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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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Asentí con la cabeza.

– No tenía ni idea -dijo meneando la cabeza- de que Sheila hubiese superado así su pasado. Me hubiera gustado verlo. Ojalá me hubiese llamado para decírmelo.

Yo no sabía qué decir.

– Sheila nunca me hizo sentirme orgullosa de ella mientras estuvo viva -añadió Edna Rogers hurgando en el bolso casi con furia y sacando un pañuelo con el que se sonó con fuerza. Luego volvió a guardarlo-. Sé que le parecerá cruel. Era una niña preciosa y ejemplar en la escuela elemental, pero luego -desvió la mirada y se encogió de hombros- cambió. Se volvió hosca, se quejaba de todo y siempre estaba de mal humor; me robaba dinero del bolso y se escapaba constantemente de casa. No tenía amigas, los chicos la aburrían y no quería estudiar, odiaba tener que vivir en Masón. Luego, un buen día dejó la escuela y se fue de casa para no volver.

Me miró como si esperase una respuesta por mi parte.

– ¿Nunca más la vio? -pregunté.

– Nunca.

– No lo entiendo -dije-. ¿Qué sucedió?

– ¿Quiere decir qué es lo que la hizo marcharse definitivamente?

– Sí.

– Piensa que hubo un acontecimiento concreto determinante, ¿verdad? -En ese momento alzó la voz en tono desafiante-. Que su padre abusó de ella o que yo le pegaba, algo que lo explique por qué es lo que suele suceder: simple y claro, causa y efecto. Pues no hubo nada de eso. Nosotros, como padres, no éramos perfectos, ni mucho menos, pero no fue culpa nuestra.

– No pretendía insinuar…

– No me diga qué pretendía insinuar.

Echaba fuego por los ojos y frunció los labios mirándome con insolencia. Opté por cambiar de tema.

– ¿Sheila no la llamaba nunca? -pregunté.

– Sí.

– ¿A menudo?

– La última vez fue hace tres años.

Calló aguardando a que yo volviera a preguntar.

– ¿Desde dónde la llamó?

– No me lo dijo.

– ¿Qué es lo que contó?

Esta vez, Edna Rogers tardó un buen rato en contestar. Comenzó a dar vueltas por el cuarto mirando las camas y las cómodas; mulló una almohada y la colocó debidamente sobre la sábana.

– Sheila me llamaba cada seis meses aproximadamente; solía estar colocada o borracha o puesta, como se diga. Se ponía sentimental y las dos llorábamos, y me decía cosas terribles.

– ¿Como qué?

Meneó la cabeza.

– Eso que dijo antes abajo ese hombre del tatuaje en la frente, de que os habíais enamorado, ¿es cierto?

– Sí.

Se irguió y me miró con los labios insinuando tal vez una sonrisa.

– Así que Sheila se acostaba con su jefe -comentó en un tonillo siniestro.

Edna Rogers frunció algo más aquella extraña sonrisa y fue como si se convirtiese en otra persona.

– Ella trabajaba como voluntaria -repliqué.

– Claro, ¿y qué es exactamente lo que hacía voluntariamente por ti, Will?

Sentí un escalofrío en la espalda.

– ¿Aún quiere seguir juzgándome? -añadió.

– Creo que es mejor que se vaya.

– No puede aceptar la verdad, ¿no es así? Cree que yo soy una especie de monstruo que dejé a mi hija abandonada sin motivo.

– A mí no me corresponde decirlo.

– Sheila era mala. Mentía, robaba…

– Creo que ahora empiezo a entenderlo -dije.

– Entender, ¿qué?

– Por qué se fue.

Parpadeó y volvió a mirarme furiosa.

– Usted no la conocía y sigue sin conocerla.

– ¿Acaso no ha oído usted nada de lo que han dicho de ella en el acto?

– Lo he oído -replicó Edna Rogers en tono más conciliador-. Pero yo esa Sheila no la he conocido, nunca se mostró así conmigo. La Sheila que yo conocía…

– Con el debido respeto, no estoy de ánimo para escuchar cómo sigue hablando mal de ella.

Edna Rogers se detuvo. Cerró los ojos y fue a sentarse en el borde de una cama, y en el cuarto reinó un silencio absoluto.

– No he venido a eso -dijo.

– ¿A qué, entonces?

– En primer lugar, quería oír algo agradable.

– Lo ha oído -repliqué.

– Sí, en efecto -añadió asintiendo con la cabeza.

– ¿Qué otra cosa quiere?

Edna Rogers se puso en pie y se acercó a mí; contuve el impulso de apartarme cuando me miró a los ojos.

– He venido a por Carly.

Aguardé pero, al ver que no añadía nada más, dije:

– Mencionó usted ese nombre cuando hablamos por teléfono.

– Sí.

– No conocía a ninguna Carly y sigo sin conocerla.

Esgrimió de nuevo aquella sonrisa aviesa y cruel.

– Will, ¿no me estará usted mintiendo?

Me estremecí.

– No.

– ¿No le mencionó nunca Sheila el nombre de Carly?

– No.

– ¿Está seguro?

– Sí. ¿Quién es?

– Carly es la hija de Sheila.

Me quedé sin habla y Edna Rogers lo advirtió complacida.

– Su encantadora voluntaria nunca le dijo que tenía una hija, ¿eh?

No contesté.

– Carly tiene doce años y, desde luego, ignoro quién es el padre. Y no creo que Sheila lo supiera tampoco.

– No lo entiendo -dije.

Ella sacó una foto del bolso y me la tendió. Era una instantánea de las que toman en los hospitales a los recién nacidos: un bebé envuelto en una manta con los ojos cerrados. Le di la vuelta y vi escrito a mano «Carly» y la fecha de nacimiento.

La cabeza me daba vueltas.

– La última vez que me llamó Sheila fue cuando Carly cumplió nueve años -dijo- y hablé con ella; quiero decir con la niña.

– ¿Dónde está ahora?

– No lo sé -contestó Edna Rogers-. Por eso he venido, Will. Quiero encontrar a mi nieta.

25

Cuando volví a casa aturdido me encontré a Katy Miller sentada en la puerta del apartamento con la mochila entre las piernas.

– Llamé pero… -dijo poniéndose en pie.

Asentí con la cabeza.

– Es que mis padres… -añadió-. No puedo estar en esa casa un día más. Pensé que podría dormir aquí en el sofá.

– No es el mejor momento -dije.

– Ah.

Metí la llave en la cerradura.

– Resulta que he estado intentando atar cabos como dijimos para averiguar quién pudo matar a Julie, ¿sabes? Y se me ocurrió pensar que tú sabrías algo de la vida de Julie después de vuestra ruptura.

Entramos en el apartamento y nos quedamos los dos de pie.

– Creo que no es momento…

Katy por fin advirtió mi estado.

– ¿Por qué? ¿Qué sucede?

– Ha muerto alguien a quien quería mucho.

– ¿Te refieres a tu madre?

Negué con la cabeza.

– Una persona muy allegada. Ha muerto asesinada.

– ¿Muy allegada? -inquinó ella sofocando un grito y dejando la mochila.

– Mucho.

– ¿Una amiga?

– Sí.

– ¿La querías?

– Mucho.

Me miró.

– ¿Qué sucede? -dije.

– No sé, Will, es como si alguien matase a las mujeres que amas.

Era lo mismo que yo había estado pensando, pero expresado en palabras resultaba más absurdo.

– Julie y yo habíamos roto hacía más de un año antes de que la asesinaran.

– ¿Tú ya no estabas enamorado?

No quería volver a hablar de aquello y dije:

– ¿Qué decías sobre la vida que llevó Julie después de la ruptura?

Katy se sentó en el sofá con esa elasticidad de las quinceañeras que dan la impresión de no tener huesos; cruzó una pierna por encima del brazo y echó la cabeza hacia atrás alzando la barbilla insolente. En esta ocasión vestía también vaqueros desgastados y un top tan ajustado que parecía que el sujetador estaba puesto por encima. Iba peinada con cola de caballo pero algunos mechones le caían sueltos sobre la cara.

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