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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Es lógico, entonces, que los mapuches hayan esperado algo de un encuentro con el Rey y se hayan retirado al ver en la sala a un funcionario del Gobierno. Claro está, el Rey no vino para resucitar historias antiguas, sino para mejorar las relaciones futuras entre España y Chile. Pero la integración de los araucanos a nuestro mundo y a nuestra cultura, de una manera moderna, es importante. Forma parte de la reconciliación con nuestro pasado y también ayuda a preparar el futuro. Además, si se trata de celebrar aniversarios, la guerra de la Araucanía es uno de los episodios más extraordinarios de la conquista de América. Los araucanos vivían en la Edad de Piedra, en un estado de civilización muy inferior al de los indígenas del Perú o de México, pero consiguieron, quizás por que razón, desarrollar técnicas militares mucho más avanzadas que las de ellos. Atacaban en formación, por grupos, a diferencia de los quechuas o los aztecas, e inventaron sistemas eficaces para neutralizar a los caballos y para defenderse de los cañones de los españoles. Al comienzo de la batalla de Tucapel, Lautaro estaba seguro de la victoria. Por eso, según los cronistas, le gritó a Pedro de Valdivia, que había sido su amo y por quien sentía estimación: "¡Huye, Valdivia, Huye!"

Esa guerra, por último, produjo la primera gran literatura hispanoamericana, desde La Araucana, poema renacentista, lleno de reminiscencias homéricas, hasta el Arauco Domado, que es quizás la primera expresión del barroco literario en el Nuevo Mundo. En sus estrofas descriptivas de la naturaleza del sur de Chile, el Arauco Domado es de mejor calidad poética que La Araucana, pero así como Ercilla, poeta cortesano de visita en estas tierras, embellecía demasiado a los héroes y las heroínas de Arauco, Pedro de Oña, nacido en Angol de los Confines, les tenía miedo y los pintaba con tintas excesivamente negras. Algunas ideas corrientes sobre su barbarie, su canibalismo, su crueldad supersticiosa, que los llevaba a convertir a los niños mejor dotados de la tribu en monstruos (imbunches), vienen del poema de Oña, que desacreditaba a los indígenas y hacia la apología de los ejércitos imperiales y de la Inquisición.

Si las protestas de los mapuches y sus peticiones al Rey sólo sirvieran para recordar algunas de estas cosas, eso ya las justificaría de alguna manera. El quinto centenario no podrá ser sólo una celebración. También, para que tenga algún sentido, tendrá que ser una revisión y una toma de conciencia.

Historia de una cadena

Al final del trimestre de invierno del hemisferio norte, mis alumnos de la Universidad de Chicago tienen que entregarme un ensayo de doce o quince páginas de extensión. Es lo que aquí se llama y empieza a llamarse en casi todas partes, por influencia norteamericana, un "paper". Yo les explico a mis alumnos en qué consiste, en mi opinión, un buen "paper", es decir, un buen ensayo breve. Deben partir con un tema bien definido, delimitado con exactitud, y con ideas claras, y deben desarrollarlas con calma, con respeto de su coherencia interna, sin excesivas digresiones. Para ilustrar el asunto, les cuento una anécdota personaclass="underline" un fracaso parcial, pero notorio, en un texto mío. El profesor, en estas latitudes, no es un maestro infalible. Tampoco es un "guru". El profesor es una persona que puede equivocarse a veces e incluso muchas veces. No es, ni mucho menos, el propietario exclusivo de la verdad.

Pues bien, en un congreso de escritores celebrado en Brasilia, hace cuatro o cinco años, tuve que leer un texto, un "paper", y comencé por relatar una anécdota que me había tocado vivir, en la década de los sesenta, junto a Pablo Neruda. Neruda me propuso que viajáramos juntos, en su automóvil, a Isla Negra, y yo, ingenuo, sin saber las complicaciones que podía acarrear un viaje con Neruda, acepté feliz de la vida. Después de cruzar el sector de la Estación Mapocho, esto es, mucho antes de salir rumbo al poniente, el poeta decidió bajarse a visitar "un momento" el Mercado Persa. Al cabo de un recorrido que fue largo y que fue historiado y lento, el poeta descubrió una enorme y enmohecida cadena de barco debajo de una mesa. Desde ese preciso instante, resolvió que la vida no tenía el menor sentido sin la posesión de esa cadena. Dio un par de cheques a fecha, porque los gastos del poeta solían ser superiores a los ingresos, y entró en complicados tratos para conseguir que un camionero le transportara la enorme cadena a su casa de Isla Negra. El camionero y su camión aparecieron, en efecto, al día siguiente, y la cadena quedó colocada en el jardín, con uno de sus extremos asomado al barco de madera donde el poeta solía sentarse a la hora de los aperitivos y con el resto caído en la tierra, formando un montón de poderosos eslabones, en un azar más o menos "orientado".

Muchas veces me pregunté por las motivaciones subjetivas, íntimas, misteriosas, que habían llevado al poeta a fijarse en esa cadena y a darse tanto trabajo para instalarla en el jardín de su casa. Aun cuando había abandonado hacía muchísimos años la atmósfera marítima, sumergida, informe ("como cenizas, como mares poblándose"), de Residencia en la tierra, había una parte de su personalidad que seguía anclada en esos territorios. No uso la palabra "anclada" sin intención. Esa formidable cadena del Mercado Persa había servido para lanzar un ancla, para clavarla en los puertos y para levantarla en los comienzos de los largos viajes. El Neruda portuario de los años del Extremo Oriente, el de Rangún y el del barrio de Wallawatta, en Ceylán, el de las despedidas al estilo de "Tango del viudo" y el de las travesías oníricas como la del "Fantasma del buque de carga", con ese objeto tan pesado y tan enigmático en su inutilidad. No lo comprendí muy bien cuando el poeta discutía interminablemente con el camionero y yo estaba impaciente por seguir el viaje a Isla Negra, pero empecé a comprenderlo con el tiempo, con la garúa, con la relectura de la poesía.

En mi intervención en el Congreso de Brasilia, conté la anécdota de la cadena, la interpreté en forma rápida, con la misma impaciencia que me había dominado en esa mañana remota en que la encontramos, y pasé a ocuparme de otros asuntos en apariencia más serios. Después se me acercó un intelectual francés, filósofo y critico estructuralista y me dijo lo siguiente: "La historia de esa cadena había empezado a intrigarme y a interesarme mucho. ¡Por qué la abandonó usted de un modo tan brusco, en la mitad de su exposición!" Me quedé perplejo. "Supongo -le respondí, después de unos segundos de silencio- que porque soy sudamericano, porque no soy filósofo francés". El filósofo sonrió, pero no creo que en su fuero interno me haya disculpado.

Con justa razón, por lo demás. Si me hubiera mantenido en el tema de la cadena sin impacientarme, sin tratar de abarcar demasiado, me habría salido un texto más simple y más eficaz, redondo y sólido como la cadena misma. Una cadena, sobre todo si ha recorrido todos los mares de este mundo, los de los trópicos y los del Cabo de Hornos, no es un objeto cualquiera, y menos cuando la mirada de un poeta la detecta, la separa, la incorpora al conjunto de sus colecciones.

Trató de aplicar la historia de la cadena de Neruda al problema de los "papers" de fines del trimestre, problema que provoca grandes insomnios y angustias, y noté que mis alumnos me miraban con una perplejidad parecida a la que yo demostré frente al filósofo estructuralista. Me dije, sin embargo, que la gente de esta ciudad barrida por la nieve y por vientos glaciales, polares, es astuta, de entendederas rápidas. Pensé que mi experiencia con esa cadena famosa no caería en saco roto.

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