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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– Dame -repitió, enseñando los dientes-. Dame, yo me lo daré vueltas, y tú baja al sótano a por cerveza. Seguro que hay aquí algún escondrijo oculto y en el escondrijo un barrilete. ¿Me equivoco, guapa?

– Ya podíais licenciar a la moza en paz, buen hombre -dijo con furia la colmenera, una mujer alta y delgada de sorprendente belleza que andaba por la cocina-. Pos si ya sus dijo que no fabemos ni gota cerveza.

– Y las veces que sus se ha dicho, hombre -apoyó el colmenero a su mujer al tiempo que interrumpía la conversación con el brujo y el vampiro-. Sus vamos a facer unas tortas con mieles, y os las trasegareis. ¡Mas dejar que la moza amuele tranquila la farina pos sin fariña ni una meiga pudiera facer las tortas! Licenciaila y que reine la paz en la sala.

– ¿Has oído, Jaskier? -gritó el brujo-. Suelta a la muchacha y ocúpate de algo útil. ¡0 escribe tus memorias!

– Quiero beber. Me gustaría beber algo antes de comer. Tengo unas yerbas. Me voy a hacer una infusión. Abuela, ¿hay en la choza agua hirviendo? Agua hirviendo, pregunto, ¿la hay?

Una viejecilla sentada junto al hogar, la madre del colmenero, levantó la vista de un calcetín que andaba remendando.

– La hay, pajarillo, la hay -murmuró-. Sólo que fría.

Jaskier gimió, se sentó resignado a la mesa, donde la compaña platicaba con el colmenero, con el que se habían encontrado temprano aquella mañana en el bosque. El colmenero era bajo, rechoncho, moreno y terriblemente peludo, así que no asombraba el hecho de que, al surgir inesperadamente de la espesura, les metiera a todos miedo en el cuerpo, puesto que le tomaron por un licántropo. Y para que fuera todavía más gracioso, el que primero gritó «¡Lobisome, lobisome!» fue el vampiro Regis. Hubo un pequeño alboroto, pero el asunto se aclaró pronto y el colmenero, aunque de apariencia palurda, resultó ser hospitalario y amable. La cuadrilla aceptó su invitación sin ceremonias para ir a su posesión. Su posesión, que en el argot de su profesión se llamaba «posada de colmenas», estaba situada en un claro descepado, el colmenero vivía allí con su madre, su mujer y su hija. Las dos últimas eran mujeres de una belleza poco común e incluso algo extraña, lo que era señal evidente de que entre sus antepasadas había una dríada o una hamadríada.

Durante la conversación en la que se enzarzaron, el colmenero dio de inmediato la impresión de que no se podía hablar con él más que de guanotas, amas, frezadas, posadas, ahumadas, ceras, mieles y melazas, pero esto era sólo en apariencia.

– ¿La pulítica? ¿Y qué va a pasar en la pulítica? Lo de costumbre. Ca vez hay que dar diezmos más gordos. Tres urnas de mieles, y toa una monda de cera. Apenas respiro tengo pa dar abasto, de sol a sol en la posada, aventó las arnas… ¿a quién pago la lezda? ¿Y no habrá alma caritativa que sepa darme razones de quién nos gobierne? Últimamente usease aquestos fablaban la lengua nilfgaardiana. A lo visto sernos agora provencia impirial o yo qué sé. Por la miel, caso que algo mercadee, con dineros impiríales me se paga, dineros que tién la cara del impirador. Por la jeta éste se ve que es garboso anque más bien serio, se ve al punto. Usease…

Ambos perros, el cano y el negro, se sentaron enfrente del vampiro, alzaron las cabezas y comenzaron a aullar. La hamadríada colmenera se alejó del hogar y les atizó con la escoba.

– Mala señal es ésa -dijo el colmenero- cuando los perros otilan al pleno día. Usease… ¿De qué tenía yo que platicar?

– De los druidas de Caed Dhu.

– ¡Eh! ¿A modo que to no eran chacotas, caballeros? ¿En verdad querís ir ande los druidas? ¿Sus habís cansao de la vida? Los muerdagueros agarran a to el que saventura por sus campos, lo amarran con una soga de esparto y lo tuestan a fuego vivo.

Geralt miró a Regis, Regis le murmuró algo. Ambos conocían muy bien los rumores que corrían sobre los druidas, todos, sin embargo, imaginarios. No obstante, Milva y Jaskier comenzaron a escuchar con mayor interés que hasta entonces. Y con mayor preocupación.

– Los unos dicen -siguió el colmenero- que los muerdagueros ándanse vengando de que los nilfgaardianos primo les dieran leña, metiéndose andel santo roble de por el Dol Angra y se liaron a darles a los druidas sin mentar el porqué. Otros hay que dicen que los druidas fueron los que ampezaron pos pillaron a unos impiriales y les dieron tormento fasta la muerte y que Nilfgaard así les paga con la mesma moneda. Cuála la verdá de la güena sea, nadie sabe. Mas algo es seguro, los druidas agarran, meten en la Moza de Esparto y queman. Ir onde ellos: la muerte cierta.

– Nosotros no tenemos miedo -dijo Geralt sereno.

– Cierto. -El colmenero midió con la mirada al brujo, a Milva y a Cahir, que justamente entonces entraban a la choza después de haberse ocupado de los caballos-. Se ve que no sois gente cagona y más bien duchos en armas. Je, con tales como vos no da canguelo viajar… usease… Mas no hay ya más muerdagueros en los Bosques Negros, vanos son pues vuestro camino y vuestros trabajos. Los fechó dalla Nilfgaard, los proscribió de Caed Dhu. Ya no están allí.

– ¿Y eso?

– Pos eso. Fuyeron los muerdagueros.

– ¿Y adonde?

El colmenero miró a su hamadríada, guardó un instante silencio.

– ¿Adonde? -repitió el brujo.

El gato rayado del colmenero se sentó junto al vampiro y maulló penetrantemente. La hamadríada lo echó a escobazos.

– Mala señá, cuando el gato malla en medio del día -masculló el colmenero, extrañamente turbado-. Y los druidas… Usease… Fuyeron hacia Los Taludes. Sí. Bien digo. A Los Taludes.

– Unas buenas sesenta millas al sur -calculó Jaskier con voz suelta y hasta alegre. Pero se calló de inmediato ante la mirada del brujo.

En el silencio que siguió sólo se pudieron escuchar los maullidos de mal agüero del gato, al que se había expulsado a la calle.

– Al fin y al cabo -habló el vampiro-, ¿qué diferencia hay?

La mañana siguiente trajo nuevas sorpresas. Y un enigma que sin embargo halló pronta respuesta.

– Que me se lleven los diablos -dijo Milva, quien fue la primera en arrastrarse del lecho, despierta por el barullo-. Que me cuelguen. Mira eso, Geralt.

El claro estaba lleno de gente. Al primer vistazo daba la sensación que se habían juntado gente de cinco o seis posadas de colmenas. El ojo experto del brujo distinguió entre la multitud a algunos tramperos y por lo menos un peguero. El grupo en conjunto había de calcularse en unos doce varones, diez hembras, una decena de mozuelos de ambos sexos y otros tantos niños pequeños. Como impedimenta el grupo llevaba seis carros, doce bueyes, diez vacas y cuatro cabras, bastantes ovejas y también no pocos perros y gatos, cuyos ladridos y maullidos había que considerar en tales ocasiones como un mal augurio.

– Me pregunto -Cahir se restregó los ojos- qué puede significar esto.

– Problemas -dijo Jaskier, al tiempo que se quitaba la paja de los cabellos. Regis guardaba silencio, pero tenía una mueca extraña.

– Almorcen vuesas mercedes -dijo su amigo el colmenero, acercándose al vivaque en compañía de un hombre de bastantes espaldas-. El almorzó está ya dispuesto. Gachas de leche. Y miel… Y dejarme que sus presente: Jan Cronin, estarosta de los colmeneros…

– Encantado -mintió el brujo, sin responder a la reverencia, también porque le dolía rabiosamente la rodilla-. Y esta banda, ¿de dónde ha salido?

– Usease… -El colmenero se rascó la sien-. Veréis, corre el invierno… Las decurias ya están amjambradas, los bujeros fechos… Hora es ya de volver a Los Taludes, a Riedbrune… Preparar las mieles, invernar… Mas el monte es peligroso… Solos…

El estarosta de los colmeneros carraspeó. El colmenero vio la mueca de Geralt y como que se encogió un tanto.

– Vos sois gente armada y a caballo -jadeó-. Aguerridos y valientes, se ve al punto. Con tales como vos no hay miedo de viajar… Y también a vos sus vendrá de perilla… Nosotros conocemos ca vereda, ca sendero, ca carril y ca trocha… Y os alementaremos…

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