Muerte Entre Poetas
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
– No consigo sintonizar nada bueno -dijo Samuel. Se encogió de hombros y se sentó en el sofá, lejos de la ventana-. No me extraña, ya no me queda pulso ni para cambiar de canal con el mando a distancia.
Yo seguía incapaz de hablar. «Alguno de esos murmullos que salen de la radio vendrán de un rayo que ha caído en Australia, en medio de un campo de cereales. Su sonido ha recorrido el mundo hasta llegar a nuestros oídos, pero Samuel apenas le presta atención. No es justo -pensé-, no es justo.»
– Paula me ha dicho hoy que soy un viejo -rezongó mi suegro-, lo que, por otra parte, yo ya sospechaba. Me ha dicho que no estoy al día. Le he preguntado para qué quiere uno estar al día. ¿Quién puede tener tanto interés en estar al día? A no ser que uno sea un calendario, por supuesto…
– Sixto se ha ido. Me ha dicho que me abandona -repliqué yo, sacudiendo ligeramente los hombros. Me hubiera gustado utilizar alguna palabra concerniente al amor, al fruto de nuestro antiguo vínculo, para explicarle a Samuel lo que pasaba, pero no supe.
Mi suegro se removió con dificultad sobre el sillón hasta encararse conmigo. Yo miré hacia el suelo. Me observé los zapatos y luego le dirigí al hombre una ojeada rápida. Samuel se ajustó las gafas y sus ojos me parecieron zurcidos con descuido bajo los cristales.
– ¿De qué estás hablando? -preguntó. Su voz tenía pliegues de seda entre los acerados pinchos de su tono habitual. Dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo-. Déjate de zarandajas. Es la hora de la cena, por si no te habías dado cuenta.
– No he preparado la cena esta noche.
– ¿No habrá cena? ¿Quieres matarme de inanición? ¿Así es como paga la sociedad a sus viejos, a los que han levantado este país con su esfuerzo y su sudor? Yo he sudado mucho a lo largo de mi vida, ¿sabes, hija? Creo que al menos me merezco una cena de vez en cuando. Considero que una cena por noche es bastante razonable.
Se desabotonó la camisa y se colocó el cuello estirándolo como quien abre una servilleta.
– Te estoy diciendo que tu hijo se ha marchado. -Me puse de pie lentamente-. Que nos ha abandonado. No sólo a mí, sino también a ti, y a tu nieta.
– ¿Lo dices en serio?
– Sí, creo que sí.
– Será canalla. ¿Qué te ha dicho?
– No mucho, la verdad. Sólo que se iba, y que tal vez mande a alguien a recoger sus cosas.
– ¿Y adónde ha ido?
– No lo sé. A un hotel. O a lo mejor ya tiene una nueva casa esperándolo.
– ¿Una casa…? ¿Te refieres a…? ¡No habrá sido capaz! -Tomó impulso y se levantó del sofá a la tercera intentona-. No te preocupes. Lo buscaré y lo mataré con mis propias manos. Un padre tiene derecho a hacer algo así con su hijo cuando su hijo es esa clase de hijo.
– No hables así, Samuel, por favor.
– He sido demasiado blando con él, ése es el problema. No lo he tratado con suficiente dureza. Nunca debería haber consentido que estudiara para veterinario. ¿Qué tipo de profesión es ésa para un hombre, veterinario…? -Se dio un golpe sordo en el pecho-. Por lo que yo sé, los animales sirven para comérselos, no para andar curándolos cuando se hacen pupita.
– Prepararé algo de cenar. No empieces, anda.
– Debería haberle obligado a entrar en el ejército, igual que hice yo en su momento. A estas alturas podría ser capitán, por lo menos. Estaría al lado de los valientes. Si fuese capitán nunca te habría abandonado. Abandonar a una mujer es el tipo de cosas que haría un veterinario.
– Lee novelas rosas; me lo ha confesado antes de irse. -Inicié la marcha hacia la cocina.
– ¿Novelas rosas? -Samuel me detuvo asiéndome del brazo; arrugó tanto el ceño que me causó el mismo efecto que uno de esos anuncios de películas de terror-. ¿Novelas de, de…? ¿Quieres decir…? -Se pasó la lengua por los labios, respiró hondo y dejó transcurrir uno de esos silencios metafísicos que sólo se entenderían en un mundo más evolucionado-. ¿Te refieres a novelas de… besitos? -Cerró los ojos y sentí que era como si se apagasen los pilotos de una caldera-. Lo encontraré. Tendrá que oírme. Me va a oír, el niñato. Dios mío, cuánto echo de menos el cuartel… Desde Alejandro Magno, siempre hemos tenido algunos sarasas en el ejército pero, así y todo, hasta nuestros invertidos son más machos que mi propio hijo.
– ¡Samuel…!
– Vamos a cenar lo que sea. Tengo hambre.
Dio media vuelta y se encaminó a la cocina, renqueando.
A la mañana siguiente me formé una imagen de mí misma un poco resumida, igual que hago a veces cuando pienso en algo que no logro comprender, como el universo. Me consideré como una partícula, una partícula humana sin más propiedades que la posición y el instante. De igual modo que se hace con el universo -porque es más fácil considerar el estado de una partícula y luego de dos antes de intentar abarcar el universo entero-, consideré mi estado. Claro que en la física clásica no está mal visto discurrir a la vez sobre la posición y el momento de una partícula, pero en mecánica cuántica está prohibido debido al «principio de incertidumbre», y yo me consideraba una mujer de la era cuántica, no de la clásica. Mi estado cuántico era como un libro de brillantes respuestas a cualquier pregunta que se me pudiera ocurrir. Sin embargo, no se me ocurrió ninguna pregunta.
Pensé en las historias alternativas del universo, en la narración de una secuencia temporal de sucesos, y por fin di con una cuestión que ni siquiera era originaclass="underline" ¿cuál sería la posibilidad de que sucediera mi historia, la pasada, la presente y la futura, en vez de otras que también podrían haber sido ciertas? Mi marido me había abandonado. Quizás volvería conmigo, o quizás no. Esas dos posibilidades eran mutuamente excluyentes porque sólo una de ellas podía ocurrir, y eran a la vez exhaustivas porque una de ellas sin duda ocurriría.
Antes de levantarme, y mientras reflexionaba en esos términos, abrí los ojos y dejé que la oscuridad del dormitorio me llenara por dentro. Miré la luz parpadeante del despertador y me di cuenta de que era muy temprano. Nunca me había gustado madrugar, aunque adoraba ver amanecer. Las pocas veces que había logrado presenciar el espectáculo del amanecer había sido con ocasión de algún viaje o alguna pequeña enfermedad. Amaba el amanecer porque, entre otras razones, para mí era la manera que tenían los cielos de decirme: «Tranquila, aún no estamos hartos.»
De cualquier forma, me las había ido arreglando en la vida para no tener que levantarme temprano. Desde que dejé el instituto puede decirse que no me había visto obligada a madrugar. Cuando fui a la universidad pedí el horario de tarde y, salvo una temporada de prácticas de laboratorio, nadie consiguió hacerme salir de la cama antes de las diez. Luego me casé con Sixto y todo siguió en los mismos términos si exceptuamos los cinco primeros meses de vida de mi hija Paula: los pasó en un continuo estado de excitación. Dormía de día y berreaba de noche, como si no acabara de habituarse a estar en el mundo, como si pensara que nacer había sido un error que empezaba a lamentar profundamente. El mismo día en que cumplió cinco meses, su sueño se regularizó y comenzó a dormir diez horas seguidas todas las noches.
Poco después empecé a dar clases en la universidad (me había doctorado durante el embarazo), pero pronto descubrí que la vida universitaria no estaba hecha para mí. Me apasionaba la investigación; no obstante, no creo ser capaz de enseñar nada a nadie. Tampoco encontré en las aulas a muchos que desearan realmente aprender. La ignorancia me irritaba, y me dio por sospechar, como George Bernard Shaw, que la educación es una tontería, que nadie puede convertir a una liebre en un caballo de carreras mediante la educación.