La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– ¿Al hablar del Antillo se refiere la testigo a Stefan Skellen, coronel imperial?
– ¡A él me refiero, y cómo!
– Pido que conste en acta. ¿Cuándo y dónde se encontró la testigo con el coronel Skellen?
– Ya en septiembre, el catorce, en el fuerte de Rocayne. Rocayne, alteza tribunal, es una estación fronteriza que guarda la ruta de mercaderes que conduce de Maecht a Ebbing, Geso y Metinna. Allá, justamente, llevó nuestra cuadrilla Dacre Silifant, con quince caballos. Así que éramos todos veinte y dos, puesto que el resto ya estaban listos y a la espera en Rocayne, comandados por Ola Harsheim y Bert Brigden.
El suelo de madera resonó bajo las pesadas botas, las espuelas tintinearon, entrechocaron las hebillas.
– ¡Hola, don Stefan!
Autillo no sólo no se levantó, sino que ni siquiera bajó los pies de la mesa. Tan sólo agitó la mano, en un gesto muy señorial.
– Por fin -dijo en tono acre-. Mucho nos has hecho esperarte, Silifant.
– ¿Mucho? -sonrió Dacre Silifant-. ¡Qué donaire! Me disteis, don Stefan, cuatro semanas para que os juntara y trajera hasta vos a una tropa de los más mejores hampones que el imperio ha dado con diferencia. ¡Para que os trajera una cuadrilla para la que reuniría en un año sería poco! Y yo me las compuse en veintidós días. Se merece un cumplido, ¿no?
– Guardaremos los cumplidos -repuso frío Skellen- hasta que vea a vuestra cuadrilla.
– Pues ya mismo. Éstos son mis tenientes y ahora vuestros, don Stefan: Neratin Ceka y Dufficey Kriel.
– Vamos, vamos. -Antillo por fin se decidió a levantarse, se levantaron también sus adjuntos-. Señores, os presento a Bert Brigden, Ola Harsheim…
– Nosotros ya nos conocemos. -Dacre Silifant apretó con fuerza la derecha de Ola Harsheim-. Aplastamos la rebelión de Nazair junto con el viejo Braibant. ¡Vaya un donaire fue aquello, eh, Ola! ¡Ah, donaire! ¡Más arriba de las cuartillas les llegaba la sangre a los caballos! Y el señor Brigden, si no yerro, es de Gemmer. ¿De los Pacificadores? ¡Ah, encontrará conocencias en el destacamento! Tengo unos cuantos Pacificadores allá.
– Ardo en deseos de verlo -cortó Antillo-. ¿Podemos ir?
– Un momentillo -dijo Dacre-. Neratin, ve y pon a los hermanos en su sitio, para que a los ojos del noble coronel se vean donosos.
– ¿Éste o ésta, Neratin Ceka? -Antillo entrecerró los ojos, mirando cómo se iba el oficial-. ¿Es macho o hembra?
– Señor Skellen. -Dacre Silifant carraspeó, pero cuando habló tenía la voz firme y la mirada fría-. Yo eso no lo sé de seguro. Parece ser un hombre, mas certidumbre de ello no tengo. A cambio albergo la certeza de que Neratin Ceka es un oficial. Aquello que juzgasteis conveniente preguntar, alcance tendría si yo abrigara intenciones de pedir su mano. Y no las abrigo. Por lo que colijo, vos tampoco.
– Tienes razón -reconoció Skellen tras pensarlo un instante-. No hay más que hablar. Vamos a ver esa tu mesnada, Silifant.
Neratin Ceka, personaje de sexo indefinido, no había perdido el tiempo. Cuando Skellen y los oficiales salieron al patio del fuerte, el destacamento estaba listo para pasar revista, formando una línea de tal modo que la testa de ningún caballo sobresaliera más de una cuarta. Antillo tosió, satisfecho. No es una mala banda, pensó. Eh, si no fuera por la política, agarraría a esta cuadrilla y me iría a la frontera, a robar, violar, matar y quemar… Otra vez uno se sentiría joven… ¡Ay, si no fuera por la política!
– Bueno, ¿y qué tal, don Stefan? -preguntó Dacre Silifant, ruborizándose con una excitación contenida-. ¿Cómo los puntuáis a estos mis donosos gavilancillos?
Antillo paseó la mirada de un rostro al otro, de una silueta a la otra. A alguno lo conocía personalmente, mejor o peor. A otros a los que reconoció los conocía de oídas. Por su reputación.
Til Echrade, un elfo rubio, batidor de los Pacificadores gemmerianos. Rispat La Pointe, maestro de guardias de esa misma formación. Y otro gemmeriano: Cyprian Fripp el Joven. Skellen había estado presente en la ejecución de El Viejo. Ambos hermanos eran famosos por su inclinaciones sádicas.
Más allá, inclinada libremente en la silla de su yegua pía, estaba Chloe Stitz, ladrona, a veces contratada y usada por los servicios secretos. La mirada de Antillo huyó rauda de sus ojos descarados y sonrisa malvada.
Andrés Fyel, un norteño de Redania, un carnicero. Stigward, pirata, renegado de Skeilige. Dede Vargas, procedente del diablo sabe dónde, asesino profesional. Kabernik Turent, asesino por gusto.
Y otros. Parecidos. Todos ellos se parecen, pensó Skellen. Una hermandad, una cofradía en la que después de matar a las primeras cinco personas todos se hacían iguales. Los mismos gestos, los mismos movimientos, la misma forma de hablar, de moverse y vestirse.
Los mismos ojos. Impasibles y fríos, planos e inmóviles como los de una culebra, unos ojos cuya expresión nada, ni siquiera lo más horrible, es capaz de cambiar.
– ¿Y qué? ¿Don Stefan?
– No está mal. No es mala cuadrilla, Silifant.
Dacre todavía enrojeció más, saludó en gemmeriano, con el puño apretado contra el yelmo.
– Deseaba especialmente -le recordó Skellen- algunos a los que la magia no les sea ajena. Que no teman ni a los hechizos ni a los hechiceros.
– No lo olvidé. ¡Al cabo está Til Echrade! Y aparte dello, ah, esa alta moza de la donosa castaña, junto a Chloe Stitz.
– Luego me llevarás ante ella.
Antillo se apoyó en la balaustrada, golpeó en ella con la punta roma del guincho.
– ¡Presente, compañía!
– ¡Presente, señor coronel!
– Muchos de vosotros -siguió Skellen cuando se apagó el eco del grito coral de la banda- habéis trabajado ya conmigo, me conocéis y también mis exigencias. Aclaradles a los que no me conozcan qué es lo que espero de los subordinados, y qué es lo que no tolero a los subordinados. Yo no me voy a cansar la lengua en balde.
»Hoy mismo algunos de vosotros recibiréis vuestra tarea y mañana al alba os iréis para realizarla. Al territorio de Ebbing. Os recuerdo que Ebbing es un reino autónomo y formalmente no tenemos jurisdicción alguna allí, así que actuad razonable y discretamente. Estáis al servicio del emperador, pero os prohibo alardear de ello, chulear y tratar con arrogancia a los representantes locales de la autoridad. Ordeno que os comportéis de modo que no llaméis la atención de nadie. ¿Está claro?
– ¡Sí, señor coronel!
– Aquí, en Rocayne, sois invitados y tenéis que comportaros como invitados. Os prohibo salir de los cuarteles asignados sin necesidad. Os prohibo el contacto con la tropa del fuerte. Al fin y al cabo, ya inventarán algo los oficiales para que no os muráis de aburrimiento. Señor Harshim, señor Brigden, ¡acuartelad el destacamento!
– Al punto que acerté a bajarme de la jaca, noble tribunal, y Dacre que me agarra de las mangas. El señor Skellen, chirló, quiere conversar contigo, Kenna. Y qué le íbamos a hacer. Pues vamos. Antillo está a la mesa, los pies encima, se arrasca con el guincho las cañas de las botas. Y ni corto ni pezeroso, va y me pregunta si yo sea la Joanna Selborne liada en la desaparición del barco Estrella del Sur. Y yo a esto, que no se me pudo probar na. Y él que se ríe: «Me gustan aquéllos a los que no se les puede probar nada», dice. Luego preguntó si el talento de pe-pe-es, o sea la sentición, lo tengo de nacimiento. Cuando lo confirmé, se ensombreció y soltó: «Pensaba que ese tu talento me iba a ser de utilidad con los hechiceros, mas primero habrá de servirme para otro personaje, no menos enigmático».
– ¿Está segura la testigo de que el coronel Skellen utilizó precisamente esas palabras?
– Segura. Soy una sentidora.
– Continúe.
– Entonces nos interrumpió la conversación un mensajero, polvoriento, se veía que no le había ahorrado na al caballo. Nuevas tenía urgentes para Antillo, y Dacre Silifant, cuando salimos del cuartel, habló que se golía que este mensajero y sus nuevas nos iban a subir a las sillas antes de la retreta. Y razón había, noble tribunal. Antes que nadie pensara en la colación ya estaba la mitad de la cuadrilla a caballo. A mí se me cuadró, cogieron a Til Echrade, el elfo. Me regocijé de ello, pues en aquellos días de camino se me había escoció el culo que te pasas… Y cabalmente y para colmo de males me había venido la regla…