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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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El diccionario de las ideas recibidas

No me canso de admirar y recordar el Diccionario flaubertiano de las ideas recibidas. Vivimos rodeados por una selva mental, por una maraña de obsesiones, de lugares comunes, de ideas recibidas y congeladas. Nuestras peores cárceles contemporáneas son cárceles intelectuales, que tienden a transformarse muy pronto en prisiones reales y tangibles, en gulags.

Asisto a un foro académico y me esfuerzo por transmitir una visión matizada, razonable, no exclusivamente negra, como es la costumbre actual, del momento latinoamericano, y me dicen: "Interesante, pero excesivamente optimista". ¡Ni siquiera tenemos derecho al optimismo, esa actitud tan higiénica del espíritu humano!

Yo me pregunto si el pesimismo absoluto, la noción, que parece haberse puesto de moda, de una América Latina dejada de la mano de Dios, africanizada, no es otra insidiosa idea recibida, producto de la pereza colectiva. Ya me imagino lo que anotaría un Flaubert de ahora en su Diccionario. America Latina: región extremadamente calurosa, malsana, poblada por narcotraficantes, guerrilleros maoístas y deudores que nunca pagan sus deudas.

La verdad es que España, que hizo el descubrimiento de America hace ya cinco siglos, ha descubierto en estos años a Europa, cosa que era muy necesaria para la propia España y para todo el mundo hispánico, pero hasta ahora no ha sabido aportar a sus socios europeos un conocimiento mejor, más complejo, más rico, de los asuntos latinoamericanos. Por lo menos en el terreno de los medios de comunicación y de la opinión pública. Por el contrario, los medios peninsulares parecen contaminados por los tics, por las simplificaciones y las generalizaciones rápidas de sus colegas del Norte. Hasta las dificultades y las lentitudes de la transición chilena provocan reacciones malhumoradas, como si el turismo errático del general Pinochet no fuera una buena prueba, precisamente, de su desplazamiento político, y como si la memoria de la historia reciente se hubiera borrado en la península.

Un comentario publicado en estos mismos días admite que México y Chile podrían ser relativas excepciones dentro de la negrura del cuadro general. Si son excepciones, me digo, son excepciones que no confirman sino que alteran, por su importancia, la regla. En dos años, México ha reducido su inflación en forma espectacular y avanza en un proceso de integración económica con Canadá y con los Estado Unidos, hecho que contradice prejuicios arraigados, ¡ideas recibidas!, y que produce mayor inquietud, aunque esto parezca paradójico, en los sindicatos norteamericanos que en sus colegas mexicanos. De todos modos, quizás sea mejor para México, a pesar de las teorías, en lugar de una sangría constante de trabajadores miserables, desprotegidos, que las industrias de su vecino se instalen dentro de sus fronteras. Ya sabemos, aun cuando el Diccionario de Flaubert diría lo contrario, que la naturaleza primigenia, la ecología, sufren mucho más con el subdesarrollo.

En el sur chileno, el dinamismo de la economía determina un cambio regional que todavía no se percibe desde aquí. Bolivia, el gran olvidado del continente, alcanza niveles notables de integración económica con sus vecinos de Chile, y esto, por sí solo, sin que intervengan negociaciones diplomáticas, coloca los viejos problemas de fronteras en una perspectiva nueva. El Congreso boliviano, por estrecha mayoría, acaba de aprobar la venta de gas natural a Chile, lo cual exigirá inversiones en un gasoducto superiores a los quinientos millones de dólares. Quedó establecido por escrito que las autoridades bolivianas no olvidaban el tema de la salida al mar, pero lo interesante es que un tema viejo no impidiera el encuentro de soluciones modernas.

Todo esto no significa que la situación continental no sea terriblemente difícil, en muchos casos negra. Pero revela que hay algunos aspectos positivos, algunas luces, algún vago resplandor al final del túnel. Los acuerdos de integración de los países del Atlántico encuentran obstáculos abrumadores, sobre todo a causa de las disparatadas finanzas brasileñas y argentinas, pero ocurre que las exportaciones de Argentina al Brasil, al cabo de poco tiempo, han experimentado un aumento espectacular.

Los dos casos aparentemente perdidos del continente, los dos puntos verdaderamente negros, son el Perú, destruido por la guerrilla senderista cuyos atentados han causado decenas de miles de muertos y han costado más del doble de su deuda externa, y Cuba, donde el diario Granma, después de treinta años de castrismo, enseña a la población métodos para alimentarse con cáscaras de plátano. En buenas cuentas, el discurso anacrónico, anticuado, es el de las revoluciones de los años cincuenta. Las ideas recibidas sobre America Latina, que circulan con éxito en Europa, todavía están marcadas por los populismos y los stalinismos de toda la vida. Tenemos que recurrir a un Flaubert de hoy para que lo ponga en evidencia.

Impresiones, conjeturas, especulaciones

La semana pasada, es decir, el año recién pasado, anuncié que reservaría mis impresiones de lectura sobre algunos nuevos narradores chilenos. Lo dije por razones de espacio, pero pienso que ahora podría agregar muchas otras razones. Soy un cronista sin tema fijo, un observador de cosas diversas, un espectador y protagonista ocasional, y no pretendo convertirme a estas alturas en crítico literario ni nada que se le parezca. Echo de menos los tiempos en que la crítica era múltiple y variada, en que nos llegaba desde diversos y opuestos rincones, pero no tengo ninguna posibilidad de remediar esa carencia, ese vacío. Compruebo en todo caso que la vida literaria chilena recupera su densidad lentamente y soy más bien optimista al respecto. Quizás porque mi optimismo es temperamental y vocacional.

Antes de continuar en forma desordenada, no sistemática, con el tema de la última semana de 1991, quiero sugerir una hipótesis. Una literatura no atraviesa con impunidad, sin heridos, muertos y desaparecidos, por un largo periodo de crisis política. Toda crisis política implica censura, simplificación intelectual, polarización, incluso antes de que culmine y de que llegue a la censura por decreto supremo. Este es un asunto que todavía no miramos con entera claridad. No terminamos de entender que las barreras y las prisiones ideológicas conducen inevitablemente a las otras prisiones. La crisis nuestra, que comenzó mucho antes del 11 de septiembre de 1973 y que todavía no termina del todo, produjo un adelgazamiento de nuestra cultura, un receso, una pérdida de su humus natural. Hubo creación y, aún más, hubo una creación vigorosa, más original en alguna medida que la del pasado, pero se hizo desde las catacumbas, o desde el exilio, en situaciones de producción y de comunicación, de transmisión, que por lo menos podemos calificar de malsanas. Los narradores más interesantes de hoy muestran las huellas de esa crisis. Son huellas reveladoras de salud, de vigor creativo. Indican, en las formas siempre equívocas, indirectas, metafóricas de toda literatura auténtica, que la crisis ya se mira desde una distancia, con perspectiva. Por ejemplo, en Vaca sagrada, la última novela de Diamela Eltit, un personaje, Manuel, ha resuelto partir al sur, un sur mítico siempre anotado con mayúscula, y en ese espacio por definición lejano, enigmático, al parecer (los datos que entrega el texto no son evidentes y transparentes), ha sido detenido. En otras palabras, todavía existen la dictadura y la represión, pero no aquí sino en otra parte, en una geografía diferente, que sirve como metáfora de un tiempo diferente.

La escritura de Diamela Eltit, sobre todo en esta última obra suya, es lenta, densa, reiterativa, pero esa lentitud en cierto modo queda reivindicada, salvada, por un ritmo muy seguro. El relato, a través de la repetición con variaciones, donde siempre se avanza un paso y a la vez se profundiza en una situación ya planteada, adquiere un sentido de catarsis y de exorcismo. Hay abundantes imágenes de sangre, pero son ambivalentes: la sangre de la violencia y de la muerte, la sangre de la vida. El narrador femenino posee una opacidad y una densidad pesadas, una especie de estabilidad que podríamos llamar "vacuna", pero dirige sobre las cosas, sobre el espacio circundante, una mirada intensa, en algún aspecto iluminadora. La falta de inteligibilidad completa, al menos para mí, se transforma en un aliciente para continuar la lectura, así como sucede exactamente lo contrario en otros libros recientes: la claridad narrativa, el enredo argumental constante, la locuacidad, desembocan en la perfecta monotonía.

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