La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Si disponéis de tal posibilidad, venga, venga. ¿Tan buenos enchufes tenéis en el ejército de la reina Meve?
– ¿Me estás probando? -Rience frunció el ceño-. ¿O de verdad no lo sabes? Creo que esto último. Cahir, mi querido vizconde, está… Nosotros sabemos dónde está. Sabemos adonde se dirige, sabemos en compañía de quién. ¿Quieres su cabeza? La tendrás.
– Una cabeza -Vattier sonrió- que no va a poder contar lo que de verdad sucedió en Thanedd.
– Creo que será mejor así -dijo Rience con cinismo-. ¿Para qué dar a Cahir la posibilidad de hablar? Nuestra tarea es aliviar y no profundizar las animosidades entre Vilgefortz y el emperador. Te proporcionaré la cabeza callada de Cahir aep Ceallach. Lo arreglaremos de tal modo que parecerá un mérito tuyo y solamente tuyo. Entrega en las próximas tres semanas.
La carpa prehistórica del estanque abanicaba el agua con las aletas caudales. El animal, pensó Vattier, tiene que ser muy inteligente. Pero, ¿para qué tanta sabiduría? Todo el tiempo el mismo légamo y los mismos nenúfares.
– ¿Tu precio, Rience?
– Una cosilla de nada. ¿Dónde está Stefan Skellen y qué está tramando?
– Le dije lo que quería saber. -Vattier de Rideaux se estiró sobre los almohadones, mientras jugueteaba con un rizo de los dorados cabellos de Carthia van Canten-. Ves, bonita, hay que ocuparse de ciertos asuntos siempre con inteligencia. Y con inteligencia significa conformándose. Si se actúa de otra manera, uno no tiene nada. Sólo agua podrida y légamo en el estanque. ¿Y qué más da si el estanque es de mármol y está a tres pasos del palacio? ¿No tengo razón, bonita?
Carthia van Canten, llamada cariñosamente Cantarella, no respondió. Vattier tampoco esperaba respuesta. La muchacha tenía dieciocho años y -para decirlo con delicadeza- no era precisamente un genio. Sus intereses -por lo menos por el momento- se limitaban a hacer el amor con -por lo menos por el momento- Vattier. En asuntos sexuales era Cantarella todo un talento natural que aunaba pasión y compromiso con técnica y arte. Sin embargo, no era eso lo más importante.
Cantarella hablaba poco y raras veces, a cambio sabía escuchar con gusto. Con Cantarella podía uno hablar lo que se quería, descansar, relajar la mente y regenerar la psiquis.
– En este servicio uno no puede más que esperarse reprimendas -dijo con énfasis Vattier-. ¡Porque no he encontrado a una tal Cirilla! ¿Y el que gracias al trabajo de mis hombres el ejército alcance éxitos es poco? ¿Y el que el estado mayor conozca cada movimiento del enemigo no es nada? ¿Y poco el que esa fortaleza que hubiéramos tenido que cercar durante semanas la abrieran mis agentes para los ejércitos del imperio? Pero no, eso nadie lo alaba. ¡Lo que importa es una tal Cirilla!
Resoplando de rabia, Vattier de Rideaux tomó de las manos de Cantarella una copa llena del estupendo Est Est de Toussaint, vino de una añada que recordaba los tiempos en que el emperador Emhyr var Emreis era pequeño, apartado de los derechos al trono y un muchacho terriblemente herido, y Vattier de Rideaux era un oficial del servicio secreto joven y sin importancia en la jerarquía.
Aquél fue un buen año. Para el vino.
Vattier dio un trago, jugueteó con los bien formados pechos de Cantarella y continuó narrando. Cantarella sabía escuchar.
– Stefan Skellen, bonita -murmuró el jefe de los servicios secretos imperiales- es un chanchullero y un conspirador. Pero yo voy a enterarme de lo que anda maquinando antes de que le alcance Rience… Ya tengo allí a uno de los míos… Muy cerca de Skellen… Muy cerca…
Cantarella desató el cinturón del batín de Vattier, se inclinó. Vattier percibió su respiración y gimió adelantando el placer. Talento, pensó. Y luego los suaves y calientes roces de unos labios de terciopelo le expulsaron de la cabeza todos los pensamientos.
Carthia van Canten despacito, hábilmente y con talento le proporcionó placer a Vattier de Rideaux, jefe de los servicios secretos imperiales. No era en cualquier caso el único talento de Carthia. Pero Vattier de Rideaux no tenía ni idea de ello.
No sabía que, pese a las apariencias, Carthia van Canten disponía de un memoria perfecta y de una inteligencia aguda como una navaja.
Al día siguiente Carthia le transmitió a la hechicera Assir var Anahid todo lo que le había contado Vattier, cada información, cada palabra que pronunciara junto a ella.
Sí, apuesto la cabeza a que en Nilfgaard ya todos habían olvidado a Cahir, incluyendo a su prometida, si es que la tenía.
Pero de ello hablaremos más tarde; de momento retrocederemos hasta el día y el lugar por donde vadeamos el Y oruga. Avanzábamos tan deprisa como era posible hacia el este: queríamos llegar a los alrededores del Bosque Negro, llamado en la Vieja Lengua Caed Dhu. Allí habitaban los druidas que serían capaces de pronosticar el lugar de permanencia de Ciri, quizá augurar tal lugar mediante los extraños sueños que acosaban a Geralt. Cabalgábamos a través de los bosques de los Tras Ríos Altos, llamados también los Ribazos Diestros, un país silvestre y casi despoblado situado entre el Yaruga y un país situado al pie de los Montes de Amell llamado Los Taludes, que lindaba por el oriente con el valle de Dol Angra y por el occidente con una llanura pantanosa de cuyo nombre no quiero acordarme.
Nunca nadie se había interesado en demasía por aquel país, así que tampoco se sabía a ciencia cierta a quién en verdad pertenecía ni quién lo gobernaba. Algo de culpa de ello tenían los señores de Temería, Sodden, Cintra y Rivia, quienes con diversos efectos habían considerado los Ribazos como feudo de la propia corona y quienes en ocasiones habían probado a hacer valer sus razones a fuego y espada. Y luego vinieron los ejércitos nilfgaardianos de detrás de los Montes de Amell y nadie más tuvo nada que decir. Ni duda alguna sobre derechos feudales ni propiedad de la tierra. Todo lo que había al sur del Yaruga pertenecía al imperio. En el momento en el que escribo estas palabras, también pertenecen al imperio ya muchas leguas de tierras al norte del Yaruga. Por falta de informaciones más concretas no sé cuántas ni lo lejos que están situadas hacia el norte.
Volviendo a los Tras Ríos, permíteme, querido lector, una digresión relacionada con los procesos históricos: la historia de cierto territorio a menudo se crea y construye deforma un tanto casual, como un producto colateral de fuerzas externas. La historia de un país dado a menudo es construida por quienes no pertenecen a él. Los forasteros son, de este modo, causa; sin embargo, los efectos los padecen siempre e inalterablemente los lugareños.
A los Tras Ríos tal ley les afectaba en toda su extensión.
Los Tras Ríos tenían su propia población, trasrrieros autóctonos. Aquellas continuas y duraderas guerras y luchas los convirtieron en mendigos y los obligaron a emigrar. Las aldeas y los pueblos ardieron, las ruinas de los jardines y los campos transformados en barbechos fueron devorados por el bosque. El comercio se hundió, las caravanas evitaban las arruinadas sendas y carreteras. Aquellos pocos de los trasrrieros que se quedaron se convirtieron en palurdos asilvestrados. De las raposas y de los osos no se diferenciaban más que en que llevaban pantalones. Al menos algunos. Es decir: algunos los llevaban y algunos se diferenciaban. Eran, en general, gentes ariscas, simples y ordinarias.
Y sin rastro alguno de sentido del humor.
La hija morena del colmenero se echó a la espalda la trenza que le estorbaba, volvió a hacer girar la rueda con rabiosa energía. Los esfuerzos de Jaskier seguían resultando hueros, las palabras del poeta parecía que no llegaban a la destinataria. Jaskier guiñó un ojo al resto de la compaña, fingió que suspiraba y alzaba los ojos al techo. Pero no renunció.