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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Sumando los dos perros tenemos cincuenta ladridos, a un yuan cada uno, hacen un total de cincuenta yuan, señor, señora.

El joven de cabello ondulado y la mujer de rojo intercambiaron miradas, con aspecto de estar bastante avergonzados. El hombre sacó su billetera y contó su contenido, luego se dirigió a su compañera y dijo:

– ¿Tienes dinero, Yingzi?

– No me queda más que unas cuantas monedas -contestó ella.

– Hermano Mayor -dijo el hombre de cabellos rizados-, hemos hecho un viaje muy largo y ésta es nuestra última parada. Sólo nos quedan cuarenta y tres yuan. Si nos das una dirección, en cuanto lleguemos a casa te enviaremos los siete yuan que te debemos.

El joven mendigo cogió el dinero, se humedeció el dedo y contó meticulosamente los billetes dos veces. Retirando uno de un yuan al que le faltaba una esquina, dijo:

– No puedo aceptar éste, señor. Puede quedárselo y aceptaré los cuarenta y dos. Ahora me debe ocho.

– Escríbenos tu dirección -dijo el joven.

– No sé escribir -respondió el mendigo-. No tiene más que enviarlos al Presidente de los Estados Unidos y pedirle que me los remita. ¡Es mi tío!

Dicho eso, el mendigo hizo una generosa reverencia a la atractiva pareja y se rió hasta agitar todo el cuerpo. Después, se dio la vuelta y se presentó ante Jinju y Gao Ma. Haciendo una reverencia, dijo:

– Hermano Mayor, Hermana Mayor, ¿podríais darme una de esas peras de aspecto tan delicioso? Tengo la garganta seca de tanto ladrido.

Jinju sacó una grande y la depositó en la mano del mendigo, que agradeció el regalo con una gran reverencia antes de engullir la pera dando un enorme bocado tras otro, al tiempo que emitía un sonido nasal. A continuación, como si no hubiera otra alma a la vista, se dio la vuelta y se alejó, manteniendo la cabeza alta.

El sistema de megafonía lanzó otro mensaje, enviando más pasajeros a las puertas para que les picaran los billetes. La mujer de rojo y el joven de la cabellera rizada se levantaron y se dirigieron hacia la puerta, arrastrando tras de sí una maleta con ruedas.

– ¿Qué pasa con nosotros? -preguntó Jinju a Gao Ma.

Éste miró el reloj.

– Cuarenta y cinco minutos más -dijo-. Me estoy impacientando un poco.

En ese momento ya no quedaban pasajeros durmiendo en los bancos, aunque la gente seguía entrando y saliendo de la sala de espera, incluyendo un viejo mendigo que temblaba de pies a cabeza, y una mujer que cargaba con un bebé y también pedía limosna. Un hombre de mediana edad vestido con capuchón y una casaca de uniforme, que sujetaba una botella de cerveza vacía en la mano, se colocó delante del tablón de anuncios y comenzó a soltar una perorata, mientras agitaba la botella en el aire. Tenía las mangas manchadas y grasicntas y le faltaba un trozo de piel en la nariz, de manera que se mostraba la pálida carne que había debajo de ella. En el bolsillo de la chaqueta llevaba sujetas dos estilográficas. Jinju pensó que sería una especie de oficial del partido. Dio un trago a la cerveza, agitó la botella una o dos veces para ver cómo ascendía la espuma y comenzó a hablar. Tenía la lengua hinchada y su labio inferior parecía no moverse en absoluto.

– Los nueve artículos, rebatiendo la Carta Abierta del Revisionista Comité Central Soviético del Partido Comunista… Dijo Kruschev: «Stalin, eres mi segundo padre». En chino sería: «Stalin, eres mi verdadero padre». En el dialecto del Paraíso sería: «Stalin, eres mi mejor amigo».

Tomó otro trago de cerveza y, a continuación, se arrodilló como Kruschev en actitud suplicante hacia Stalin.

– Pero -prosiguió-, los herederos de las personas pérfidas son tan depravados como sus predecesores. Cuando Kruschev subió al poder, ordenó quemar a Stalin. Camaradas, los acontecimientos históricos demandan nuestra atención…

Otro trago de cerveza.

– Camaradas líderes a todos los niveles, debéis prestar toda vuestra atención. No debéis, repito, no debéis ser negligentes.

La espuma de la cerveza salió de su boca y se la limpió con la manga.

– Los nueve artículos, rebatiendo la Carta Abierta del Comité Central Soviético…

Hipnotizada por la presencia de ese hombre, Jinju le escuchó despotricar contra cosas de las que nunca había oído hablar. El temblor de su voz y la forma en la que retorcía la lengua cuando pronunciaba el nombre de Stalin era lo que más le atraía de él.

Gao Ma le apretó el brazo y diio:

– Tenemos problemas, Jinju. Aquí viene el adjunto Yang.

Ella se giró para mirar y se sintió como si su cuerpo se hubiera convertido en hielo. El adjunto Yang, su cojo Hermano Mayor y el matón de su Segundo Hermano aparecieron en la entrada de la sala de espera.

Agarrando la mano de Gao Ma con miedo, se puso de pie.

El oficial de mediana edad dio un trago a la cerveza, agitó el brazo en el aire y gritó: «Stalin…».

El jeep ranchera saltaba y traqueteaba junto al borde del campo de yute, hasta que el adjunto Yang dio un toque en el hombro del conductor y dijo:

– Párate aquí, amigo.

El conductor pisó los frenos; el jeep lanzó un chirrido al detenerse. El adjunto Yang bajó y dijo:

– ¿Quieres estirar la piernas, Número Uno?

Abrió la puerta y Hermano Mayor bajó de un salto, tropezándose brevemente. Luego se puso de pie y se estiró.

Segundo Hermano dio un codazo a Jinju.

– Baja -le dijo. Gao Ma estaba sentado en el otro lado.

– ¡Que bajes! -gritó Hermano Mayor.

Gao Ma bajó rodando; Segundo Hermano dio un codazo a Jinju para que saliera del jeep.

El sol caía directamente sobre la cosecha de guindillas que se extendía a un lado de la carretera del Condado Caballo Pálido, formando un mar virtual de rojo sangre. En el lado que pertenecía al Condado Paraíso, los campos de yute, amplios y profundos, parecían extenderse hasta el infinito; los pájaros revoloteaban ruidosamente por encima de las puntas de las plantas haciendo que Jinju se sintiera extrañamente en paz, como si ya hubiera vislumbrado vagamente los acontecimientos que iban a suceder ese día. Ahora, todo estaba en su sitio.

Tenía las manos sujetas a la espalda con unas cuerdas de cáñamo; sus hermanos las habían aflojado un poco, atándolas en las muñecas. Con Gao Ma la cosa era distinta, ya que había sido atado a cuatro patas de tal modo que las cuerdas se clavaban dolorosamente en los hombros y le obligaban a colocar el cuello en una postura poco natural. A Jinju le partía el corazón verle de aquella manera.

El adjunto Yang se adentró un par de pasos en el campo de yute y se alivió con una impudicia despreocupada. Cuando hubo acabado, giró la cabeza y dijo:

– Número Uno, Número Dos, vosotros los Fang sois un montón de basura despreciable.

Hermano Mayor miró boquiabierto al adjunto Yang sin saber qué responder.

– Cualquiera que permita que su hermana pequeña le engañe para escaparse con un hombre es que es un cabrón estúpido. Si hubiera sido yo… ¡uff!

Luego lanzó una mirada amenazadora a Gao Ma.

Sin esperar a que el adjunto Yang dijera una sola palabra más, Número Dos atacó a Gao Ma y lanzó su puño directamente contra su nariz.

Sin un grito de protesta, Gao Ma dio tres o cuatro pasos tambaleantes hacia atrás, tratando de mantener el equilibrio. Sus hombros daban bandazos como si estuviera tratando de tocar su rostro: con- mocionado por el puñetazo, parecía que hubiera olvidado que tenía los brazos atados.

– Número Dos, no le golpees a él… Golpéame a mí -suplicó Jinju mientras protegía el cuerpo de Gao Ma con el suyo.

De una patada, su hermano la envió volando al campo de yute. A Jinju se le engancharon algunas plantas cuando cayó de cabeza al suelo. La cuerda que había alrededor de sus muñecas se aflojó mientras enrollaba su cuerpo y le permitió envolver rápidamente los brazos alrededor de las rodillas; el agudo dolor que sintió en la pierna reveló que se había roto un hueso.

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