Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
– Y, sin embargo, le aseguro -replicó Lucy, sus ojillos agudos cargados de intención-, me pareció percibir una frialdad y disgusto en su trato que me hizo sentir muy incómoda. Estaba segura de que se habría enojado conmigo; y desde entonces me he reprochado por haberme tomado la libertad de preocuparla con mis asuntos. Pero me alegra enormemente descubrir que era sólo mi imaginación, y que, usted no me culpa por ello. Si supiera qué gran consuelo, qué alivio para mi corazón fue hablarle de aquello en que siempre, cada instante de mi vida, estoy pensando, estoy segura de que su compasión le haría pasar por alto todo lo demás.
– Ciertamente me es fácil creer que fue un- gran alivio para usted contarme lo que le ocurre, y puede estar segura de que nunca tendrá motivos para arrepentirse de ello. Su caso es muy desafortunado; la veo rodeada de dificultades, y tendrán necesidad de todo el afecto que mutuamente se profesen para poder resistirlas. El señor Ferrars, según creo, depende enteramente de su madre.
– Sólo tiene dos mil libras de su propiedad; sería locura casarse sobre esa base, aunque por mi Parte podría renunciar a toda otra perspectiva sin un suspiro. He estado siempre acostumbrada a un ingreso muy pequeño, y por él podría luchar contra cualquier pobreza; pero lo amo demasiado para ser el instrumento egoísta a través del cual, quizá, se le robe todo lo que su madre le podría dar si se casara a gusto de ella. Debemos esperar, puede ser por muchos años. Con casi cualquier otro hombre en el mundo sería una temible perspectiva; pero sé que nada puede despojarme del afecto y fidelidad de Edward.
– Tal convicción debe ser todo para usted; y sin duda él se sostiene apoyado en idéntica confianza en los sentimientos que usted le profesa. Si hubiera flaqueado la fuerza de su mutuo afecto, como naturalmente ocurriría con tanta gente en tantas circunstancias a lo largo de un compromiso de cuatro años, su situación sería sin duda lamentable.
Lucy levantó la vista; pero Elinor tuvo cuidado de que su rostro no mostrara ninguna expresión que pudiera dar un cariz sospechoso a sus palabras.
– El amor de Edward -dijo Lucy- ya ha sido puesto a prueba por nuestra larga, larga separación desde nuestro compromiso, y él ha resistido tan bien sus cuitas que sería imperdonable de mi parte si ahora lo pusiera en duda. Puedo decir sin riesgo de equivocarme que jamás, desde el primer día, me ha dado un momento de alarma al respecto.
A duras penas Elinor sabía si sonreír o suspirar ante tal aserto.
Lucy continuó:
– Por naturaleza, también soy de temperamento algo celoso, y debido a la diferencia de nuestras situaciones, considerando que él conoce tanto más el mundo que yo, y por nuestra constante separación, tenía bastante tendencia a la suspicacia, lo que me habría permitido descubrir rápidamente la verdad si hubiera habido el menor cambio en su conducta hacia mí cuando nos encontrábamos, o cualquier decaimiento de ánimo para el cual no tuviese explicación, o si hubiera hablado más de una dama que de otra, o pareciera en cualquier aspecto menos feliz en Longstaple de lo que solía estar. No es mi propósito decir que soy particularmente observadora o perspicaz en general, pero en un caso así estoy segura de que no podrían embaucarme.
“Todo esto”, pensó Elinor, “suena muy bonito, pero no nos puede engañar a ninguna de las dos”.
– Pero -dijo después de un breve silencio-, ¿qué planes tiene? ¿O no tiene ninguno, sino esperar que la señora Ferrars se muera, lo que es una medida tan extrema, terrible y triste? ¿Es que su hijo está decidido a someterse a esto, y a todo el tedio de los muchos años de espera en que puede involucrarla a usted, antes que correr el riesgo de disgustar a su madre durante algún tiempo admitiendo la verdad?
– ¡Si pudiéramos estar seguros de que sería sólo durante un tiempo! Pero la señora Ferrars es una mujer muy obstinada y orgullosa, y sería muy probable que, en su primer ataque de ira al escucharlo, legara todo a Robert; y esa posibilidad, pensando en el bien de Edward, ahuyenta en mí toda tentación de incurrir en medidas precipitadas.
– Y también por su propio bien, o está llevando su desinterés más allá de todo lo razonable.
Lucy miró nuevamente a Elinor, y guardó silencio.
¿Conoce al señor Robert Ferrars? -le preguntó Elinor.
– En absoluto… jamás lo he visto; pero me lo imagino muy distinto a su hermano: tonto y un gran fanfarrón.
– ¡Un gran fanfarrón! -repitió la señorita Steele, que había alcanzado a escuchar estas palabras durante una repentina pausa en la música de Marianne-. ¡Ah! Me parece que están hablando de sus galanes favoritos.
– No, hermana -exclamó Lucy-, te equivocas en eso, nuestros galanes favoritos no son grandes fanfarrones.
Doy fe de que el de la señorita Dashwood no lo es -dijo la señora Jennings riendo con ganas; es uno de los jóvenes más sencillos, de más lindos modales que yo haya visto. Pero en cuanto a Lucy, esta criatura sabe disimular tan bien que no hay manera de saber quién le gusta.
– ¡Ah! -exclamó la señorita Steele lanzándoles una mirada sugestiva-, puedo decir que el pretendiente de Lucy es tan sencillo y de lindos modales como el de la señorita Dashwood.
Elinor se sonrojó sin querer. Lucy se mordió los labios y miró muy enojada a su hermana. Un silencio generalizado se posó en la habitación durante un rato. Lucy fue la primera en romperlo al decir en un tono más bajo, aunque en ese momento Marianne les prestaba la poderosa protección de un magnífico concierto:
– Le expondré sin tapujos un plan que se me ha ocurrido ahora último para manejar este asunto; en verdad, estoy obligada a hacerla participar del secreto, porque es una de las partes interesadas. Me atrevería a decir que ha visto a Edward lo suficiente para saber que él preferiría la iglesia antes que cualquier otra profesión. Ahora, mi plan es que se ordene tan pronto como pueda y entonces que usted interceda ante su hermano, lo que estoy segura tendrá la generosidad de hacer por amistad a él y, espero, algún afecto por mí, para convencerlo de que le dé el beneficio * de Norland; según entiendo, es muy bueno y no es probable que el titular actual viva mucho tiempo. Eso nos bastaría para casarnos, y dejaríamos al tiempo y las oportunidades para que proveyeran el resto.
– Siempre será un placer para mí -respondió Elinor- entregar cualquier señal de afecto y amistad por el señor Ferrars; pero, ¿no advierte que mi intervención en esta oportunidad sería completamente innecesaria? El es hermano de la señora de John Dashwood… eso debería bastar como recomendación para su esposo.
– Pero la señora de John Dashwood no aprueba realmente que Edward tome las órdenes.
– Entonces sospecho que mi intervención tendría escaso efecto.
Nuevamente guardaron silencio durante varios minutos. Por fin Lucy exclamó, con un gran suspiro:
– Creo que lo más sabio sería poner fin a todo el asunto de una vez, deshaciendo el compromiso. Pareciera que son tantas las dificultades que nos acosan por todos lados, que aunque nos haga desdichados por algún tiempo, a la larga quizá estemos mejor. Pero, ¿no me aconsejaría usted, señorita Dashwood?
– No -respondió Elinor, con una sonr isa que ocultaba una gran agitación-, sobre tal tema por supuesto que no lo haré. Sabe perfectamente que mi opinión no tendría peso alguno en usted, a no ser que respaldara sus deseos.
– En verdad es injusta conmigo -respondió Lucy con gran solemnidad-; no sé de nadie cuyo juicio (espete tanto como el suyo; y realmente creo que si usted fuera a decirme “Le aconsejo que, cueste lo que cueste, ponga fin a su compromiso con Edward Ferrars, será lo mejor para la felicidad de ambos”, no vacilaría en hacerlo de inmediato.
* Beneficio: Conjunto de derechos y emolumentos que obtiene un eclesiástico, inherentes o no a un oficio. (Diccionario de la Lengua Española, R.A.E.)