdas.

– No, Warren, no. Yo quiero saber qué habríamos hecho si se hubieran invertido los papeles. ¿Habríamos denunciado a Julie o la habríamos ayudado a huir?

El padre de Katy se volvió y la vio en el marco de la puerta; sus miradas se cruzaron y por enésima vez en su vida él no fue capaz de sostenerle la mirada. Sin decir nada más, Warren Miller subió a toda prisa la escalera y se encerró en el «cuarto del ordenador». El «cuarto del ordenador» era la antigua habitación de Julie. Durante nueve años la habían conservado tal como estaba cuando murió, pero un buen día, sin previo aviso, su padre lo guardó todo en cajas y la vació; pintó las paredes de blanco, compró una mesa de ordenador en Ikea y a partir de ese momento fue el cuarto del ordenador. Había quien lo interpretaba como una señal de punto final, o al menos de paso adelante. Significaba todo lo contrario. Había sido una decisión forzada, la de un moribundo que se obstina en levantarse aun sabiendo que va a empeorar. Katy no había vuelto a entrar; ahora que no quedaban signos tangibles de su hermana, se le antojaba que su espíritu flotaría con más agresividad. Uno confía en la imaginación en lugar de en los ojos. Evoca lo que se supone que no debe ver.

Lucille fue a la cocina y Katy la siguió en silencio. Su madre comenzó a fregar los platos y ella la miró deseando -también por enésima vez- poder decirle algo que no abriera su herida. Sus padres nunca hablaban de Julie con ella. Jamás. Durante todos aquellos años los había sorprendido hablando del asesinato apenas unas cuantas veces y siempre habían acabado como aquel día: enfadados y llorando.

– ¿Mamá?

– No pasa nada, cariño.

Katy se acercó a ella y su madre se concentró aún más en su tarea; Katy advirtió que tenía más canas, la espalda algo más encorvada y su cutis era más grisáceo.

– ¿Tú habrías hecho eso? -preguntó Katy.

Su madre no contestó.

– ¿Habrías ayudado a Julie a huir?

Lucille Miller continuó fregando, llenó el lavavajillas, echó el detergente y puso en marcha la máquina. Katy permaneció aún un rato en la cocina, pero su madre siguió guardando silencio.

Katy subió de puntillas la escalera y oyó los sollozos angustiosos de su padre en el cuarto del ordenador; la puerta cerrada amortiguaba el sonido, pero se oían. Se detuvo para apoyar la palma de la mano en la madera y le pareció sentir las vibraciones. Su padre sollozaba siempre así, profundamente, con toda su alma. Con voz ahogada exclamaba: «¡Ya está bien, ya está bien, por favor!», una y otra vez pidiendo a un supuesto torturador que acabara con él de un balazo en la cabeza. Permaneció callada escuchando, pero los sollozos no cesaban.

Al cabo de un rato no pudo más y continuó hasta su cuarto, metió su ropa en una mochila y se dispuso a acabar con aquello de una vez para siempre.

Seguía sentado a oscuras con las rodillas pegadas al pecho.

Era ya casi medianoche. Esperaba ansioso una llamada. Normalmente habría desconectado el teléfono, pero mi rechazo de la realidad era tan potente que abrigaba la esperanza de que acaso Pistillo llamase para decirme que todo era un error. La mente funciona así. Trata de encontrar una alternativa. Hace tratos con Dios. Promesas. Intenta convencerse de que puede haber un indulto, que todo ha sido un sueño, una horrible pesadilla y que de algún modo se puede volver atrás.

Sólo había atendido el teléfono una vez, y era Cuadrados. Me dijo que la gente de Covenant House quería celebrar un funeral por Sheila al día siguiente y si yo estaba de acuerdo. Le dije que eso a Sheila le habría gustado.

Miré por la ventana y vi la furgoneta dando la vuelta a la manzana. Cuadrados llevaba toda la noche de ronda, vigilante. Yo sabía que no andaba lejos y él seguramente esperaba que sucediera algo para poder descargar su cólera en alguien. Pensé en su comentario de que él no había sido muy distinto de El Espectro, pensé en el peso del pasado, en las experiencias de Cuadrados, en las experiencias de Sheila, y me asombré de que hubieran tenido fortaleza para no naufragar en aguas revueltas.

Volvió a sonar el teléfono.

Miré el fondo de mi cerveza. Yo no era de los que ahogan sus penas en alcohol, y lo lamentaba, quería quedarme aletargado de una vez, pero sucedía todo lo contrario. Tenía la sensación de que me arrancaban la piel y mi sensibilidad se exacerbaba; sentía una pesadez indescriptible en brazos y piernas, como si fuera a hundirme inexorablemente cuando apenas me faltaban unos centímetros para salir a la superficie porque unas manos invisibles tiraban de mí hacia abajo.

Aguardé a que se conectara el contestador; al tercer timbrazo sonó el clic y oí mi voz diciendo que dejaran un mensaje después de la señal, y a continuación se oyó una voz que no me resultaba del todo desconocida.

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