El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
– Como una Britney latina -me dijo.
Quería que me uniera al equipo del productor de pop latino Rudy Pérez. Entonces le colgué.
Los venderé yo misma en la calle, si no me queda más remedio. Los yupis no entienden que uno no compone por dinero, no si siente la música. Si la siente, hace música para equilibrar las energías del universo. Reúnes voz y poder y los liberas. No lo controlas. Dejas que te controle a ti.
Gato se lanza sobre la masa de cuerpos relucientes. Lo absorben con un rugido y allí está, galopando sobre sus hombros y sus manos. Le arrancan la camisa y le escupen. Lo aman. Lo de escupir empezó en Argentina. Si te quieren en Argentina, te escupen, por lo menos en el mundo del rock. Los mexicanos ahora también lo hacen. Todos están mirando, incluso ese cuarentón en plena crisis que bebe a sorbitos de un vaso con sombrilla de papel desde la barra. ¿Qué hace aquí?
Lo estudio e intento adivinar su historia, una mala costumbre. Quizá su esposa se escapó con el socorrista de la piscina anoche y ha entrado en el primer bar. Quizá está pensando en comprar el club y convertirlo en un Hooters. Se divierte como ese tipo de hombres. Igual es un borracho. Los tíos así me incomodan. Me recuerdan a Ed, el novio de Lauren. Parece la clase de tío que llega a casa, se remanga y se tira a la criada.
Gato extiende sus brazos como Jesucristo y lo levantan. Lo está sintiendo. Nos fumamos un canuto hace un rato y Gato está volando. Sonrío. Gato es profundo. Gato es genial. Es probable que consiga un contrato discográfico antes que yo. Ambos perseguimos el mismo Grial. Sugirió un par de veces que formáramos equipo, pero me ofendí. No necesito su ayuda. Sé que está intentando ser amable. Pero quiero tener el control. Supongo que se podría decir que soy una egocéntrica en ese sentido. No quiero compartir el escenario con nadie. Tengo demasiado que decir.
Camino sobre los ruidosos tablones del escenario y cruzo la puerta metálica negra que lleva a un diminuto camerino. Una cucaracha corre a esconderse en una grieta de la pared junto al espejo. Me pongo gel en las trenzas para que aguanten mejor y me retoco con la barra de labios morada y el delineador de ojos negro. Para actuar me pongo mucho más maquillaje, los focos del escenario lo anulan. Quiero que me vean.
Se supone que me quedan diez minutos para empezar. Esta noche estoy haciendo un nuevo experimento con la ropa: un body de caucho negro, con un diamante recortado en la zona de los abdominales. Mi amigo Lalo lo ha llenado de símbolos mexi- cas. Esta noche cantaré parte de una canción en náhuatl, el idioma de los aztecas. Gato y yo hemos dado clases de náhuatl con un chamán llamado Curly, en La Puente. Está preparando la ceremonia para darnos un nombre en Whittier Narrows el mes que viene; estoy deseando llevar al fin mi verdadero nombre.
Regreso al escenario y me aseguro de que todos estamos bien colocados. Estos tíos me respetan. Al principio no sabían cómo reaccionar conmigo, siendo chica, pero oyeron mi música y decidieron que tenía un pase. Después de tocar conmigo más de un año, decidieron que más que tener un pase, era realmente buena. Ahora me tratan como a uno más, y me gusta. Brian, mi batería, es poderoso, bajito, lleva la gorra al revés y boa de plumas. Vino a L. A. de Filadelfia para estudiar derecho y lo dejó por el rock. Sebastián, el flaco alto con la cabeza afeitada, es mi teclista y programador. Es español y solía tocar con un conocido grupo en Madrid antes de unirse a mi grupo. Mi bajo, Marcos, viene de Argentina; es el silencioso que parece un contable, y reserva toda su locura para cuando tocamos. La segunda guitarra es una muchacha de Whittier a la que oí tocar en un festival en la Universidad Estatal de California. No tenía ni idea de lo buena que era, y aún no lo sabe. Deben de haberle hecho mucho daño a esta chica hace tiempo. También está Ravel, un dominicano que se encarga de la percusión, la flauta peruana y la segunda voz. Es un músico increíble, y tan alegre siempre que te contagia.
En nuestros puestos. Se encienden los focos. La muchedumbre ruge. Se enciende una pequeña luz azul y arrancamos con una canción movida y airada que compuse mezclando hip-hop, metal y sonidos peruanos tradicionales. Los fans enloquecen. El foco me ilumina y me da un subidón. La adrenalina fluye en mí. Me olvido de quién soy y de dónde estoy, me convierto en música. Trasciendo el tiempo y el espacio, aúllo. Dicen que mi voz es dura, arenosa y áspera, como la de Janis Joplin. Ninguna mexica ha cantado así nunca, no en un disco, al menos. La voz de Alejandra Guzmán se parece, pero su música tiene demasiado pop. La mía es más afilada, más dolorosa, más loca.
Después de la primera canción, cojo las tarjetas y me dirijo al público en españoclass="underline"
– ¡Chingazos! ¡Chingazos!
Enloquecen.
– Escuchadme, chingazos. ¿Habéis visto a Shakira últimamente?
Todos abuchean.
– Así es. Es una pinche desgracia. Rubia. Es una vergüenza para La Raza y La Causa. ¡Podría ser Paulina Rubio!
Todos gritan. Tiro las tarjetas y flotan en un mar de manos oscuras.
– ¡Están dirigidas a su mánager, hijos de puta! Estamos diciéndoles que no es eso lo que queremos. ¡Estamos diciéndole a Shakira que es una traidora!
Más vítores.
Empiezan a gritar:
– ¡Que Shaki se joda! ¡Que Shaki se joda! ¡Que Shaki se joda!
Puños al aire, enseñan los dientes como animales. Les dejo seguir un momento y alzo la mano para callarles.
– Vuestro trabajo es salir ahí fuera y educar a la gente, Raza. Hay demasiados complejos, demasiados deseos de ser como el hombre blanco. ¡Salud! ¡Amaos como sois, oscuros y aztecas, Raza!
Más vítores.
– ¡Que viva la raza, Raza!
Gritos e histeria.
Entonces digo en inglés: «Love your big bad, beautiful brown self, ¡chingones!».Es la entrada a otra canción y empezamos a tocar. Los del foso se agitan, yo me dejo llevar por la magia. Estoy ida.
Cuando termino, todos están sudados y enloquecidos. Piden más. Estoy exhausta, dispersa en el cosmos. No puedo tocar más. Saludo y empiezo a recoger mis cosas. El pincha pone rápido algo de los Jaguares y todos empiezan a bailar. Algunos logran franquear a los guardaespaldas y suben al escenario en busca de autógrafos o para tocarme. Me mezclo con mis admiradores durante quince minutos y doy la espalda al público para guardar mi guitarra. Cuando empiezo a desmontar el micrófono y el equipo de sonido, siento una mano en el hombro. Me vuelvo y veo al hombre mayor con la chaqueta oscura que vi antes en la barra.
– ¡¿Amber?! ¿Cómo estás? Joel Benítez -dice con lo que parece un acento de Nueva York, puro negocio, extendiendo su gruesa mano.
Me limpio inútilmente las manos en los pantalones de caucho y agito la suya, sintiéndome sucia y sudada. Busca mi mirada de una forma que me incomoda y retiene mi mano más tiempo de lo normal, volviéndola para inspeccionar mis cortas y desarregladas uñas verdes.