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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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No se lo perdonaré nunca, y por ello lo maldigo allí donde esté.

Mi hija, María, era aún un bebé. Yo vivía con ella en Barcelona, donde había conseguido una beca de investigación en la Universidad Pompeu Fabra, cuando me sorprendió la maternidad y tuve que hacer frente a sus exigencias, que tiene muchas. Afortunadamente, mi madre estaba siempre a mano para ayudarme. Tiene bastantes nietos, pero se dedicaba a mi hija cuando se lo pedía sin poner excusas jamás. Mi madre es una de esas madres de antes, gracias a cuyo sacrificio el mundo gira a diario, y a las que las mujeres como yo deberíamos reconocer que debemos nuestra libertad. Una abuela esclava, pero de buen grado. Ha criado ocho hijos, y a varios nietos. Todos la adoramos, no podría ser de otra manera.

Estaba dedicada a mi trabajo y a mi hija, concentrada en mi preocupación más acuciante: cómo solucionaría una situación laboral poco estable, cuando me invitaron a aquel congreso sobre «Literatura y piratería» en las islas Seychelles, una extravagante y deliciosa ocurrencia del British Council en la que participó, de una manera tangencial y casi simbólica, el Instituto Cervantes, mi anfitrión. He viajado por medio mundo gracias al Instituto Cervantes (Líbano, Grecia, el Magreb, Estados Unidos, Latinoamérica, Turquía, China…). Tengo un amigo que denomina a esta modalidad, con bastante acierto, «turismo ministerial». Debo reconocer que suele ser muy gratificante. Sólo hay un secreto para poder hacerlo: el escritor no debe significarse políticamente, porque si lo hace y luego hay un cambio de gobierno se le acaban los puntos y nunca lo vuelven a llamar. Claro que en España también son raros los cambios de gobierno. En fin, pero más vale prevenir. Un poeta es mejor que esté «en su mundo», y no haciendo política por ahí, y en caso de que sea inevitable que la haga, porque el sujeto en cuestión sea un tremendo bocazas, yo le recomendaría, si quiere viajar bajo cualquier viento político con el Cervantes, que se declare comunista; trotskista, a ser posible. Algo que esté bien visto por todo el mundo, o que por lo menos no moleste a nadie.

Allí conocí a Fabio, en Victoria, en la isla de Mahé.

Mi primer libro de poemas, titulado Portulanos, fue un recorrido fascinado y adolescente, de un posromanticismo punki, a través de las figuras del mundo clásico de la piratería. Supongo que mis lecturas de Borges, Defoe, Oexmelin, Julio Verne, Robert Louis Stevenson, J. M. Barrie e incluso Rafael Sabatini lograron que me obsesionara con un tema feroz, extravagante y hermoso, plagado de islas, mares lejanos, bellacas utopías, malos chicos, tesoros enterrados y aventuras sin fin. Un orden salvaje fuera del orden establecido, tan acorde con mi pubertad subversiva y turbulenta. El tema fue creciendo conmigo, y me especialicé en él. Aún me sigue entusiasmando. Gracias a que continúo estudiándolo siento que no ha muerto todavía, o al menos no del todo, la jovencita que fui.

Inmediatamente me apasionó la idea de viajar a las Seychelles, donde nunca había estado. Aunque nada atestigua que las islas fueran refugio de piratas en su momento, como sí lo fue la costa de Madagascar, aquellos pequeños trozos de paraíso, de coral, de arena y de granito, desgajados de la India o de África hace millones de años, excitaron enseguida mi imaginación. ¡El Índico, por Dios santo! Las noches sutiles del Índico, cuando la oscuridad trepa por las playas como un rufián con la testa envuelta en un bonete de estopa dispuesto a asaltar el lecho de una amante confiada. No lo dudé. Dije que sí, inmediatamente, cuando me llamaron desde Madrid. Y luego lo consulté con mi madre.

– ¿Cuidarás de María? -le pregunté, esperanzada; tenía a una babysitter en casa, pero no podía irme dejando sola a mi hija, únicamente al cuidado de aquella jovencita-. Serán solamente diez días, y supone una gran oportunidad para mi carrera. Mi currículum, en estas circunstancias, necesita…

Mi madre sacudió la cabeza con resignación, como hace habitualmente.

– Circunstancias. Coyuntura. Siempre dices cosas así. Ya lo has decidido, ¿verdad? -me dijo, por toda respuesta-. Déu meu, nena. Haces conmigo lo que te da la real gana.

De modo que hice el equipaje (soy experta en hacer maletas), y un anochecer de octubre aterricé en el Seychelles International Airport, en Victoria, en un vuelo de Air Seychelles. Había embarcado en Madrid. Recibí la humedad del ambiente como un bautizo, como una iniciación que celebraron en torno a mí los ruidos de la noche.

Pasé los trámites de aduanas. Tuve que declarar mi perfume Insolence, de Guerlain, que había comprado en una tienda del duty-free de Barajas. Y cuando recogí la maleta y salí al hall central descubrí con agradable sorpresa que, tal y como me habían indicado (no siempre ocurre así), había un hombre esperándome para llevarme al hotel Le Méridien Barbarons, donde tendría lugar el encuentro. Lo saludé, le entregué mi equipaje, cambié algo de dinero en rupias, y me subí al Mini Moke descapotable que me trasladó confortablemente a mi destino. El viento me agitaba el pelo. Por aquel entonces me lo había cortado un poco, después de dar a luz a mi hija. Aun así, lo sentía rozarme la cara, acariciándome como hilos de seda, como finos rayos de luz de las constelaciones que me enrejaban dulcemente el rostro, que me daban la bienvenida.

Por supuesto, mi habitación era estándar, nada de superior sea view, ni deluxe beachfront, y mucho menos una ocean suite. Pero teniendo en cuenta que los gastos de alojamiento los pagaba el Instituto Cervantes, me pareció el jardín del Edén, aunque no tuviera vistas al árbol del bien y del mal. Al océano Índico, por el que había suspirado desde niña.

El congreso fue parecido a todos los congresos internacionales. Un batiburrillo de gente de distintas nacionalidades, todos hablando en un inglés tortuoso con acentos que a veces lo hacían indescifrable. La mayoría de los asistentes se escaqueaba cuando no les tocaba presentar una ponencia (la playa era tentadora; el jardín botánico y sus tortugas gigantes, un señuelo). Sólo había tres conferenciantes españoles, aunque varios latinoamericanos se ocupaban de que la lengua de Cervantes repicara claramente desde la piscina al spa, pasando por La Cocoteraie, el restaurante donde se servía el lunch.

Nunca supe muy bien qué hacía Fabio allí, ni cuál fue el título de su ponencia siquiera. Conociéndolo como lo conozco ahora, seguramente se apuntó porque el destino exótico le gustaba, no porque supiera un rábano sobre piratería.

Por entonces, yo era libre sentimentalmente hablando. Había tenido una hija, sola, y aunque me había recuperado relativamente bien del embarazo y el parto (excepto porque se me caía mucho el pelo, y por las dos caries que el dentista me había saneado tras dar a luz), sentía la necesidad imperiosa de saberme deseada. Quería experimentar con el deseo, igual que quien hace bricolaje con ínfulas de chinoiserie con un quiosco en su jardín.

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