El whisky de los poetas
- Автор: Edwards Jorge
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:
Encuentro un ejemplo interesante en Argos el ciego, novela del autor siciliano Gesualdo Bufalino. El narrador es conducido por dos de sus personajes, don Nitto y el honorable Scillieri, a una mesa donde hay una resma de papel blanco, un tintero y una estilográfica de oro. En una mesa vecina, dos guardaespaldas, provistos de un cuchillo de hoja ancha, un "leccasapone" de acuerdo con la jerga de los mafiosos, abren grandes panes de campo y los untan de mermelada. Don Nitto pronuncia un largo y enrevesado discurso. Ocurre que el honorable Scillieri tendrá que firmar un pacto entre los monárquicos y el partido de los Uomini Qualunque, es decir, en traducción libre, el partido de los ciudadanos de a pie. Se trata de regenerar a Italia, ni más ni menos. El escritor, experto en hacerse el sordo o el tonto, pregunta: y yo, ¿qué tengo que ver con todo esto?
Los dos personajes le indican la hoja de papel y la pluma. Le piden que ponga dos o tres conceptos, pero sustanciosos. Sobre la patria, el trabajo, la libertad. Si, sobre todo la libertad. El escritor, profesor de letras, especialista en Homero, en Ovidio, en Leopardi, se resiste, pero la cercanía de los dos comedores de pan con mermelada, y la expresión de profunda tristeza de don Nitto, son más que convincentes. El narrador de la novela, Gesualdo Bufalino en persona, ¿o este Gesualdo Bufalino es una invención más del escritor que obedece al nombre de Gesualdo Bufalino?, se sienta y se pone a escribir. He aquí la frase que cierra el capitulo: "Introduje alguna malicia, el honorable Scillieri se jugó la carrera, yo sigo huyendo".
Yo he huido, también, pero nunca he dicho "de esta agua no beberé". Desafío al amigo lector a demostrarme lo contrario. Gesualdo Bufalino, a todo esto, fue toda su vida profesor de letras en un instituto de Sicilia. Publicó Perorata del apestado, su primera novela, a los sesenta y un años de edad, poco después de jubilarse, y el éxito fue inmediato. Yo acabo de terminar la lectura de Argos el ciego, comienzo Perorata del apestado, pienso seguir con Las mentiras de la noche. Mi curiosidad por Bufalino empezó cuando tropecé en una revista con un conjunto de comentarios, divagaciones, retratos, evocaciones, sobre un viejo libro de fotografías. Dicen que Leonardo Sciascia, coterráneo suyo, leyó esos comentarios y buscó a Bufalino, entusiasmado, para aconsejarle que se dedicara a la literatura. El gesto de Sciascia fue interesante, generoso, pero el consejo me parece absurdo. Si Bufalino era escritor, esto es, artista, manipulador, dominador de la palabra, no tenia más remedio, para su gloria y para su desgracia, que dedicarse a la literatura. Y desde ese momento, iba a tropezar con muchos don Nittos y muchos honorables en su camino. ¿Qué otra cosa le podía ocurrir? Tenía que introducir malicia en sus textos, cosa inevitable, inherente a esos demonios del escritor de que tanto se ha hablado, y tenía que huir, huir para regresar.
Lo curioso es que esos artefactos verbales, esas invenciones, brotan de una realidad densa, calurosa, hermosa, terrible, y a su vez la configuran, le introducen coherencia, la crean. La vida siciliana, al fin y al cabo, no es más que un conjunto de palabras de Lampedusa, de Bufalino, de Sciascia, de muchos otros. De esa textura verbal brotan conversaciones, amores, tragedias, bailes de pueblo, paisajes, músicas, sueños. Argos el ciego, que se subtitula no por simple capricho Los sueños de la memoria, termina con una breve oración.
Escojo un par de fragmentos: "¡Odiable, amable vida! Cruel, misericordiosa. Que caminas, caminas. Y estás ahora entre mis manos: una espada, una naranja, una rosa. Estás, no estás: una nube, un viento, un perfume… Vida, cuanto más languidece tu fuego más lo amo. Gota de miel, no te caigas. Minuto de oro, no te vayas".
Todos lo sabemos y lo sentimos, pero existe una especie particular de personas, por lo demás perfectamente inútiles, con alguna razón sospechosas, que son capaces de ponerlo en palabras.
La esclerosis de la revolución
Parece demostrado que las revoluciones, que son espontáneas, juveniles, creativas en sus comienzos, sufren un proceso de envejecimiento rápido. Existe un anquilosamiento, una esclerosis de las revoluciones. Pensemos en el joven Robespierre, en el Lenin de la Plaza Roja, en los guerrilleros de la Sierra Maestra. Con el tiempo mueren y se convierten en mártires, leyendas, mitos o sobreviven, para desgracia de sus países, y se transforman en dictadores ancianos y más bien reiterativos, obstinados, majaderos. La Revolución Francesa fue derrotada bastante pronto, por suerte para ella. José Stalin, en cambio, envejeció, y envejeció muy mal. Los testimonios que se conocen ahora son impresionantes. Se convirtió en un viejo cruel y cínico, que dedicaba la mayor parte de su tiempo a tomar champaña, a ver películas norteamericanas del Oeste, a recibir los informes de su policía secreta y a sentenciar a sus compatriotas.
El dirigente revolucionario que ha mantenido una leyenda en vida durante más largo tiempo es Fidel Castro. De eso no cabe duda. Pero esa leyenda se resquebraja ahora con una rapidez vertiginosa, y él mismo contribuye a eso con sus declaraciones. Su discurso político reciente suele ofrecer muestras antológicas de este fenómeno de esclerosis. Y los textos oficiales cubanos también llevan un lastre de lenguaje repetitivo, cansado, vagamente paranoico. Ahora tratan de convencernos, por ejemplo, de que la votación contra Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas es el resultado exclusivo de "las maniobras y chantajes" de Washington. Nosotros sabemos algo de estas cosas. En un pasado cercano, las votaciones contra nosotros no eran una respuesta frente a atropellos reales, perfectamente demostrados, sino el producto de oscuras conspiraciones del comunismo internacional. Se echa la culpa a terceros, se invoca el argumento eterno de la persecución. La Revolución, que desde hace muchos años persigue toda disidencia, toda discrepancia, toda tibieza, se declara perseguida. Es una paradoja que parece formar parte de su naturaleza más esencial. En una época se decía que mi crítica del castrismo era la consecuencia de un delirio mío de persecución, esto es, de una enfermedad mental. Yo habría padecido de visiones malignas en esa isla paradisíaca. Guillermo Cabrera Infante, el novelista de Tres tristes tigres, que conocía bien estos asuntos, me escribió en una carta de esos años: "No hay delirio de persecución allí donde la persecución es un delirio".
Ya era un delirio en 1971, aunque muchos no quisieran verlo así, y es un delirio mucho más grave ahora, 21 años más tarde. La resolución de las Naciones Unidas se refiere a "turbas" manejadas por la policía secreta y utilizadas para amedrentar a los disidentes. No sé si este párrafo es o no de redacción norteamericana; sé, en cambio, y esto es mucho más importante, que se refiere a un caso concreto y comprobado. A comienzos del año pasado un grupo de escritores, en su mayoría jóvenes, no muy conocidos, pero miembros todos de la UNEAC, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, publicó un manifiesto de tono moderado, razonable y atendible, que pedía una democratización negociada y gradual del régimen. La promotora principal de esta iniciativa, según los rumores que salían de la isla, era una escritora de poesía de apellido, si no me equivoco, Cruz Varela. Lo interesante del asunto era que el manifiesto salía de adentro y se presentaba a cara descubierta, con nombres y firmas. Muchos pensaron en ese momento que el grupo sería aplastado de inmediato, sin la menor consideración por la opinión pública internacional. Otros, con probable ingenuidad, creyeron que podría ser el origen de un movimiento de reflexión y de alternativa. Hubo algunos meses de expectación y de relativa esperanza, hasta que el régimen intervino en forma implacable. Una turba, encuadrada por miembros de la policía vestidos de civil y armados, se presentó frente a la casa de la escritora. La multitud rompió las ventanas, derribó la puerta y destruyó todo lo que encontró a su paso en el primer piso. La autora, que se encontraba en el segundo piso, fue arrastrada por los cabellos, a codazos, empujones, patadas, hasta la calle. Ahí fue obligada literalmente a comerse varias hojas del manifiesto de ella y de sus amigos. En seguida fue llevada a la cárcel.