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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Hace pocos días reincidí en estos hábitos, que tienen efectos mentales profundamente higiénicos. Me encontré en un caserón del norte de España, en un dormitorio que estaba cerca de la plaza principal del pueblo. Se celebraba la gran fiesta anual. El carrusel, el tiovivo colocado en un costado de la plaza, anunciaba sus funciones que se prolongaron hasta después de las cinco de la madrugada, por medio de una sirena insistente, de una estridencia increíble. La orquesta, instalada en una tarima, utilizaba todos los recursos de la electrónica para rasgar el aire de la noche, para hacer reventar los tímpanos en muchas leguas a la redonda. No conozco ningún pueblo con más capacidad de hacer ruido que el español. Cada región española es diferente, pero el ruido las une a todas, a Valencia con Cantabria, a Cataluña con Castilla la Vieja. Pues bien, salí a una de las galerías de ese caserón y me dediqué a sacar libracos polvorientos. Leí una comedia de Moratín, una página de Jovellanos y un conjunto de crónicas sobre la guerra del Pacífico enviadas por el corresponsal en Lima de la Ilustración Española. El corresponsal sabía bastante poco del Perú y absolutamente nada de Bolivia y de Chile. Hacia toda clase de predicciones erróneas sobre el curso que seguirían, a su juicio, las operaciones bélicas, y después, con notable soltura de cuerpo, se olvidaba de haberlas hecho. Parecía un periodista de vanguardia de la prensa contemporánea. Sus descripciones de batallas navales y terrestres, sin embargo, eran amenas, y me permitieron llegar hasta el repentino y misterioso silencio de la madrugada, un silencio interrumpido por algún grito lejano y una botella que se estrellaba contra el pavimento.

El diario de Luis Oyarzún, que comenté aquí la semana pasada, tiene un sabor inactual que me interesa, un eco de los años cincuenta, todavía cercanos en la cronología, pero, a la vez, enormemente lejanos, anacrónicos, casi prehistóricos. Es natural que un hombre de mi generación, llamada "del cincuenta", salga al rescate de esas páginas. Me advierten que han sido expurgadas por algún miembro pudibundo de la familia, y el caso me parece curiosamente irónico. Oyarzún no hace más que hablar contra los chilenos depredadores, destructores de árboles, de paisajes, de casas, de cosas. Ahora sabemos que el también fue víctima de la depredación, pero su Diario, a pesar de las tijeras del censor privado, se salva. Y nos habla de textos que hemos olvidado y que deberíamos, si tuviéramos un mínimo respeto por nosotros mismos, si no fuéramos esclavos de la actualidad, de la moda, recuperar. Textos, por ejemplo, de Pedro Prado. En nuestra provincia, Prado fue un poeta auténtico y un hombre de ideas, un intenso animador intelectual. Neruda, que en su juventud lo había mirado como un caballero conservador, excesivamente cosmopolita, sintió más tarde la necesidad de reivindicarlo. Hay que leer su discurso de incorporación a la Facultad de Filosofía, donde hace la defensa simultánea, en apariencia herética, de dos de los extremos más opuestos de nuestra literatura: Mariano Latorre y Pedro Prado. Oyarzún, más fragmentario que Neruda, incisivo y errático, heredero lejano del doctor Johnson, nos habla de paseos por el huerto de la casa de Prado, de malezas que él dejaba crecer en libertad, de "jardines ruinosos, casas deshabitadas, puertas vencidas…".

El rey de España en la Araucanía

Nunca había llegado un Rey de España hasta el remoto Reino de Chile, bautizado con ese pomposo título en homenaje al Príncipe Felipe, el futuro Felipe II, en la víspera de sus bodas con María de Inglaterra, y nunca había bajado, por consiguiente, hasta la Araucanía, la región de América que combatió por más tiempo y con mayor eficacia contra los ejércitos españoles. El hecho de que algunas comunidades indígenas hayan protestado por la visita real, invocando situaciones que tienen más de cuatro siglos de antigüedad, es sin duda insólito y anacrónico. Sin embargo, nos hizo reflexionar un momento, en medio de los festejos, sobre una historia extraordinaria y que tuvo un final triste: un pueblo que no fue derrotado por las armas de los españoles, sino por el aguardiente y la chicha que le pasaban los traficantes chilenos.

Los obispos del sur habían conseguido que los delegados mapuches aceptaran conversar con el Rey, pero la presencia de un funcionario del Gobierno chileno hizo que todo el plan fracasara. El asunto quedó colocado dentro de la más impecable tradición histórica. Algunos de los mejores defensores de los araucanos, en los tiempos coloniales y también durante la República, fueron los enviados de la Iglesia. En la Colonia, protegían en nombre del Rey a los indígenas. Estos estaban acostumbrados a recurrir a la Corona o a la Iglesia en sus querellas con las autoridades locales. No está nada de claro que la independencia del país los haya beneficiado en algo. Nuestros historiadores no tienen el hábito de contar estas cosas, pero la historia debe ser reexaminada, revisada, reescrita a cada momento. Hay muchos indicios de que las tribus araucanas, años después de la formación de la República, tenían simpatías y hasta nostalgias monárquicas.

En mis primeros años de diplomático en París, en la década del sesenta, investigué en los archivos del Quai d'Orsay la historia de Aurélie Antoine Primero, el aventurero francés que consiguió hacerse "coronar" Rey de la Araucanía y de la Patagonia. Según los informes que mandaban los representantes franceses en Santiago y en Concepción, Aurélie Antoine, que era gascón, que se llamaba Antoine de Tounens, y que había fracasado en su tierra en la profesión de corredor de propiedades, había sabido que los araucanos, decepcionados con el Gobierno de Manuel Montt, al que llamaban "Monte", se hacían ilusiones sobre una restauración colonial. Habían visto hacia poco y habían escuchado hablar de barcos españoles que navegaban frente a las costas del sur. Tounens, que era un hombre alto, blanco, barbudo, se presentó ante las tribus como hijo del Rey de España, recién desembarcado en algún lugar de la costa, y fue proclamado Pichirey sin mayores trámites. De inmediato formó un ministerio, emitió moneda y mandó cartas amenazantes a las autoridades chilenas. También concedió títulos de nobleza, y entiendo que sus descendientes todavía lo hacen. Uno puede viajar a un pueblo de la provincia francesa y adquirir, por una suma módica, un titulo de marques de Carampangue o de Vizconde de Curanilahue o Nahuelbuta. ¡No está mal!

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