Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
El sudor inundaba su frente y las lágrimas resbalaban por el rabillo de sus ojos. El bebé que llevaba en su vientre golpeaba y daba patadas como si albergara algún tipo de rencor secreto hacia ella. Sintiéndose profundamente agraviada, escuchó llorar y despotricar a su bebé nonato y supo, con absoluta certeza, que se trataba de un varón, y que en ese preciso momento estaba mirándole a ella.
¿Quieres salir ya, mi niño? ¿Es eso lo que quieres? Se sentó con cuidado sobre el suelo arenoso y frotó su mano ligeramente sobre la piel tirante que se extendía sobre su vientre. Todavía no es la hora, mi niño, no tengas tanta prisa, imploró. Pero ese furioso feto golpeaba y pateaba como nunca, con los ojos abiertos de par en par llenos de odio, chillando y llorando… Nunca he visto llorar a un niño con los ojos abiertos… Mi niño, por favor, no tengas tanta prisa por salir… Luego arrancó un pedazo de corteza del árbol… Un reguero de líquido cálido resbaló por sus piernas… Mi niño, todavía no puedes salir…
El desgarrador lamento de Jinju asustó tanto a los orioles que había sobre su cabeza que chillaron ruidosamente y salieron volando con destino desconocido.
– Hermano Mayor Gao Ma… Hermano Mayor Gao Ma… Ven a salvarme… Deprisa. -Sus estridentes lamentos rompieron el silencio del bosque de sauces.
El bebé que habitaba en su vientre no se aplacó. Crueles y despiadados, sus ojos inyectados en sangre se abrieron de par en par, mientras gritaba: «¡Dejadme salir de aquí! ¡Os digo que me dejéis salir!».
Abrazándose contra el árbol y mordiéndose con fuerza los labios, fue capaz de ponerse de pie con mucho esfuerzo. Cada golpe y cada patada le doblaban de dolor y arrancaban un grito de tortura de su garganta. La imagen de esa pequeña cosita tan espantosa flotaba por delante de sus ojos: una nariz brillante, oscura y pronunciada, unos ojos enormes, dos hileras de dientes afilados.
– No me muerdas, mi niño… Suéltame… No me muerdas…
Haciendo un esfuerzo para agacharse, avanzó unos cuantos pasos arrastrando los pies hacia las ramas de sauce caídas, cuyas hojas estaban cubiertas de pulgones que se posaban sobre su rostro, cuello, cabello y hombros cuando se frotaba contra ellas. El líquido caliente le empapaba los zapatos y se mezclaba con la arena hasta formar un lodo granuloso que le hacía resbalar y deslizarse como si sus zapatos estuvieran llenos de cieno. Avanzó yendo de un sauce llorón a otro, obligando a todos ellos a compartir el tormento por el que estaba pasando. Las hordas de pulgones centelleaban como si fueran luciérnagas, hasta que las ramas y las hojas del sauce parecían estar cubiertas de aceite.
– Mi niño… No me mires de esa manera… No lo hagas… Sé que te estás ahogando de la opresión, que no comes bien, que no tienes nada bueno que beber, que quieres salir…
Jinju se tropezó y cayó, arrancando un grito de dolor al niño que estaba en su vientre, que golpeó salvajemente la pared del útero. El punzante dolor hizo que se pusiera de rodillas. Avanzó gateando por el suelo llena de agonía, con los dedos clavados en la tierra arenosa como si fueran unas garras de acero.
– Mi niño… Me has hecho un agujero de un mordisco… Me has hecho un agujero… Tengo que avanzar a gatas como un humilde perro…
Su vientre se frotaba contra el suelo arenoso mientras avanzaba a cuatro patas, haciendo que el sudor y las lágrimas marcaran su paso por el polvo. Lloró a lágrima viva, todo ello por causa de un bebé revoltoso, de corazón oscuro, que no le daba más que problemas y que la estaba rompiendo en pedazos. Se sentía aterrorizada por el malintencionado mocoso que se retorcía como si en su interior tuviera un gusano de seda, tratando de estirar los límites del espacio en el que estaba confinado. Pero las paredes eran elásticas como la goma, así que, en cuanto se estiraban en un punto, se recuperaban en el otro. Eso hacía que se pusiera tan furioso que se agitaba y daba patadas y mordía todo lo que encontraba. «¡Tú, perra! ¡Tú, maldita perra!», protestaba.
– Mi niño… Oh, mi niño… Perdóname… Soy tu madre… Me pondré de rodillas por ti…
Conmovido por sus plegarias, el bebé dejó de morder y de dar patadas a la pared del útero. El dolor remitió al instante y Jinju dejó caer su rostro sudoroso y empapado de lágrimas sobre la arena del suelo, llena de agradecimiento por la muestra de misericordia que le había dado su hijo.
El sol del atardecer pintó de oro las puntas de los sauces. Jinju levantó su rostro lleno de polvo y arena y contempló los mechones de humo blancos como la leche elevarse por encima de la aldea. Con cautela, se puso de pie, temerosa de volver a despertar la ira de su hijo.
Cuando llegó a la puerta de la casa de Gao Ma, el rojo sol había caído por debajo de las ramas de sauce. El chasquido de los látigos resonando por encima de las cabezas de los bueyes que avanzaban en los caminos de la aldea y los compases de la música empapados de agua salada tiñeron el cielo de la tarde de un rojo intenso.
Pienso en tu madre, que partió temprano
hacia los Manantiales Amarillos,
dejándote a ti y a tus hermanas solas y desdichadas:
un niño sin madre es como un caballo sin riendas.
A los catorce años vivías sola en un burdel:
desde el amanecer de los tiempos las rameras se han apoderado
de la risa reservada a los pobres…
En lugar de vender tu cuerpo, deberían haberte erigido
un arco conmemorativo
en tu honor para saldar esta deuda de sangre.
Se abrieron paso a empujones por el campo de yute. El sol elevado había calcinado la penetrante neblina, dejando despejados el cielo y la tierra. A lo largo de la pálida hilera del camino pudieron ver miles de hectáreas de guindillas plantadas por los granjeros del Condado Caballo Pálido: un manto de rojo intenso se extendía hasta donde la vista podía alcanzar.
En el momento en que salieron del campo, Jinju se sintió como si estuviera desnuda delante de una multitud. Abrumada por la vergüenza, rápidamente se retiró de nuevo al campo, seguida de Gao Ma.
– Sigue moviéndote -le apremió-. ¿Por qué te acobardas ahora?
– Hermano Mayor Gao Ma -dijo-, no podemos viajar a plena luz del día.
– Estamos en el Condado Caballo Pálido. Nadie nos conoce aquí -dijo Gao Ma con evidente ansiedad.
– Tengo miedo. ¿Qué pasa si nos encontramos con alguien conocido? -Eso no va a pasar -le aseguró-. Y aunque eso sucediera, no tenemos nada de lo que avergonzarnos.
– ¿Cómo puedes decir eso? Mira lo que me has hecho… -dijo sentándose y empezando a llorar.
– Muy bien, mi pequeña abuelita -dijo exasperado-. Vosotras las mujeres tenéis miedo de que os ataquen los lobos de frente y los tigres por la espalda, cambiando de opinión a cada minuto.
– No puedo caminar más. Me duelen las piernas.
– Ahora no quiero burdas excusas.
– Y tengo sueño.
Rascándose primero la cabeza, y luego sacudiéndola, Gao Ma dijo:
– No podemos vivir el resto de nuestra vida en este campo de yute.
– No me importa, no pienso moverme mientras no se ponga el sol.
– Entonces, esperaremos hasta la noche -dijo ayudándola a ponerse de pie. Pero vayamos un poco más adentro. Este sitio es demasiado peligroso.
– Yo…
– Sé que no puedes caminar más -dijo arrodillándose delante de ella-. Te llevaré a cuestas.
Después de entregarle su fardo, se levantó y pasó sus brazos alrededor de la parte posterior de las rodillas de Jinju. Ella se encaramó sin esfuerzo sobre su espalda.