Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 70
Перейти на страницу:

Borró el e-mail de Dominique, quienquiera que fuese aquel pájaro que abusaba de los traductores automáticos de la red, con una sonrisa cruel, sin abrirlo siquiera. Pinchó sobre el de su tía y lo leyó mientras se rascaba el pecho.

De: paulinadepra@telefonica.net

Asunto: ¿Encuentras al asesino, o qué?

Fecha: 18 de abril de 2007 05.56.17 GMT + 02.00

Para: Ignacio aran@telefonica.net

Querido mío:

Veo que tus dotes detectivescas son pésimas, a estas alturas tu pobre y decrépita tía había supuesto que ya tendrías al malhechor@ localizado, maniatado y puesto a buen recaudo. Tu falta de noticias al respecto me descorazona una barbaridad. A ver si dejas de mariposear y te luces de una vez. Dame noticias y deja de hacer el vago con tus versitos y todo el resto. En el club, todos los baskerville esperamos ardientemente que nos sorprendas.

TKM, tía Pau.

Nacho respondió al correo escribiendo precipitadamente unas frases irónicas y luego pulsó la tecla de enviar. Al momento, abrió el mensaje de Cristina Oller.

De: coller@hotmail.com

Asunto: Como te dije…

Fecha: 18 de abril de 2007 01.23.37 GMT + 02.00

Para: Ignacio.aran@telefonica.net

Nacho, aquí tienes unas palabras que escribí hace pocos meses, desde luego mucho antes de que Fabio muriera. Comprobarás al abrir el documento adjunto que esto no tiene nada que ver con versos, sino con rencor. Te di esa excusa porque no quería que los demás se enteraran de que deseaba contactar contigo para menesteres no precisamente poéticos. Te habrás dado cuenta de que la mayoría de nosotros somos cotillas y algo maledicientes. No seré yo quien alimente esas aficiones. Te mando estas letras para que te sirvas de ellas en tus pesquisas (todos sabemos que las estás haciendo, tu tía lo cuenta en vuestra revista, aunque no está siendo demasiado explícita). Confío en que te ayuden a entender la clase de bicho que era Fabio. Por una vez en su vida, víctima. ¡Quién se lo hubiera dicho!

Escribí el texto hace un tiempo, como te digo, poco después de mi cuarenta aniversario; de haber escrito estas líneas ahora, acaso serían muy diferentes. La muerte siempre espolea el nacimiento de cierto confuso sentimiento de compasión incluso hacia nuestros peores enemigos. Nos pasamos la vida odiando -sí, qué horror, odiando, algunos somos capaces de sacar fuerzas para eso-, y cuando el objeto de nuestra repulsión desaparece de la faz de la Tierra, descubrimos que en realidad en nuestro corazón hay espacio para un panteón dinástico a las víctimas de nuestro rencor. Un Westminster, un Escorial, un Saint-Denis, o hasta los Capuchinos de Viena nos caben en el pecho, cargado con los mausoleos de nuestra aversión.

Al haber sido escrito mientras Fabio estaba vivo, mi rabia es más notoria. Vine a este congreso espoleada por el resentimiento y la animosidad hacia él, porque sabía que él estaría aquí y quería verle bajar la mirada hasta el suelo, avergonzado por todo lo que me hizo. La esperanza, como pude comprobar, era vana, porque los dos días, antes de que tú llegaras, que compartimos aquí, se paseó por el cigarral con la altanera y soberbia actitud de una víctima. Y así lo comentó por lo bajo a alguno de los presentes: «Soy la víctima de esa mujer mala -les dijo-, no podéis ni imaginar el dolor…»

Pues bien, finalmente ha sido víctima de verdad. Y yo me alegro, aunque suene fatal. Ahora, desde que sé que ha muerto, me siento menos beligerante, no únicamente con él, sino con el mundo entero. Ahora sólo espero que mis enemigos no me odien más y mis amigos no me quieran menos. Mi corazón está tranquilo como un cementerio. Y me importa un bledo que atrapen o no al culpable de su muerte: le agradezco mucho lo que ha hecho. Al culpable. Al asesino. Siento gratitud por un asesino, mira tú qué barbaridad…

Perdona que me tome estas confianzas contigo. No sé si te lo habrán dicho alguna vez, pero hay algo en ti que invita a la confidencia. Tienes cara de hombre bueno, hermoso y bueno, y además eres un buen poeta. Si las mías fueran otras circunstancias, intentaría seducirte (¡ay!).

Gracias por leer estas páginas, Nacho, te dejo también aquí un beso y unos versos de Garcilaso:

Cerca del Tajo, en soledad amena,

de verdes sauces hay una espesura,

toda de hiedra revestida y llena…

Cristina O. (en amena soledad)

Nacho echó un vistazo a su reloj y, luego, a las páginas del documento. Aún disponía de casi una hora antes de bajar a desayunar. Si era rápido aseándose primero, le daría tiempo a leerlo. Una ducha lo despejaría y podría enfrentarse más lúcidamente con la lectura.

Pero aún no le tocaba el turno del baño, recordó. Miró de nuevo el reloj: las 7.10. Que él recordara, a esa hora no estaba previsto que los invitados lo aprovecharan. Quizás si se acercaba hasta el servicio tendría suerte y podría usarlo sin tener que esperar a que empezara la hora de los turnos. Y si alguien oía el ruido de los grifos y se molestaba, seguramente lo diría, se quejaría, y él ya no volvería a hacerlo. Los siguientes días, esperaría a que llegara su hora.

Cerró el ordenador y lo dejó cuidadosamente sobre un enorme escabel de terciopelo que había detrás del biombo. Cogió su toalla de baño y la bolsa de aseo y salió al pasillo. Todo estaba en silencio, aunque el sol comenzaba a entrar por las balconadas, abriéndose paso trabajosamente tras los cristales y las cortinas, caldeando las baldosas cercanas hasta que el paso de una nube convertía sus rayos en sombra frígida que se derramaba sobre el pasillo como gigantescos brochazos de niebla seca.

Anduvo de puntillas, para no despertar a nadie, hasta la puerta del baño, con cuarterones de cristal transparente en la parte superior, y una vez delante se dispuso a asir la manilla para intentar abrirla cuando se dio cuenta de que había luz dentro. Seguramente provenía de una lamparita diminuta de vidrios opalescentes de Tiffany -diseñada por la propia Clara Driscoll, según les había hecho saber doña Agustina, con el objeto de que tuvieran cuidado de no romperla por torpeza o dejadez- que descansaba sobre un tocador antiguo que enriquecía con su presencia el enorme cuarto de aseo.

Nacho pensó que alguien se había dejado la luz encendida, y cuando iba a abrir la puerta por fin, los oyó. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, y apretó la toalla contra su estómago.

Eran sollozos, de mujer, en un tono bajo y apagado, pero estremecedor. La mujer que lloraba, no había duda, estaba rota por el dolor y la pena. La voz se mitigaba cada pocos segundos, Nacho pensó que quienquiera que fuese que estaba llorando enterraba la cara en una gruesa toalla, como él mismo acababa de hacer al apretar la suya contra el vientre, y apagaba contra ella sus gemidos. Sintió una profunda sensación de malestar e incomodidad, y se dio media vuelta, procurando no respirar, en dirección a su habitación. Esperaría a que llegara su turno para volver.

Una vez en sus aposentos, como los llamaría su tía Pau, se dejó caer de nuevo en la cama, con el ordenador bajo el brazo. Repasó mentalmente las mujeres que había en su planta. Eran cinco habitaciones y, de ellas, contó una, dos, tres… ¡Cielo santo!, tragó saliva. Acababa de darse cuenta de que todos los ocupantes de un dormitorio en esa planta eran mujeres, menos él, por supuesto. Ya le extrañaba que el baño estuviera por lo general tan limpio, cuando no había visto a nadie pasar a fregarlo. Ni siquiera había reparado en los nombres escritos en la puerta, con las horas de uso adjudicadas a cada uno. Se reprendió por su descuido, impropio de un buen sabueso siempre atento a los detalles.

1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 70
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)