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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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¿Quién recuerda al crítico René Dumic (¿se llamaba así?) y la conferencia que arrojó como una piedra con el tirachinas de su lengua sobre un pequeño auditorio el 16 de abril de 1898 escarneciendo a parnasianos y simbolistas, mofándose de Baudelaire y Verlaine, haciendo chufla del «Soneto de las vocales» de Rimbaud…? Nadie. Bueno, sí, yo acabo de recordarlo, como supongo que harán tantos autores víctimas del cruel escalpelo de algún censor literario de su época. Pero nadie sabe quién es el tal Dumic hoy día, mientras Baudelaire, Rimbaud y Verlaine… En fin, quiero decir que aún permanecen con nosotros. Su silencio atravesado de ángeles y de mundos sigue siendo el nuestro.

Yo no aspiro a conseguir tanta gracia. Ni siquiera la necesito. No me estoy comparando con ellos; puedes creerme si te aseguro que lo de la posteridad me trae al fresco. Conozco muy poco, pero sí lo suficiente del mundo físico, del mundo material, para no hacerme vanas ilusiones al respecto. Preocuparse por la posteridad se me antoja cosa de ignorantes, algo propio de mentes baladíes. O quizás una cuestión de fe, como la religión. Y yo soy atea.

Lo cierto es que, por aquel entonces, Fabio Arjona escribía críticas de libros de poesía en el suplemento cultural un periódico nacional. A su faceta de autor, pues él estaba convencido de que lo era, sumaba la de crítico, porque las publicaciones en el periódico le contaban para su currículum académico, como supondrás. Concretamente publicaba en el ABC, donde según supe más tarde entró ansiosamente recomendado por alguien que quizás le debía algún favor. Mucha gente debía favores a Fabio Arjona, y él solía cobrárselos. No perdonaba ni uno. Tenía una página impar semanal, que por lo general utilizaba para hacer política: glorificaba a quienes pretendía utilizar en su provecho y calumniaba y humillaba a los que, para él, carecían de enjundia o de relevancia. Yo, por supuesto, era de los últimos. Una semana antes de que saliera mi reseña, editó una recensión vergonzosa sobre un libro de alguien que fue nombrado ministro muy poco después. Escribió sobre él floreos tan lisonjeros que las palabras, sobre el papel, olían tanto a incienso que mi editor llegó a decirme por teléfono: «Eso no era una crítica, era una fellatio, querida Cecilia, no te compares, por favor. Lo tuyo es la poesía, no el comercio carnal…»

La reseña de mi libro salió el sábado siguiente, en términos tan ofensivos que me cuesta trabajo recordarla. Empezaba ironizando sobre mi aspecto físico. Habíamos puesto una foto mía en la solapa, donde se me veía, me temo, tal como soy, o como era entonces. Decía que, en vez de Bella en la niebla, mi libro debería haberse titulado Bestia en la niebla, a tenor del aspecto que presentaba mi cara. Luego continuaba con un engrudo teórico que hacía alusión a la «remoción onírica de la extensión del yo» (como lo oyes), «la mística supranatural del caduco y dañino cristianismo», «la carencia total de un compuesto metafórico», «la utilización de un lenguaje científico para expresar emociones deja al lector tan frío como si leyera un poema en el que se explicara el funcionamiento del motor de un tractor»…, entre otras perlas del estilo, para acabar apelando a Breton y al gobierno de Vichy (sí, sí, no pongas esa cara, estoy siendo textual, dentro de lo que recuerdo) para justificar su opinión de que mi poesía se reducía, dijo, «a las sandeces premenopáusicas de una sensiblera de mediana edad, nada agraciada ni física ni poéticamente, recientemente abandonada por su cónyuge, a quien todos comprendemos. Al cónyuge, no a ella, se entiende…» (de alguna manera supo cuál era mi situación personal, probablemente porque mi editor lo comentó con alguien que se lo dijo a un tercero, y… Ya sabes). He citado literalmente, y no al completo, porque ya no me acuerdo bien de todo. Procuré olvidarlo, aunque es evidente que no he podido. Y te aseguro que he hecho muchos, muchos esfuerzos.

Finalizaba su artículo reconviniendo al editor, a mi editor -de quien me hice socia al cabo de dos años, por cierto, inyectando dinero a su empresa, que ahora está saneada-, aleccionándolo para que se abstuviera en lo sucesivo de editar mis «detritos» o cualesquiera parecidos que le presentara en el futuro alguien como yo.

Cuando le pregunté a Víctor, mi editor, si se le ocurría alguna explicación para tanto ensañamiento con mi libro, y con mi persona, no supo qué contestar. Aunque, pasada una temporada, me comentó que quizás a Fabio le había irritado la originalidad de mi lenguaje científico aplicado a la poesía, teniendo en cuenta que él, Fabio Arjona, era un poeta no demasiado personal, por decirlo con un eufemismo.

Te aseguro que, de haber podido echármelo a la cara por entonces, al tal Fabio Arjona, lo habría estrangulado con mis propias manos. Ni te imaginas el ridículo, y la depresión, que llegué a padecer. Duró meses. Nada lograba borrar la afrenta que acababa de recibir. Ni siquiera las, al menos, dos docenas de críticas más que salieron en otros periódicos y revistas, muchas de ellas entusiastas, sobre mi librito. Yo no conseguía olvidar las repugnantes palabras de Arjona, puestas negro sobre blanco en aquella hoja de periódico amarillenta como pequeñas heces de perro sarnoso.

Claro que el tiempo todo lo puede. Y a mí me hizo olvidar aquel episodio oneroso, porque el tiempo es también olvido. Ruinas. Translatio temporum. Vacuidad. Fugacidad. Evidentia.

Decía Niels Bohr que hay dos clases de verdad: las triviales, donde lo opuesto a ellas es obviamente absurdo, y las profundas, que se reconocen porque su contraria es también una intensa verdad. Este asunto, para mí, fue en el fondo una trivialidad. No obstante, también fue una verdad profunda que me hizo obsesionarme con la poesía.

Si bien lo borré de mi memoria hasta que, años después, me topé cara a cara con el señor Fabio Arjona. Y entonces ocurrió algo que…

Pero ésa es otra historia, si quieres te la contaré mañana. O pasado.

No, no insistas. Ahora no podría continuar. Y tampoco tiene demasiada importancia, aunque resulta ilustrativa del carácter de Fabio. Pero… es demasiado tarde, no quiero entretenerte, querrás descansar, y además me duele la cabeza terriblemente.

SEGUNDO DÍA EN EL CIGARRAL

EXPOSITIO

CRISTINA OLLER. CIGARRAL DE LA CAVA, TOLEDO. 2007

En su segundo día de estancia en el Cigarral de la Cava, Nacho abrió los ojos poco después de las siete de la mañana, como era su costumbre. Ni siquiera precisaba del despertador. Se despertaba impulsado por una suerte de fenómeno físico apremiante.

Así y todo, esperó a que sonara la campanilla del reloj de viaje, y sólo entonces se decidió a salir de la cama y asomarse a la ventana. La habitación estaba fresca, pero el día parecía despejado. Los cirros se desplazaban de oeste a este, impulsados por la corriente de chorro de la región, aunque había también nubes bajas que podrían dejar alguna llovizna a lo largo del día.

Abrió las ventanas y estiró los brazos dejando escapar un largo suspiro sostenido, mientras sentía cómo todavía flotaban en su cabeza, mezclados con los restos de un sueño que no podía recordar, los ecos de la voz -a veces firme, otras carcomida y truncada- de Cecilia Fábregas, y su historia de humillación pública de la mano de Fabio Arjona.

Oteó el cielo y tembló al pensar en las distancias que albergaba. Se repasó la barba con los dedos y notó que se le quedaban pegados a las yemas jirones de sueño.

Posteriormente destapó el ordenador y se conectó a su servidor para comprobar el correo electrónico. En la bandeja de entrada había tres mensajes, uno de su tía Pau, otro de «coller@hotmail.com» (supuso que se trataba de Cristina Oller) que llevaba un documento adjunto, y un tercero de Dominique Kane, que probablemente insistía de nuevo en venderle Viagra barata. Ninguno de Rodrigo. Esperaba, por su bien, que el chico no estuviese perdiendo el tiempo. O lo iba a oír.

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