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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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Mientras escudriñaba la cara y los gestos de mi marido, me pregunté si también él habría cogido la enfermedad, si el trato con los perros le habría contagiado el gusano del corazón, si el gusano estaba ahora mismo enroscado en su corazón, acariciándolo como los dedos que se posan con determinación sobre las teclas de un piano.

– Hay otra mujer, ¿verdad? Es eso… -Empecé a notar que mi voz no encajaba en mi garganta. Las palabras me salieron con dificultad, manchadas de óxido, cargadas de argumentos contra el mundo.

– No, no hay ninguna mujer. Sólo tú -me dijo, y yo no supe si mentía. Por primera vez no era capaz de intuir su pensamiento. O a lo mejor nunca había podido intuirlo, al contrario de lo que siempre creí.

Eran poco más de las cuatro de la tarde, aunque yo tenía la impresión de que, más allá de la ventana, el cielo había empezado a organizar un pequeño crepúsculo en mi honor y me lo ofrecía con la mano tendida. Los tejados de la ciudad se apilaban en el horizonte formando montoncitos de tonos ocres, eran un juego de construcción gigantesco que algún dios impertinente había ordenado al azar para mantener ocupados a los seres humanos en afanes arbitrarios, inestables y ceremoniales. Y fundamentalmente vanos.

Me dejé caer en el sofá, frente a él.

– ¿A qué viene esto, entonces? -pregunté después de reunir algo de fuerzas para continuar hablando.

– Ya me has oído.

– ¿Y qué pasa con nuestro matrimonio? Diecisiete años juntos…, ¿vas a tirarlo todo por la borda? -Me fijé en la cubierta del libro que mi marido sostenía amorosamente entre las manos. El barco de la ilustración era quizás una metáfora de nuestra relación, y ahora estábamos los dos frente a frente, sobre una embarcación que se tambaleaba en medio de la tormenta, amenazándonos el uno al otro como las dos figuras del dibujo, apenas dos sombras hostiles tratando de guardar el equilibrio. Ya sé que la metáfora puede resultar trillada, pero se ajusta a la verdad.

¿Es que todo en la vida ocurría así, tan de repente?

Sentí que las piernas me temblaban. Me llevé los dedos a la boca y comencé a arrancarme la piel de los labios. Solía hacer esas cosas cuando estaba nerviosa. Tengo los labios delicados, tanto que siempre aparentan estar enfermos. Muertos de frío.

– ¿Y qué hay de tu hija, de nuestra hija? -Tragué saliva-. Tiene dieciséis años, y te necesita.

– Sabrás arreglártelas, no te preocupes -dijo él.

Yo me pregunté si aquella escena de interior que estábamos viviendo en ese momento era el precio del amor. Tomé nota mentalmente de que había que lavar las cortinas.

– ¿Y qué pasa con tu padre? -Empecé a sacudir la cabeza, o a tratar de encajarla en mi cuerpo de la misma manera en que se atornilla la de una muñeca-. Está viviendo con nosotros, con nosotros… No puedes irte y dejarlo aquí conmigo. No podré salir adelante si tengo que cuidar de una adolescente medio pirada y de un anciano completamente chalado yo sola, sin tu ayuda.

Sixto se dirigió hacia la puerta del salón.

Miré su espalda y recordé que yo nunca había sido optimista, que jamás había creído en el progreso.

– Tal vez mande a alguien a recoger mis cosas -murmuró Sixto entre dientes.

Lo vi encaminarse hacia el pasillo, y unos instantes después oí la puerta de la entrada cerrarse con un golpe seco. Mi marido acababa de marcharse, y por todo equipaje se había llevado la novela Bella en la niebla, de May McGoldrick, que seguramente estaría llena de pasiones desenfrenadas, amantes taciturnos y viriles, heroínas indómitas pero virginales, y grandes propiedades con vistas a algún acantilado. Quizás ese título era un presagio de algo. Aunque lo más terrible de todo fue que a mí no se me habría ocurrido en la vida pensar que a Sixto pudieran gustarle esa clase de historias.

Comencé a entender mejor el mundo el día en que me di cuenta, sin necesidad de que nadie me lo dijera, de que la belleza de las flores no tiene como objeto alegrar la vista de los seres humanos con su encanto, sino atraer a los insectos y permitirles así reproducirse, logrando que esos seres extraños y alados lleven el polen desde el estambre de una flor al estigma de otra. El polen, un polvo amarillento o rojizo que consuma la fecundación del reino vegetal.

De la misma manera que un insecto acarrea la simiente de la vida sin saberlo, así la realidad empezó a abrirse paso en mi cabeza, llenándola de semillas de inquietud. Sixto se había ido, y yo me sentía como un ginkgo, o un bambú, recorrida por los grillos, las avispas y las tijeretas de mis presagios. La realidad -medité, y el corazón se me aceleró un poco- necesita ser transportada de un sitio a otro para poder hacerse un hueco en el mundo. La realidad, como el polen, puede recorrer largas distancias a merced del viento. La yuca se sirve de la mariposa para multiplicarse. Yo me había servido de Sixto, mi marido, para darme de bruces contra mis circunstancias. Mi marido… ¿O acaso ya no era mi esposo? ¿Bastaba expresar en voz alta el deseo de no ser mi marido, tal como Sixto había hecho, para que dejara de serlo?

Pasé la tarde sentada en la penumbra del salón, mirando cómo el sol se ponía, atrincherado detrás de algunas nubes. Por un instante, cuando la luz empezó a rendirse tras los ventanales, sentí que el mundo me había aprisionado en su interior. Estuve varias horas petrificada. No moví las manos ni las piernas. No veía demasiados motivos para desplegar tanta actividad.

Poco antes de la hora de la cena oí cómo se abría la puerta de casa. Siguió un ruido de metal chocando contra porcelana al caer unas llaves en el plato de loza que descansaba sobre el mueble de la entrada -una vieja consola de cerezo, llena de arañazos-, donde toda la familia solía dejar las suyas nada más entrar.

Poco después, Samuel, mi suegro, asomó la cabeza en la estancia. La siguió todo su cuerpo cansado, de andares vacilantes.

– ¡Ser viejo es una mierda! -dijo, y se acercó hasta mí renqueando.

Casi pude ver cómo una onda esférica de choque salía de su boca a la vez que sus palabras, a la velocidad de Mach 1, y crecía con total desfachatez hasta golpear los muebles y las paredes. La energía restante retrocedió y se introdujo en mis oídos haciendo que me rebullera por fin en el sillón, un poco molesta. La voz de Samuel seguramente había elevado la temperatura de las cortinas.

No le contesté, y él se quedó mirándome un par de segundos con interés, igual que haría un abejorro con un crisantemo. Luego se acercó hasta el equipo de música y trató de sintonizar en la radio un programa de noticias. Hacía tiempo que había desactivado la función de sintonizado automático. Le gustaba darle vueltas al botón con sus propios dedos, decía que le recordaba a su juventud.

El aparato dejó escapar un alegre chisporroteo mientras el dial recorría el espacio asignado a las distintas emisoras. Durante una fracción de segundo oí un silbido seguido de un ronroneo chirriante y agudo. «Son galaxias. Estamos oyendo el ruido que hacen las galaxias moribundas… -pensé, pero no dije nada-; antiguas galaxias que desaparecen y que están explotando allá lejos, que han agotado su combustible, que se abren como flores en una fabulosa explosión final, y que están enviando su poderosa radiación de partículas a lo largo y ancho del espacio y del tiempo mientras se mueren, porque también ellas son mortales. Estamos oyendo el ruido que hacen las galaxias que se mueren a través de la radio…»

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