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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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Los tres marines sujetaban firmemente la cabeza de Dimitri. La boca se le distorsionó en una mueca de agonía. Un marinero italiano y otro marine acudieron en su ayuda, pero no estaban a la altura de los fornidos marines que estaban atacando a Dimitri. Serguéi cogió una silla y la hizo pedazos contra la espalda de uno de los tres marines, dejándolo inconsciente. Animado por la ventaja, el italiano noqueó a otro, que cayó al suelo. Pero el último, el más corpulento de los tres, seguía sujetando a Dimitri, presionándole la cabeza contra el suelo y tratando de romperle el cuello. Grité y miré a mi alrededor en busca de ayuda. Localicé a Amelia en el restaurante. Tenía un cuchillo en la mano y trataba de abrirse paso por las escaleras, entre la multitud. Dimitri se estaba ahogando, de su boca se resbalaba un hilo de saliva. Serguéi golpeó al marine con sus puños de oso, sin surtir el menor efecto. La mano de Dimitri se retorció por debajo del marine, me agarró el zapato y me apretó los dedos del pie. No pude soportarlo más: me lancé contra el marine y le mordí la oreja con todas mis fuerzas. Noté un sabor a sangre y a sal recorriéndome la boca. El marine aulló y soltó a Dimitri. Me apartó de un golpe y yo escupí un trozo de carne rosácea ensangrentada. La cara del marine empalideció cuando vio la mitad de su oreja en mi regazo. Se llevó la mano a la cabeza y huyó.

– Benissimo! -me felicitó el marinero italiano-. Ahora vaya a lavarse la boca.

Cuando volví del baño, pude oír las sirenas y los silbatos de la policía militar en el exterior. Sus efectivos tomaron al asalto el edificio, repartiendo golpes a diestro y siniestro y aumentando el número de víctimas. Corrí al exterior para ver las ambulancias llevándose a los heridos. Parecía como si estuviéramos otra vez en tiempos de guerra.

Busqué entre el tumulto a Dimitri y a Serguéi y les encontré en la escalinata con Amelia, despidiendo a los heridos como si estuvieran saludando a los clientes en una noche normal. Dimitri tenía un ojo morado y los labios tan hinchados que casi no parecía humano. Aun así, logró esbozar una sonrisa infantil cuando me vio.

– Éste es nuestro fin -gemí-. Ahora nos cerrarán el local, ¿no es así?

Dimitri arqueó las cejas por la sorpresa. Serguéi soltó una carcajada.

– Dimitri -le dijo-, creo que definitivamente, después de sólo dos noches, a Anya le importa nuestro negocio.

Incluso Amelia, que tenía la manga del vestido desgarrada y el pelo revuelto, me sonrió.

– Es cierto, ¿verdad, Anya? -me dijo Dimitri-. Es como la música. Este lugar se te mete en las venas. Ahora ya eres una de nosotros. Una verdadera habitante de Shanghái.

La limusina se acercó, y Amelia se subió a ella, haciéndome un gesto para que la siguiera.

– Los chicos han montado este lío y serán los chicos los que recojan -sentenció.

Todavía tenía la sangre pegajosa del marine en la parte delantera del vestido, rozándole la piel. La miré y comencé a sollozar.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó Amelia, cogiéndome del brazo y arrastrándome hasta el interior del coche-. Esto es Shanghái, no Harbin. Mañana el negocio abrirá sus puertas como de costumbre, y todo el mundo habrá olvidado esta noche. Seguiremos siendo el club nocturno más concurrido de la ciudad.

5

ROSAS

A la mañana siguiente, mientras me estaba recogiendo el pelo para ir a la escuela, Mei Lin llamó a la puerta y me comunicó que Serguéi estaba al teléfono. Bajé las escaleras de dos en dos, ahogando un bostezo. En mi pelo, aún se podía oler el hedor a humo de tabaco. No tenía precisamente ganas de asistir a la aburrida clase de geografía de la hermana Mary antes de comer. Imaginé que me quedaría dormida en algún lugar entre las islas Canarias y Grecia, y que me obligarían a escribir cien veces en la pizarra la razón por la que estaba tan cansada. Me figuré la sorpresa reflejada en el rostro de la hermana Mary cuando cogiera el trozo de tiza y comenzara a escribir en la pizarra: «Ayer por la noche, estuve en el Moscú-Shanghái y por eso no he podido dormir lo suficiente».

Me gustaban las clases de francés y arte, pero después de haber bailado boleros y de haber visto el Moscú-Shanghái, era demasiado mayor para ir a la escuela. Mi santuario de libros de texto y dibujos no casaba con la emoción y el atractivo del mundo que se abría ante mí.

Apoyé el cepillo del pelo en el aparador del vestíbulo y cogí el auricular del teléfono.

– ¡Anya! -La voz de Serguéi resonó al otro lado de la línea-. ¡Ahora ya eres empleada del club y te necesito aquí a las once en punto!

– ¿Y qué pasa con la escuela?

– ¿No crees que ya has tenido suficiente escuela? ¿O todavía quieres seguir yendo?

Me tapé la boca con la mano. Asesté una palmada al aparador, el cepillo salió volando por los aires e hizo un ruido estrepitoso al chocarse contra el suelo.

– ¡No! ¡Ya he tenido suficiente! -exclamé-. ¡Estaba pensando en eso ahora mismo! Siempre puedo seguir leyendo y estudiando por mi cuenta.

Serguéi soltó una carcajada y le susurró algo a una persona que estaba a su lado.

– Muy bien, prepárate y ven al club -me dijo-. Y ponte el vestido más bonito que tengas. A partir de ahora, siempre debes ir elegante.

Colgué de un golpe el auricular y corrí escaleras arriba, despojándome del uniforme de la escuela mientras subía. El cansancio que sentía hacía unos breves momentos se había desvanecido.

– ¡Mei Lin! ¡Mei Lin! -grité-. ¡Ayúdame a vestirme!

La niña se asomó al descansillo, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa.

– ¡Vamos! -La agarré por el brazo y la arrastré hasta mi habitación-. ¡A partir de ahora, eres la doncella de una empleada del Moscú-Shanghái!

El Moscú-Shanghái bullía de actividad. Un grupo de trabajadores chinos limpiaban las escaleras con fregonas y cubos de agua jabonosa. Una de las ventanas se había roto durante las peleas de la noche anterior y el encargado de mantenimiento estaba reparando el cristal. En la sala de baile, las doncellas barrían el suelo y limpiaban las mesas. Los ayudantes del chef salían y entraban a toda prisa a través de las puertas abatibles de la cocina, recogiendo las cajas de apio, cebolla y remolacha que el hombre del reparto les pasaba a través de la puerta lateral. Me aparté el pelo de la cara y me alisé el vestido. El conjunto que llevaba lo había elegido con Luba un día que fuimos de compras después de la escuela. Lo vimos en un catálogo de Amelia. Era un vestido suelto de color rosa con una capa de tul en la parte superior. Tenía escarapelas bordadas en el dobladillo y alrededor del pronunciado escote, pero también mucha tela en la zona del pecho, así que no parecía demasiado atrevido. Deseaba que Serguéi lo aprobara y no me avergonzara mandándome a casa a cambiarme. Le pregunté a uno de los pinches de cocina dónde podía encontrar a Serguéi, y éste me señaló un pasillo y una puerta en la que ponía «Oficina».

No obstante, fue la voz de Dimitri la que respondió a mi llamada.

– ¡Pase! -exclamó.

Estaba de pie, cerca de la chimenea de piedra, fumando un cigarrillo. Tenía la cara magullada e hinchada y el brazo en cabestrillo. Pero por lo menos, aquella mañana pude reconocerle y, a pesar de las heridas, me pareció tan apuesto como siempre. Contempló mi vestido y, por su sonrisa, me di cuenta de que también a él le complacía lo que estaba viendo.

– ¿Cómo te encuentras esta mañana? -me preguntó.

Presionó los postigos de mallorquina para abrirlos y dejar entrar más luz en la habitación. En el alféizar de la ventana descansaba una reproducción de la Venus de Milo. Junto a ella, el único objeto decorativo de la oficina era una vasija de porcelana azul y blanca, que adornaba la repisa de la chimenea. Todo lo demás tenía un aspecto sobriamente moderno. Una mesa de teca y unas sillas de cuero rojo dominaban la habitación, que estaba impecable: no había ni un solo papel o libro a la vista.

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