La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
En la guerra todo pasa: a uno la testa le sajan, a otro se dice al albor que tiene las tripas al sol.
Kenna silbaba bajito a su ritmo. Estaba satisfecha de haberse quedado entre amigos, gente que conocía bien del largo viaje desde Etolia hasta Rocayne. Después de hablar con Antillo se esperaba más bien un destacamento aleatorio, el ser añadida al grupo formado por la gente de Brigden y Harsheim. A este grupo le habían asignado a Til Echrade, pero el elfo conocía a la mayor parte de sus nuevos camaradas y ellos le conocían a él.
Iban al paso, aunque Dacre Silifant les había ordenado correr tanto como los caballos dieran de sí. Pero ellos eran profesionales. Galoparon y levantaron polvo mientras estaban a la vista del fuerte, luego aflojaron la marcha. Reventar los caballos y galopar a lo loco está bien para los mocosos y los aficionados, pero la prisa, como es bien sabido, sólo es buena para cazar pulgas.
Chloe Stitz, ladrona profesional de Ymlac, le hablaba a Kenna de sus anteriores misiones con el coronel Stefan Skellen. Kabernik Turent y Fripp el Joven sujetaban los caballos, escuchaban, las miraban a menudo.
– Lo conozco bien. He estado bajo él ya varias veces…
Chloe se trabó un tanto al darse cuenta del ambiguo carácter de la afirmación, pero enseguida sonrió abierta y despreocupadamente.
– También he estado bajo su mando -bufó-. No, Kenna, no temas. En ello no hay obligación por parte de Antillo. No se impuso, yo misma busqué la ocasión y la hallé. Y para ser claros, diré: no se puede una hacerse con protección suya de ese modo.
– Nada en tal gusto planeo. -Kenna abrió los labios, mirando retadora las sonrisas sarcásticas de Turent y Fripp-. No habré de buscar la ocasión, mas tampoco la temeré. Yo no me dejo asustar por cualquiera sea la cosa. ¡Y endeluego que no por una polla!
– Vosotras no sabéis hablar de otra cosa -afirmó Bóreas Mun, mientras detenía el semental bayo y esperaba hasta que Kenna y Chloe se les igualaran-. ¡Y aquí no se ha de combatir con una polla, señoras mías! -dijo, siguiendo el camino junto a las dos muchachas-. Bonhart, para quien lo conozca, pocos tiene en parangón en lo tocante a la espada. Gozoso estaría yo de que resultara que entre él y el señor Skellen no hubiera querellas ni pendencias. Si todo quedara en agua de borrajas.
– Y a mi razón se le escapa esto -reconoció Andrés Fyel desde detrás de ellos-. Paece que no sé qué fechicera habíamos de hostigar, pa eso nos dieron la sentidora, Kenna Selborne, aquí presente! ¡Y agora, en contra, se habla de un fulano nombrado Bonhart y no sé qué rapaza!
– Bonhart, el cazador de recompensas -repuso Bóreas Mun, carraspeando-, tenía un trato con el señor Skellen. Y lo pifió. Si bien le prometiera al señor Skellen que apipiolaría a la tal moza, la dejó con vida.
– Porque a lo más seguro alguno otro le daría más dinero para que se la diera viva que Antillo por muerta. -Chloe Stitz encogió los hombros-. Así son los cazadores de cabezas. ¡No les andes buscando honor!
– Bonhart era de otra manera -negó Fripp el Joven, mirando a su alrededor-. Dada una vez su palabra, jamás de los jamases la rompía.
– En tal caso, aún más peregrino que principiara de pronto.
– ¿Y a nosotros qué cono nos importa eso? -Bóreas Mun frunció el ceño-. ¡Tenemos órdenes! Y el señor Skellen está en su derecho de arreclamar lo suyo. Bonhart había de finiquitar a Falka y no la finiquitó. En su derecho está el señor Skellen de exigir que se le dé razón de ello.
– El tal Bonhart -repitió con convicción Chloe Stitz- ha intenciones de cobrar más dineros por ella viva que muerta. He aquí todo el misterio.
– El señor coronel -dijo Bóreas Mun- también al punto lo mesmo pensara. Que Bonhart le prometiera a un barón de Geso, que la tenía jurada a la banda de los Ratas, que le despacharía a la Falka viva en punto a martirizarla y rematarla poco a poco. Mas resulta que no era verdad. No es sabido para qué Bonhart mantiene con vida a Falka, mas con certeza no para el dicho barón.
– ¡Señor Bonhart! -El gordo almocadén de Los Celos entró en la taberna bufando y jadeando-. ¡Señor Bonhart, gente armada en el pueblo! ¡Van a caballo!
– Pues vaya una sorpresa. -Bonhart limpió el plato con un mendrugo de pan-. Habría que extrañarse si fueran, digamos, en monos. ¿Cuántos?
– ¡Cuatro!
– ¿Y dónde está mi ropa?
– Recién lavada… No alcanzó a secarse…
– Que sus lleve el diablo. Voy a tener que recibir a los huéspedes en calzones. Mas ciertamente, a tal convidado, tal recibimiento se ha dado.
Se colocó el cinturón con la espada apretado sobre la ropa interior, metió un poco de los calzones en la caña de las botas, tiró de la cadena que llevaba atada al collarín de Ciri.
– En pie, Ratilla.
Cuando la condujo hacia la galería, ya se iban acercando a la posada cuatro jinetes. Se veía que llevaban encima un largo periplo por caminos destrozados y mal tiempo. Las ropas, el utillaje y los caballos estaban completamente cubiertos de polvo y barro secos.
Eran cuatro pero llevaban un caballo de reserva. Al verlo Ciri sintió un calor intenso aunque era un día muy frío. Era su propia yegua ruana, todavía llevaba su silla y sus arreos. Y los jaeces, regalo de Mistle. Aquellos caballos pertenecían a los que habían matado a Hotsporn.
Se detuvieron delante de la taberna. Uno, seguramente el caudillo, se acercó más, inclinó ante Bonhart un capacete de marta. Era moreno y llevaba un bigote negro que tenía el aspecto de haber sido pintado con un pedazo de carbón sobre el labio superior. El labio superior, se dio cuenta Ciri, se le encogía cada cierto tiempo. El tic hacía que el tipo pareciera rabioso todo el tiempo. ¿O es que estaba rabioso?
– ¡Saludos, señor Bonhart!
– Saludos, señor Imbra. Saludos, vuesas mercedes. -Bonhart, sin apresurarse, ató la cadena de Ciri a un gancho en el poste-. Disculpad que esté en paños menores, mas no me esperaba a nadie. Largo camino traéis hecho, ay, largo… ¿De Geso hasta aquí, a Ebbing, os trae la buena fortuna? ¿Y cómo está el noble barón? ¿Quedó con buena salud?
– Como una manzana -repuso indiferente el moreno, encogiendo de nuevo el labio superior-. Mas no habernos tiempo pa cotorrear. Habernos prisa.
– Yo -Bonhart se estiró el cinturón y los calzones- no os entretengo.
– Nos ha llegado la nueva de que te mataste a los Ratas.
– Cierto es.
– Y acorde con la palabra dada al barón -el moreno seguía fingiendo que no veía a Ciri en la galería- tomaste viva a Falka.
– Y esto también me se da que es cierto.
– Tuviste entonces fortuna donde nosotros no la hubimos. -El moreno miró a la yegua ruana-. Vale. Tomaré entonces a la moza y nos iremos a casa. Rupert, Stavro, cogerla.
– Despacito, Imbra. -Bonhart alzó la mano-. A nadie sus vais a llevar. Y aquesto por una ración tan sencilla como que yo no sus la doy. Cambié de opinión. Me dejaré esta muchacha para mí, para mi propio uso.
El moreno llamado Imbra se inclinó en la silla, carraspeó y escupió extraordinariamente lejos, casi hasta las escaleras de la galería.
– Pos si se lo prometiste al señor barón.
– Lo prometí. Pero cambié de opinión.
– ¿Qué? Pero, ¿acaso estoy oyendo bien?
– Como tú oigas, Imbra, no me importa un bledo.
– Tres días se te hospedó en el castillo. Por la promesa que le dieras al señor barón comiste y bebiste tres días. Los mejores vinos de la bodega, pavo asado, corzo, foagrás, carasio con nata agria. Tres noches dormiste como un rey entre plumones. ¿Y agora has cambiado de opinión? ¿Sí?
Bonhart callaba, manteniendo una expresión indiferente y aburrida. Imbra apretó los dientes para esconder que le temblaban los labios.