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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Después de cerrar la trampilla sin hacer ruido, metí el camisón bajo el tanque de agua y me las apañé para retreparme y quedarme sentada a horcajadas sobre el tejado. No voy a decir que no estaba asustada; las voces de la gente abajo, en la calle, parecían muy lejanas. Pero no podía perder el tiempo asustándome, pues sentía que en cualquier momento iba a aparecer por la trampilla en mi busca una de las criadas o la Tía o Mamita. Con los zapatos en la mano para que no se me cayeran, empecé a avanzar lo más rápidamente que podía por el caballete del tejado, lo que resultó ser mucho más difícil de lo que me había imaginado. Las tejas eran tan gruesas que donde se superponían formaban casi un pequeño escalón, y al apoyarme en ellas para avanzar se chocaban una con otra. Todos los ruidos que hacía, resonaban en los tejados contiguos.

Me llevó varios minutos cruzar al otro lado de la okiya. El tejado del edificio pegado al nuestro era un poco más bajo. Salté y me paré un segundo buscando una forma de llegar a la calle; pero a pesar de la luna, la oscuridad era total. El tejado era demasiado alto y empinado para considerar siquiera la idea de arriesgarme a bajar deslizándome. No tenía ninguna seguridad de que el siguiente tejado fuera a ser mejor; y empecé a sentir cierto pánico. Pero seguí, de caballete en caballete, hasta que me encontré al final del bloque, sobre un patio abierto. Si lograba llegar hasta el canalón, podría rodearlo, deslizándome hasta caer en el techo de un cobertizo que me imaginé que sería un retrete. Desde allí, podía bajar fácilmente al patio.

No me entusiasmaba la idea de ir a caer en el medio de la casa de alguien. Estaba segura de que era una okiya; todas las casas del bloque lo eran. Lo más seguro es que alguien estuviera aguardando a que regresara la geisha, y me agarraría por los brazos si intentaba escapar. ¿Y qué pasaría si aquí también cerraban el portón, como en la nuestra? De haber tenido elección, jamás se me habría ocurrido tomar en consideración este camino. Pero me pareció que era la forma más segura de bajar de todas las que había visto.

Me senté en el caballete del tejado durante un buen rato con el oído alerta a cualquier ruido que viniera del patio. Pero lo único que se oían eran las risas y las conversaciones de la calle. No tenía ni idea de qué me iba a encontrar en el patio al bajar, pero decidí moverme antes de que alguien se percatara de mi ausencia. Si me hubiera podido imaginar el perjuicio que estaba a punto de causar a mi futuro, me hubiera dado la vuelta lo más rápido posible y me hubiera vuelto por donde había venido. Pero no sabía lo que me estaba jugando. Sólo era una niña que creía que se estaba embarcando en una gran aventura.

Levanté la pierna y la pasé al otro lado, de modo que un momento después estaba colgando de una vertiente del tejado, apenas sujeta al caballete. Observé con pánico que era mucho más inclinado de lo que creía. Intenté retroceder, pero no pude. Con las sandalias en la mano no podía agarrarme bien al caballete, sólo abrazarlo con las muñecas. Sabía que no tenía vuelta de hoja, pues nunca lograría volver a retreparme; pero tenía la fuerte sensación de que si me soltaba, me escurriría por el tejado y caería sin posibilidad de control alguna. Mis pensamientos se agolpaban, pero antes de decidir si me soltaba o no, el tejado me soltó a mí. Al principio me deslicé más despacio de lo que me había imaginado, lo que me dio cierta esperanza de que un poco más abajo, donde el tejado se curvaba hacia fuera para formar los aleros, conseguiría detenerme. Pero entonces levanté con el pie una teja, que resbaló con gran estrépito y se hizo añicos en el patio. Lo siguiente que supe fue que solté una de las sandalias, que también cayó. Oí un golpe amortiguado cuando llegó al suelo y luego un sonido mucho peor: unos pasos que se acercaban por la pasarela de madera hacia el patio.

Muchas veces había observado a las moscas posadas en la pared o en el techo, como si estuvieran en una superficie horizontal. No tenía idea de si podían hacerlo porque tenían una sustancia pegajosa en las patas o porque pesaban poco, pero no iba a tardar en descubrirlo, pues cuando oí que se acercaba alguien, decidí que iba a encontrar la manera de pegarme a aquel tejado como lo haría una mosca. De lo contrario, en unos segundos terminaría yo también espatarrada en el suelo del patio. Intenté meter los dedos de los pies entre las tejas, y luego los codos y las rodillas. Como último acto de desesperación hice la mayor de las locuras: dejé a un lado la sandalia que me quedaba e intenté detenerme apoyándome en las palmas de las manos. Debía de tener las manos empapadas de sudor, porque en cuanto las puse en el tejado, en lugar de detener mi caída, empecé a tomar velocidad. Oí el silbido de mi cuerpo deslizándose, y luego, de pronto, el tejado había desaparecido.

Durante un momento no oí nada; sólo un espantoso silencio vacío. Mientras caía por el aire tuve tiempo de imaginarme una escena con bastante claridad: me imaginé que una mujer llegaba al patio y bajaba la vista para observar la teja hecha añicos en el suelo, y luego la alzaba hacia el tejado, a tiempo para verme caer del cielo justo encima suyo; pero, claro, eso no fue lo que sucedió. Giré en el aire y caí de lado. Tuve el sentido de protegerme la cabeza con el brazo, pero aun así el golpe me dejó medio aturdida. No sé exactamente dónde estaba la mujer, ni siquiera si estaba en el patio en el momento de mi caída. Pero debió de verme caer del tejado, porque en medio de mi aturdimiento, desde el suelo, la oí decir:

– i Santo cielo! ¡Llueven niñas!

Lo que me habría gustado era ponerme en pie de un brinco y salir corriendo, pero no podía hacerlo. Todo un lado de mi cuerpo estaba sumergido en el dolor. Poco a poco me fui dando cuenta de que había dos mujeres arrodilladas a mi lado. Una de ellas no paraba de decirme algo, pero no pude distinguir qué. Hablaron entre ellas y luego me levantaron del suelo y me depositaron en la pasarela de madera. Sólo recuerdo un fragmento de su conversación.

– Le digo que ha caído del tejado, señora.

– Pero ¿por qué llevaba en la mano unas zapatillas de baño? ¿Te subiste ahí arriba para ir al baño, niña? ¿Me oyes? ¡Has hecho algo muy peligroso! ¡Podrías haberte hecho trizas al caer!

– No la oye, señora. Mírele los ojos.

– Claro que me oye. ¡Di algo, niña!

Pero yo no podía decir nada. Sólo podía pensar en que Satsu me estaría esperando frente al Teatro Minamiza, y yo no iba a aparecer.

Dejándome hecha un ovillo en el suelo, conmocionada, la criada se fue llamar a todas las puertas de la calle hasta que averiguó de dónde había salido yo. Estaba llorando sin lágrimas, agarrándome la mano, que me dolía horrorosamente, cuando de pronto me pusieron de pie y me cruzaron la cara de una bofetada.

– ¡Niña insensata! -oí decir a alguien-. La Tía estaba de pie frente a mí, encolerizada. Entonces me sacó a rastras de aquella okiya y me condujo calle arriba. Cuando llegamos a nuestra okiya, me arrimó al portón de madera y volvió a cruzarme la cara.

– ¿Sabes lo que has hecho? -me dijo, pero yo no podía contestarle-. ¿En qué estarías pensando? Te has buscado la ruina… ¡Niña estúpida!

Nunca me había imaginado que la Tía pudiera enfadarse tanto. Me arrastró al patio y me echó boca abajo en la pasarela. Entonces empecé a llorar de verdad, pues sabía lo que me esperaba. Pero esta vez, en lugar de pegarme sin ganas, como lo había hecho en otras ocasiones, la Tía me echó primero un cubo de agua para empaparme el vestido y que la vara me lastimara más, y luego golpeó con tal fuerza que me dejó sin respiración. Cuando acabó de pegarme, tiró la vara al suelo y me puso boca arriba.

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