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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– Y sir John también -exclamó la hermana mayor-. ¡Qué hombre tan encantador!

También en este caso, como la buena opinión que de él tenía la señorita Dashwood no era más que sencilla y justa, se hizo presente sin grandes exageraciones. Tan sólo observó que era de muy buen talante y amistoso.

– ¡Y qué encantadora familia tienen! En toda mi vida había visto tan magníficos niños. Créanme que ya los adoro, y eso que en verdad me gustan los niños con locura.

– Me lo habría imaginado -dijo Elinor con una sonr isa -, por lo que he visto esta mañana.

– Tengo la idea -dijo Lucy- de que usted cree a los pequeños Middleton demasiado consentidos; quizá estén al borde de serlo, pero es tan natural en lady Middleton; y por mi parte, me encanta ver niños llenos de vida y energía; no los soporto si son dóciles y tranquilos.

– Confieso -replicó Elinor-, que cuando estoy en Barton Park nunca pienso con horror en niños dóciles y tranquilos.

A estas palabras siguió una breve pausa, rota primero por la señorita Steele, que parecía muy inclinada a la conversación y que ahora dijo, de manera algo repentina:

– Y, ¿le gusta Devonshire, señorita Dashwood? Supongo que lamentó mucho dejar Sussex.

Algo sorprendida ante la familiaridad de esta pregunta, o al menos ante la forma en que fue hecha, Elinor respondió que sí le había costado.

– Norland es un sitio increíblemente hermoso, ¿verdad? -agregó la señorita Steele.

– Hemos sabido que sir John tiene una enorme admiración por él -dijo Lucy, que parecía creer que se necesitaba alguna excusa por la libertad con que había hablado su hermana.

– Creo que todos lo que han estado allí tienen que admirarlo -respondió Elinor-, aunque es de suponer que nadie aprecia sus bellezas tanto como nosotras.

– ¿Y tenían allá muchos admiradores distinguidos? Me imagino que en esta parte del mundo no tienen tantos; en cuanto a mí, pienso que siempre son un gran aporte.

– Pero, ¿por qué -dijo Lucy, con aire de sentirse avergonzada de su hermana- piensas que en Devonshire no hay tantos jóvenes guapos como en Sussex?

– No, querida, por supuesto no es mi intención decir que no los hay. Estoy segura de que hay una gran cantidad de galanes muy distinguidos en Exeter; pero, ¿cómo crees que podría saber si hay jóvenes agradables en Norland? Y yo sólo temía que las señoritas Dashwood encontraran aburrido Barton si no encuentran acá tantos como los que acostumbraban tener. Pero quizá a ustedes, jovencitas, no les importen los pretendientes, y estén tan a gusto sin ellos como con ellos. Por mi parte, pienso que son enormemente agradables, siempre que se vistan de manera elegante y se comporten con urbanidad. Pero no soporto verlos cuando son sucios o antipáticos. Vean, por ejemplo, al señor Rose, de Exeter, un joven mara villosamente elegante, bastante apuesto, que trabaja para el señor Simpson, como ustedes saben; y, sin embargo, si uno lo encuentra en la mañana, no se lo puede ni mirar. Me imagino, señorita Dashwood, que su hermano era un gran galán antes de casarse, considerando que era tan rico, ¿no es verdad?

– Le prometo -replicó Elinor- que no sabría decírselo, porque no entiendo bien el significado de la palabra. Pero esto sí puedo decirle: que si alguna vez él fue un galán antes de casarse, lo es todavía, porque no ha habido el menor cambio en él.

– ¡Ay, querida! Una nunca piensa en los hombres casados como galanes… Tienen otras cosas que hacer.

– ¡Por Dios, Anne! -exclamó su hermana-. Sólo hablas de galanes. Harás que la señorita Dashwood crea que no piensas sino en eso.

Luego, para cambiar de tema, comenzó a manifestar su admiración por la casa y el mobiliario.

Esta muestra de lo que eran las señoritas Steele fue suficiente. Las vulgares libertades que se tomaba la mayor y sus insensateces la dejaban sin nada a favor, y como a Elinor ni la belleza ni la sagaz apariencia de la menor le habían hecho perder de vista su falta de real elegancia y naturalidad, se marchó de la casa sin ningún deseo de conocerlas más.

No ocurrió lo mismo con las señoritas Steele. Venían de Exeter, bien provistas de admiración por sir John, su familia y todos sus parientes, y ninguna parte de ella le negaron mezquinamente a las hermosas primas del dueño de casa, de quienes afirmaron ser las muchachas más hermosas, elegantes, completas y perfectas que habían visto, y a las cuales estaban particularmente ansiosas de conocer mejor. Y en consecuencia, pronto Elinor descubrió que conocerlas mejor era su inevitable destino; como sir John estaba por completo de parte de las señoritas Steele, su lado iba a ser demasiado fuerte para presentarle alguna oposición e iban a tener que someterse a ese tipo de intimidad que consiste en sentarse todos juntos en la misma habitación durante una o dos horas casi a diario. No era más lo que podía hacer sir John, pero no sabía que se necesitara algo más; en su opinión, estar juntos era gozar de intimidad, y mientras sus continuos planes para que todos se reunieran fueran eficaces, no le cabía duda alguna de que fueran verdaderos amigos.

Para hacerle justicia, hizo todo lo que estaba en su poder para impulsar una relación sin reservas entre ellas, y con tal fin dio a conocer a las señoritas Steele todo lo que sabía o suponía respecto de la situación de sus primas en los aspectos más delicados; y así Elinor no las había visto más de un par de veces antes de que la mayor de ellas la felicitara por la suerte de su hermana al haber conquistado a un galán muy distinguido tras su llegada a Barton.

– Seguro será una gran cosa haberla casado tan joven -dijo-, y me han dicho que es un gran galán, y mara villosamente apuesto. Y espero que también usted tenga pronto la misma buena suerte… aunque quizá ya tiene a alguien listo por ahí.

Elinor no podía suponer que sir John fuera más comedido en proclamar sus sospechas acerca de su afecto por Edward, de lo que había sido respecto de Marianne; de hecho, entre las dos situaciones, la suya era la que prefería para sus chanzas, por su mayor novedad y porque daba mayor pábulo a conjeturas: desde la visita de Edward, nunca habían cenado juntos sin que él brindara a la salud de las personas queridas de ella, con una voz tan cargada de significados, tantas cabezadas y guiños, que no podía menos de alertar a todo el mundo. Invariablemente se sacaba a colación la letra F, y con ella se habían nutrido tan incontables bromas, que hacía ya tiempo se le había impuesto a Elinor su calidad de ser la letra más ingeniosa del alfabeto.

Las señoritas Steele, tal como había imaginado que ocurriría, eran las destinatarias de todas estas bromas, y en la mayor despertaron una gran curiosidad por saber el nombre del caballero al que aludían, curiosidad que, aunque a menudo expresada con impertinencia, era perfectamente consistente con sus constantes indagaciones en los asuntos de la familia Dashwood. Pero sir John no jugó demasiado tiempo con el interés que había gozado en despertar, porque decir el nombre le era tan placentero como escucharlo era para la señorita Steele.

– Su nombre es Ferrars -dijo, en un murmullo muy audible-, pero le ruego no decirlo, porque es un gran secreto.

– ¡Ferrars! -repitió la señorita Steele-. El señor Ferrars es el tan dichoso personaje, ¿verdad? ¡Vaya! ¿El hermano de su cuñada, señorita Dashwood? Un joven muy agradable, con toda seguridad. Lo conozco muy bien.

– ¿Cómo puedes decir tal cosa, Anne? -exclamó Lucy, que generalmente corregía todas las declaraciones de su hermana-. Aunque lo hemos visto una o dos veces en la casa de mi tío, es excesivo pretender conocerlo bien.

Elinor escuchó con atención y sorpresa todo lo anterior. “¿Y quién era este tío? ¿Dónde vivía? ¿Cómo fue que se conocieron?” Tenía grandes deseos de que continuaran con el tema, aunque prefirió no unirse a la conversación; pero nada más se dijo al respecto y, por primera vez en su vida, pensó que a la señora Jennings le faltaba o curiosidad tras tan mezquina información, o deseo de manifestar su interés. La forma en que la señorita Steele había hablado de Edward aumentó su curiosidad, porque sintió que lo hacía con algo de malicia y plantaba la sospecha de que ella sabía, o se imaginaba saber, algo en desmerecimiento del joven. Pero su curiosidad fue en vano, porque la señorita Steele no prestó más atención al nombre del señor Ferrars cuando sir John aludía a él o lo mencionaba abiertamente.

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