El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
El Margrave pareció aliviado y estrechó de nuevo la mano de Tarod en una bienvenida más cordial que la primera.
—Entonces fue un accidente muy afortunado —dijo, con evidente alivio—. ¿Te han explicado mis hombres, Adepto, la naturaleza de nuestro problema?
—Me han dicho que habéis aprehendido a una muchacha que creéis que es la cómplice de la criatura del Caos —explicó Tarod—. Me perdonarás que sea franco, pero es la quinta o sexta vez que he tenido que investigar asertos semejantes desde que emprendí mi viaje y, hasta ahora, ninguno de ellos tenía fundamento.
El Margrave sacudió enfáticamente la cabeza.
—Debes creerme, si te digo que ésta no es una falsa alarma. Comprendo tu escepticismo, pues también el histerismo ha hecho presa en Perspectiva y se han formulado muchas acusaciones sin pruebas para mantenerlas. —Miró a Tarod, como desafiándole a discutir lo que diría ahora—. No soy tonto, o al menos no creo serlo. Y tampoco lo es la Hermana-Vidente Jennat Brynd.
—¿Una Hermana de Aeoris? Disculpa, pero no acabo de comprender.
—Fue un grupo de Hermanas el que descubrió la verdadera identidad de la muchacha —dijo el Margrave—. Por lo visto, estuvo viajando con ellas durante algunos días, y la Hermana Jennat empezó a sospechar. Empleó sus facultades para investigar a la muchacha y descubrió la verdad. —Su boca se frunció en una expresión que podía ser de repugnancia o de inquietud—. La muchacha dijo llamarse Themila y algo más, no puedo recordar ahora el nombre del clan; pero cuando las Hermanas descubrieron una joya que llevaba escondida, estuvieron seguras de que habían encontrado a la fugitiva.
Tarod sintió que se le ponía la piel de gallina. Themila. La coincidencia era demasiado grande para pasarla por alto. El había hablado a Cyllan de Themila Gan Lin, su antigua maestra; era un nombre que ella debía recordar...
Forzando la voz para poder mantenerla tranquila, preguntó:
—¿Y qué ha dicho la muchacha? ¿Ha confesado?
El Margrave sacudió la cabeza.
—No, se ha negado a hablar desde que fue aprehendida. Permanece sentada y mira airadamente a cuantos se le acercan. —Se estremeció delicadamente—. No es una mirada que desease yo ver demasiado a menudo. Si la mitad de lo que se cuenta de ella es verdad, prefiero no pensar en lo que sería capaz de hacer. —Hizo una pausa— Pero estoy divagando; tendré tiempo más tarde de explicarte el resto, y he olvidado ya la cortesía más elemental. Debes tener la boca seca después de tanto cabalgar, especialmente cuando abunda el polvo en el camino. Permite que al menos te ofrezca una copa de vino.
Era difícil rehusar el ofrecimiento, y si mostraba demasiado interés en ver a la prisionera, el anciano podría sospechar de sus motivos. Forzó una sonrisa.
—Lo apreciaré mucho, Margrave; gracias.
Seguido a cortés distancia por su pequeño séquito, el Margrave condujo a Tarod a lo largo de los frescos pasillos del palacio de justicia hasta una antesala dispuesta para recibir a invitados importantes. Tarod tuvo que dominar su inquieta impaciencia cuando el anciano ordenó a un criado que trajese, no solamente vino, sino también comi da, y se esforzó en comer unos manjares exquisitos que su estómago no le pedía, mientras el Margrave se extendía contando las circunstancias de la detención de su prisionera. Las Hermanas, dijo, habían intentado dirigirse al norte y llevar a su cautiva a la Península de la Estrella, pero en cuanto tuvo él noticia de ello, insistió en que la empresa era demasiado peligrosa. Era mucho más seguro comunicarlo al Círculo, para que éste pudiese enviar una escolta de confianza; pero el mensaje había sido enviado por medio de una de las nuevas aves correo aquella misma mañana, y de ahí el asombro del Margrave de ver llegar tan pronto a un Adepto a la ciudad. Tarod escuchó cortésmente el torrente de palabras, asintiendo ocasionalmente con la cabeza o murmurando su aprobación, pero en el fondo, se sentía incapaz de aguantar más. Si la muchacha capturada era Cyllan, cosa, se recordó, que aún estaba por ver, el tiempo apremiaba; el ave mensajera entregaría la carta del Margrave en el Castillo al día siguiente a lo más tarde, y Keridil no perdería un momento en actuar en consecuencia. Tenía que interrumpir la palabrería del Margrave sin manifestar su intención.
De pronto se dio cuenta de que el anciano le había hecho una pregunta que, sumido en sus propios pensamientos, no había comprendido. Levantó rápidamente la cabeza.
—Perdón, ¿qué has dicho?
—Te he preguntado, señor, si has visto alguna vez a esa muchacha. Tengo entendido que estuvo presa algún tiempo en el Castillo de la Península de la Estrella.
—Sí... La vi una o dos veces.
—Entonces, ¿la reconocerías si la vieses de nuevo?
—Ciertamente. —Tarod aprovechó la oportunidad que, sin darse cuenta, le ofrecía el Margrave—. En realidad, señor, creo que sería conveniente que la viese sin pérdida de tiempo.
El Margrave pareció vacilar.
—No deseo importunarte, Adepto. Debes de estar cansado...
—Me siento mucho mejor, gracias a tu hospitalidad.
—Bueno... , si así lo deseas, podrás hacerlo.
El Margrave se levantó, rígidamente, y le condujo fuera de la antesala y, a lo largo de más corredores, a la parte de atrás del edificio. Mientras caminaban, Tarod le preguntó de pronto:
—Margrave, ¿qué ha sido de la joya que llevaba la muchacha? Confio en que estará a buen recaudo.
—Así es. La Hermana Liss Kaya Trevire la tiene en su poder y tengo entendido que ha tomado precauciones contra su influencia.
—Muy prudente de su parte. ¿Y dónde está ahora la Hermana Liss?
—Ella y sus compañeras se alojan aquí, en el palacio de justicia. —El Margrave pareció afligido—. No es un lugar adecuado para unas Hermanas de Aeoris, pero ellas insistieron en estar cerca de la prisionera.
Tarod asintió con la cabeza y no hizo comentarios. Habían llegado a una puerta atrancada, por debajo de la cual se filtraba la luz del día. Un hombre montaba guardia y, a un ademán del Margrave, se apresuró a levantar la barra y abrir la puerta.
Salieron a un pequeño patio amurallado, lleno de luz de sol. Un árbol florido en un rincón había tendido una alfombra de pétalos blancos sobre las losas y sobre una tosca jaula de madera emplazada cerca de él. Algo se movía dentro de la jaula, pero la vista de Tarod estaba bloqueada por dos personas de hábito blanco que se hallaban de pie delante de la jaula y parecían introducir algo entre los barrotes. Las dos Hermanas de Aeoris se volvieron al oír chirriar la puerta y, al reconocer al Margrave, se irguieron y se volvieron hacia él.
—Hermanas...
El Margrave se adelantó, pero Tarod se quedó atrás, incapaz de mirar más de cerca la jaula. El viejo estaba explicando las circunstancias de la llegada del Adepto, y al fin se volvió a Tarod y dijo:
—Adepto, permite que te presente a la Hermana Liss Kaya Trevire y a la Hermana-Vidente Jennat Brynd.
Ambas mujeres se inclinaron en una reverencia que solía emplearse en los contactos de la Hermandad con el Círculo, y Tarod miró primero a Liss, rubia y entrada en años, y después a la más joven y morena, Jennat. Supo instantáneamente que la vidente era hábil; a diferencia de muchas de su clase que eran promovidas por la Hermandad por razones políticas más que espirituales, ésta tenía verdadero talento. Tendría que andarse con cuidado...
—Hermanas. —Saludó sucesivamente a las dos—. El Margrave me ha dicho que habéis aprehendido a uno de nuestros fugitivos. Si es verdad, el Círculo habrá contraído una importante deuda con vosotras.
Jennat le estaba observando atentamente y Tarod detectó un des a-fio en sus ojos; pero fue la Hermana Liss quien habló.
—Creo que puede haber muy pocas dudas sobre la identidad de la joven, Adepto.