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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Como ya era imposible evitar su venida, lady Middleton se resignó a la idea de la visita con toda la filosofía de una mujer bien criada, que se contenta simplemente con una amable reprimenda al esposo cinco o seis veces al día sobre el mismo tema.

Llegaron las jovencitas, y su apariencia no resultó ser en absoluto poco distinguida o sin estilo. Su vestimenta era muy elegante, sus modales eran corteses, se mostraron encantadas con la casa y extasiadas ante el mobiliario, y como ocurrió que los niños les gustaban hasta el embeleso, antes de una hora de su llegada a la finca ya contaban con la aprobación de lady Middleton. Afirmó que realmente eran unas muchachas muy agradables, lo que para su señoría implicaba una entusiasta admiración. Ante tan vivos elogios creció la confianza de sir John en su propio juicio, y partió de inmediato a informar a las señoritas Dashwood sobre la llegada de las señoritas Steele y asegurarles que eran las muchachas más dulces del mundo. De recomendaciones de esta clase, sin embargo, no era mucho lo que se podía deducir; Elinor sabía que en todas partes de Inglaterra se podía encontrar a las chicas más dulces del mundo, bajo todos los distintos aspectos, rostros, temperamentos e inteligencias posibles. Sir John quería que toda la familia se dirigiera de inmediato a la finca y echara una mirada a sus invitadas. ¡Qué hombre benévolo y filantrópico! Hasta una prima tercera le costaba guardarla sólo para él.

– Vengan ahora -les decía-, se lo ruego; deben venir… no aceptaré una negativa: ustedes sí vendrán. No se imaginan cuánto les gustarán. Lucy es terriblemente bonita, ¡y tan alegre y de buen carácter! Los niños ya están apegados a ella como si fuera una antigua conocida. Y las dos se mueren de deseos de verlas a ustedes, porque en Exeter escucharon que eran las criaturas más bellas del mundo; les he dicho que era absolutamente cierto, y mucho más. Estoy seguro de que a ustedes les encantarán ellas. Han traído el coche lleno de juguetes para los niños. ¡Cómo pueden ser tan esquivas y pensar en no venir! Si de alguna manera son primas suyas, ¿verdad? Porque ustedes son primas mías y ellas lo son de mi esposa, así es que tienen que estar emparentadas.

Pero sir John no logró su objetivo. Tan sólo pudo arrancarles la promesa de ir a la finca dentro de uno o dos días, y luego partió asombradísimo ante su indiferencia, para dirigirse a su casa y alardear nuevamente de las cualidades de las Dashwood ante las señoritas Steele, tal como había alardeado de las señoritas Steele ante las Dashwood.

Cuando cumplieron con la prometida visita a la finca y les fueron presentadas las jovencitas, no encontraron en la apariencia de la mayor, que casi rozaba los treinta y tenía un rostro poco agraciado y para nada despierto, nada que admirar; pero en la otra, que no tenía más de veintidós o veintitrés años, encontraron sobrada belleza; sus facciones eran bonitas, tenía una mirada aguda y sagaz y una cierta airosidad en su aspecto que, aunque no le daba verdadera elegancia, sí la hacía distinguirse. Los modales de ambas eran especialmente corteses, y pronto Elinor tuvo que reconocer algo de buen juicio en ellas, al ver las constantes y oportunas atenciones con que se hacían agradables a lady Middleton. Con los niños se mostraban en continuo arrobamiento, ensalzando su belleza, atrayendo su atención y complaciéndolos en todos sus caprichos; y el poco tiempo que podían quitarle a las inoportunas demandas a que su gentileza las exponía, lo dedicaban a admirar lo que fuera que estuviera haciendo su señoría, en caso de que estuviera haciendo algo, o a copiar el modelo de algún nuevo vestido elegante que, al verle usar el día antes, las había hecho caer en interminable éxtasis. Por fortuna para quienes buscan adular tocando este tipo de puntos flacos, una madre cariñosa, aunque es el más voraz de los seres humanos cuando se trata de ir a la caza de alabanzas para sus hijos, también es el más crédulo; sus demandas son exorbitantes, pero se traga cualquier cosa; y así, lady Middleton aceptaba sin la menor sorpresa o desconfianza las exageradas muestras de afecto y la paciencia de las señoritas Steele hacia sus hijos. Veía con materna complacencia todas las tropelías e impertinentes travesuras a las que se sometían sus primas. Observaba cómo les desataban sus cintos, les tiraban el cabello que llevaban suelto alrededor de las orejas, les registraban sus costureros y les sacaban sus cortaplumas y tijeras, y no le cabía ninguna duda acerca de que el placer era mutuo. Parecía indicar que lo único que la sorprendía era que Elinor y Marianne estuvieran allí sentadas, tan compuestas, sin pedir que las dejaran formar parte de lo que ocurría.

– John está tan animado hoy! -decía, al ver cómo tomaba el pañuelo de la señorita Steele y lo arrojaba por la ventana-. No deja de hacer travesuras.

Y poco después, cuando el segundo de sus hijos pellizcó violentamente a la misma señorita en un dedo, comentó llena de cariño:

– ¡Qué juguetón es William! ¡Y aquí está mi dulce Annamaria -agregó, acariciando tiernamente a una niñita de tres años que se había mantenido sin hacer ni un ruido durante los últimos dos minutos-. Siempre es tan gentil y tranquila; ¡jamás ha existido una chiquita tan tranquila!

Pero por desgracia, al llenarla de abrazos, un alfiler del tocado de su señoría rasguñó levemente a la niña en el cuello, provocando en este modelo de gentileza tan violentos chillidos que a duras penas podrían haber sido superados por ninguna criatura reconocidamente ruidosa. La consternación de su madre fue enorme, pero no pudo superar la alarma de las señoritas Steele, y entre las tres hicieron todo lo que en una emergencia tan crítica el afecto indicaba que debía hacerse para mitigar las agonías de la pequeña doliente. La sentaron en el regazo de su madre, la cubrieron de besos; una de las señoritas Steele, arrodillada para atenderla, enjugó su herida con agua de lavanda, y la otra le llenó la boca con ciruelas confitadas. Con tales recompensas a sus lágrimas, la niña tuvo la sabiduría suficiente para no dejar de llorar. Siguió chillando y sollozando vigorosamente, dio de patadas a sus dos hermanos cuando intentaron tocarla, Y nada de lo que hacían para calmarla tuvo el menor resultado, hasta que felizmente lady Middleton recordó que en una escena de similar congoja, la semana anterior, le habían puesto un poco de mermelada de damasco en una sien que se había magullado; se propuso insistentemente el mismo remedio para este desdichado rasguño, y el ligero intermedio en los gritos de la jovencita al escucharlo les dio motivos para esperar que no sería rechazado. Salió entonces de la sala en brazos de su madre a la búsqueda de esta medicina, y como los dos chicos quisieron seguirlas, aunque su madre les rogó afanosamente que se quedaran, las cuatro jóvenes se encontraron a solas en una quietud que la habitación no había conocido en muchas horas.

– ¡Pobre criaturita! -dijo la señorita Steele apenas salieron-. Pudo haber sido un accidente muy triste.

– Aunque difícilmente puedo imaginármelo -exclamó Marianne-, a no ser que hubiera ocurrido en circunstancias muy diferentes. Pero ésta es la manera habitual de incrementar la alarma, cuando en realidad no hay nada de qué alarmarse.

– Qué mujer tan dulce es lady Middleton -dijo Lucy Steele.

Marianne se quedó callada. Le era imposible decir algo que no sentía, por trivial que fuera la ocasión; y de esta forma siempre caía sobre Elinor toda la tarea de decir mentiras cuando la cortesía así lo requería. Hizo lo mejor posible, cuando el deber la llamó a ello, por hablar de lady Middleton con más entusiasmo del que sentía, aunque fue mucho menor que el de la señorita Lucy.

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