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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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Podía escuchar susurros de voces femeninas en el interior. Por pura curiosidad, atisbé a través de la rendija de la puerta y vi a un hombre tumbado en una cama. Dos chicas estaban registrándole los bolsillos, lo cual es una práctica normal, incluso en los prostíbulos elegantes, siempre que alguien se desmaya. Registraron sus ropas y encontraron algo alrededor del cuello. Me pareció que era un anillo colgado de una cadena. Trataron de abrir el cierre, pero no podían alcanzar la parte trasera de su grueso cuello con sus delgadas manos. Una de ellas comenzó a morder la cadena, como si intentara romperla con sus propios dientes. Podría haber cerrado la puerta y haberme ido. Pero el hombre parecía vulnerable. Quizás me recordó a mi padre. Sin pensarlo realmente, entré por sorpresa y les dije a las chicas que sería mejor que dejaran en paz al hombre, porque era un buen amigo del Dragón Rojo. Se detuvieron, asustadas. Pensé que todo aquello era gracioso y les grité que llamaran a los porteros para que me ayudaran a llevar al hombre hasta un rickshaw. Necesitamos cuatro personas para moverle. "Al Moscú-Shanghái -me susurró uno de los porteros cuando estuvimos listos para marcharnos-. Este hombre es el propietario del Moscú-Shanghái."

Me sonrojé. No deseaba que Dimitri continuara con la historia. Aquél no era el Serguéi que yo conocía.

Dimitri me observó y se echó a reír.

– Imagino que no tengo que decirte quién era aquel hombre, Anya. Estaba sorprendido. El Moscú-Shanghái era el club nocturno más importante de la ciudad. Incluso alguien como el Dragón Rojo no hubiera sido lo suficientemente bueno para entrar en él. En cualquier caso, en el rickshaw, Serguéi comenzó a despertarse. La primera cosa que hizo fue palparse el cuello en busca de la cadena. «Está a salvo -le dije-, pero le han vaciado los bolsillos.»

»Para cuando llegamos al club, estaba cerrado. Unos cuantos camareros estaban fumando en la parte trasera, y les llamé para que me ayudaran a llevar a Serguéi al interior. Lo transportamos hasta el sofá de la oficina. Su aspecto era bastante lamentable. "¿Cuántos años tienes, hijo?", me preguntó. Cuando se lo dije, se echó a reír. "Había oído hablar de ti", comentó.

»Al día siguiente, me encontré a Serguéi esperándome en la puerta de mi casa. Estaba totalmente fuera de lugar en aquel barrio bajo, con su elegante abrigo y su reloj de oro en la muñeca. Tuvo suerte de que le dejaran en paz. Creo que lo que le protegió fue su tamaño y la expresión feroz de su rostro. Cualquier otro hombre habría sido presa fácil. "Esos señores para los que trabajas lo único que hacen es burlarse de ti -me confesó-. Eres una diversión para ellos y te desecharán como a una prostituta vieja en cuanto se les pase la novedad. Quiero que vengas a trabajar conmigo. Te formaré para que puedas dirigir mi club."

»Así que Serguéi sobornó a los señores y me llevó a su casa, la casa en la que tú estás viviendo ahora. ¡Dios mío! ¿Puedes creer que yo nunca había visto un lugar así en toda mi vida? Cuando entré en el vestíbulo, pensé que los ojos me iban a arder por la belleza de aquel lugar. Tú no te sentiste así la primera vez que lo viste, ¿verdad que no, Anya? Eso es porque tú estás acostumbrada a las cosas lujosas. Pero yo era como un aventurero en un territorio extranjero. Serguéi pensó que aquello era divertido, verme boquiabierto ante los cuadros, señalando todos los jarrones, mirando todas las fuentes de la mesa, como si nunca antes hubiera comido en un plato. Nunca había visto nada tan elegante. Los señores del opio poseían mansiones, pero estaban plagadas de estatuas chillonas, paredes rojas y gongs. Símbolos de poder. No de riqueza. La casa de Serguéi tenía algo más. Una esencia indefinible. Entonces supe que si algún día llegaba a tener una casa como aquélla, sería porque habría alcanzado la verdadera riqueza. No el tipo de riqueza que alguien te puede arrebatar. No el tipo de riqueza que te hace sentir bajo amenaza constante. Una casa como aquélla me transformaría, y pasaría de ser escoria a ser un caballero. En ese momento, deseé ser más que rico. Quería tener también lo que Serguéi poseía.

»Él me presentó a Amelia. Pero me bastó hablar con ella durante un minuto para saber que no era la responsable del aspecto de la casa. Ella era como yo, ajena al lujo. Además, también era una persona astuta. Incluso sin haber nacido rodeada de opulencia, podía seguir su rastro olfateándolo, como una comadreja. Sin embargo, lo único que sabía hacer era desplegar sus atractivos para conseguir algo lujoso. No era capaz de crearlo por sí misma.

Entonces Dimitri se rió entre dientes. Y fue la primera vez en que comprendí que sentía afecto por Amelia. La manera tan informal que tenía de hablar de ella hizo que me diera cuenta. Sentí un pinchazo que me recorrió la columna vertebral. Pero también supe que debía aceptarlo. Se conocían desde hacía mucho antes de que yo llegara. Y Dimitri ya me había comentado que estaban hechos de la misma pasta.

– Pero es demasiado nerviosa -comentó, girándose para mirarme-. ¿Te has dado cuenta de eso, Anya? Es un ser inquieto. Cuando has luchado por conseguir tus objetivos, tienes que protegerlos. Nunca puedes bajar la guardia. La gente que ha nacido entre riquezas no lo sabe. Incluso cuando lo han perdido todo, siguen comportándose como si el dinero no valiera nada.

»Más tarde, descubrí la historia de Marina. Ella era la que había decorado la casa. Serguéi simplemente le dio todo el dinero que ella le pidió. La mayoría de las veces, él no sabía lo que ella compraba. La amaba tanto que le dio todo lo que tenía. Hasta que, un buen día, abrió los ojos, y se encontró a sí mismo viviendo en un palacio. Me contó que fue porque él era tan sólo un comerciante acaudalado, mientras que Marina era una verdadera aristócrata, y los aristócratas tenían buen gusto. Le pregunté qué significaba "aristócrata" y me contestó: "Un aristócrata es alguien de buena cuna y con buena educación".

Dimitri hizo una pausa durante un instante, apoyando la cabeza en la repisa de la chimenea. Yo, por mi parte, recordé a mi padre. Llenó nuestra casa de bellos objetos únicos, aunque había perdido su fortuna cuando abandonó Rusia. Quizás era cierto lo que Dimitri decía. Mi padre no habría sabido ser pobre, aunque lo hubiera intentado. Me acordé de que siempre decía que era mejor no tener nada a conformarse con tener algo de calidad ordinaria.

– En cualquier caso -prosiguió Dimitri-, Serguéi me contrató para ayudarle con el club y me recompensaba generosamente por mis esfuerzos. Me confesó que yo era como un hijo para él y que, ya que no tenía hijos propios, Amelia y yo podríamos heredar el club cuando él muriera. El día que entré en el club y los clientes me saludaron como si fuera uno de ellos, supe que había alcanzado mi objetivo. Era rico. Ahora resido en un elegante apartamento en Lafayette. Todos mis trajes han sido confeccionados a mano en Inglaterra. Tengo una doncella y un mayordomo. No me falta de nada. Excepto algo esencial. He tratado de emular lo que contemplé en casa de Serguéi y no puedo hacerlo. Mi sofá otomano, mis sillas de caoba y mis alfombras turcas no casan entre sí con la elegancia casual que se aprecia en la biblioteca de Serguéi. Independientemente de como disponga mis pertenencias, mi apartamento parece sacado de unos estridentes grandes almacenes. Amelia trató de ayudarme. «Todos los hombres son torpes para eso», me espetó. Pero ella sólo es buena con materiales nuevos y ostentosos. Pero eso no era lo que yo quería. Cuando traté de explicárselo, me miró fijamente y me soltó: «¿Y para qué demonios quieres que tus muebles parezcan viejos?».

«Entonces, un buen día, apareciste tú, Anya. Te observé mientras tomabas tu primer sorbo de sopa de aleta de tiburón, degustándolo lentamente. En un instante, supe que tú tenías esa esencia indefinible… ese elemento… que nos falta a todos nosotros, incluso a Serguéi. Por supuesto, tú no puedes verlo, para ti es tan natural como respirar. Cuando te sientas a comer, comes con tranquilidad. No como si fueras un animal esperando que le echen la comida. ¿Alguna vez te habías dado cuenta de eso, Anya? ¿Lo delicada que es tu manera de comer? Y el resto de nosotros, siempre engullendo la comida como si se fuera a acabar a causa de una guerra. "Ésta es la chica que me va a sacar del fango definitivamente -me dije para mis adentros-. Ésta es la chica que puede hacer que yo deje de ser escoria para convertirme en un rey."

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