Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
– Escribirnos -dijo Lucy, devolviendo la carta a su bolsillo- es nuestro único consuelo durante estas prolongadas separaciones. Sí, yo tengo otro consuelo en su retrato; pero el pobre Edward ni siquiera tiene eso. Si al menos tuviera mi retrato, dice que le sería más fácil. La última vez que estuvo en Longstaple le di un mechón de mis cabellos engarzado en un anillo, y eso le ha servido de algún consuelo, dice, pero no es lo mismo que un retrato. ¿Quizá le notó ese anillo cuando lo vio?
– Sí lo noté -dijo Elinor, con una voz serena tras la cual se ocultaba una emoción y una congoja mayores de cuanto hubiera sentido antes. Se sentía mortificada, turbada, confundida.
Por fortuna para ella habían llegado ya a su tea, y la conversación no pudo continuar. Tras Permanecer con ellas unos minutos, las señoritas Steele volvieron a la finca y Elinor quedó en libertad para pensar y sentirse desdichada.
CAPITULO XXIII
Por pequeña que fuese la confianza de Elinor en la veracidad de Lucy, le era imposible, pensándolo con seriedad, sospechar de ella en las circunstancias actuales, donde difícilmente algo podía inducir a inventar mentiras como las anteriores. Frente a lo que Lucy afirmaba ser verdad, por tanto, Elinor no podría, no osaría seguir dudando, respaldado como estaba de manera tan absoluta por tantas probabilidades y pruebas, e impugnado tan sólo por sus propios deseos. El haber tenido la oportunidad de conocerse en casa del señor Pratt era la base para todo lo demás, una base a la vez indiscutible y alarmante; y la visita de Edward a algún lugar cercano a Plymouth, su melancolía, su insatisfacción con las perspectivas que se le presentaban, el conocimiento íntimo que mostraban las señoritas Steele respecto de Norland y de sus relaciones familiares, que a menudo la habían sorprendido; el retrato, la carta, el anillo, sumados constituían un conjunto de pruebas tan sólido que anulaba todo temor a condenar a Edward injustamente y ratificaba como un hecho que ninguna parcialidad por él podía pasar por alto, su desconsideración hacia ella. Su resentimiento ante tal proceder, su indignación por haber sido víctima de él, durante un breve lapso la hicieron centrarse sólo en sus propios sentimientos; pero pronto se abrieron paso otros pensamientos, otras consideraciones. ¿La había estado engañando Edward intencionalmente? ¿Había fingido un afecto por ella que no sentía? ¿Era su compromiso con Lucy un compromiso de corazón? No; sin importar lo que alguna vez pudo haber sido, no podía creer tal cosa en la actualidad. El afecto de Edward le pertenecía a ella. No podía engañarse en eso. Su madre, sus hermanas, Fanny, todos se habían dado cuenta del interés que él había mostrado por ella en Norland; no era una ilusión de su propia vanidad. Con certeza, él la amaba. ¡Cómo apaciguó su corazón este convencimiento! ¡Cuántas cosas más la tentaba a perdonar! El había sido culpable, enormemente culpable de permanecer en Norland tras haber sentido por primera vez que la influencia que ella tenía sobre él era mayor que la debida. En eso, no se lo podía defender; pero si él la había herido, ¡cuánto más se había herido a sí mismo! Si el caso de ella era digno de compasión, el de él era sin esperanza. Si durante un tiempo la imprudencia de él la había hecho desdichada, a él parecía haberlo privado de toda posibilidad de ser de otra forma. A la larga, ella podría reconquistar la tranquilidad; pero él, ¿en qué podía colocar sus esperanzas? ¿Podría alguna vez alcanzar una pasable felicidad con Lucy Steele? Si el afecto por ella fuera imposible, ¿podría él, con su integridad, su delicadeza e inteligencia cultivada, sentirse satisfecho con una esposa como ésa: inculta, artera y egoísta?
El encandilamiento propio de un joven de diecinueve años bien pudo cegarlo a todo lo que no fuera la belleza y buen carácter de Lucy; pero los cuatro años siguientes -años que, si se los vive racionalmente, enriquecen tanto el entendimiento debían haberle abierto los ojos a las carencias de su educación; y el mismo período de tiempo, que ella vivió en compañía de personas de inferior condición y entregada a intereses más frívolos, quizá la había despojado de esa sencillez que alguna vez pudo haberle dado un sesgo interesante a su belleza.
Si cuando se suponía que era con Elinor que él quería casarse los obstáculos puestos por su madre habían parecido grandes, ¡cuánto mayores no debían ser ahora, cuando la persona con quien estaba comprometido era indudablemente inferior a ella en conexiones y, con toda probabilidad, inferior en fortuna! En verdad, estando el corazón de Edward tan desapegado de Lucy, quizá las exigencias sobre su paciencia no fueran demasiado grandes; ¡pero la melancolía no puede ser sino el estado natural de una persona que se siente aliviada ante las expectativas de oposición y la dureza de parte de la familia!
A medida que se sucedían dolorosamente en ella estos pensamientos, lloraba por él más que por sí misma. Apoyada en la convicción de no haber hecho nada que la hiciera merecedora de su actual desdicha, y consolada por la creencia de que Edward no había hecho nada que le enajenara su afecto, Elinor pensó que incluso ahora, en medio del punzante dolor tras el duro golpe recibido, podía dominarse lo suficiente para esconder de su madre y hermanas toda sospecha de la verdad. Y tan bien cumplió sus propias expectativas, que cuando se les unió en el momento de la cena tan sólo dos horas después de haber asistido a la muerte de sus más caras esperanzas, nadie podría haber sospechado, por la apariencia de las hermanas, que Elinor vivía un secreto duelo frente a las barreras que para siempre la separarían del objeto de su amor, y que Marianne se solazaba en su interior en las perfecciones de un hombre de cuyo corazón se sentía enteramente prisionera, y a quien esperaba ver en cada carruaje que se acercaba a su casa.
La necesidad de ocultar de su madre y de Marianne lo que le había sido confiado como un secreto, aunque la obligaba a un incesante esfuerzo, no agravaba el dolor de Elinor. Al contrario, era un alivio para ella ahorrarse el tener que comunicar algo que las habría afligido tanto, y liberarse al mismo tiempo de escuchar cómo su excesiva y afectuosa parcialidad por ella probablemente se habría desatado en condenas a Edward, algo que era más de lo que se sentía capaz de soportar.
Elinor sabía que no podría recibir ayuda alguna de los consejos o de la conversación de su familia; la ternura y pena que manifestarían sólo iban a aumentar el dolor que sentía, en tanto que el dominio sobre sí misma no recibiría estímulo ni de su ejemplo ni de sus elogios. La soledad la hacía más fuerte y su propio buen juicio le ofreció un tan buen apoyo, que su firmeza se mantuvo sin flaquear y su apariencia de alegría todo lo invariable que podía estar en medio de padecimientos tan punzantes y recientes.
A pesar de lo mucho que había sufrido en su primera conversación con Lucy sobre el tema, pronto sintió un vivo deseo de reanudarla, y esto por más de una razón. Deseaba escuchar otra vez muchos detalles de su compromiso; deseaba entender con mayor claridad lo que Lucy realmente sentía por Edward, si era en verdad sincera en sus declaraciones de tierno afecto por él; y muy en especial quería convencer a Lucy, por su presteza en incursionar en el asunto de nuevo y su tranquilidad al conversar sobre él, que no le interesaba más que como amiga, algo que temía haber dejado al menos en duda con su involuntaria agitación durante su conversación matinal. Que Lucy se inclinara a sentirse celosa de ella parecía bastante probable; era evidente que Edward siempre la había alabado mucho, y evidente no sólo por lo que Lucy decía, sino por su atreverse a confiarle, tras tan poco tiempo de conocerse en persona, un secreto tan reconocida y obviamente importante. E incluso los comentarios jocosos de sir John podían haber pesado en ello. Pero, en verdad, mientras Elinor siguiera sintiéndose tan segura en su interior de que Edward realmente la amaba, no se requería de más cálculos de probabilidades para considerar natural que Lucy se sintiera celosa; y de sus celos, su misma confidencia era prueba suficiente. ¿Qué otra razón podía haber para revelar su historia, sino que Elinor supiera de los mayores derechos que Lucy tenía sobre Edward y aprendiera a evitarlo en el futuro? No le costaba mucho comprender hasta este punto las intenciones de su rival, y en tanto estaba firmemente decidida a actuar según lo exigían todos los principios de honor y honestidad para luchar contra su propio afecto por Edward y verlo lo menos posible, no podía negarse el consuelo de intentar convencer a Lucy de que su corazón estaba indemne. Y como nada podían agregar sobre el tema más doloroso que lo ya escuchado, no dudó de su propia capacidad para soportar tranquilamente una repetición de los pormenores..