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Juego del Depredador

Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:

Después de ser torturado, el ex SEAL y Caminante Fantasma, Jess Calhoun, regresa a su ciudad natal en Sheridan, Wyoming, donde posee una estación de radio local. Sus intenciones son vivir tranquilamente, escribir canciones y realizar su fisioterapia.
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
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Dio un paso. Las gotas de sudor caían sobre sus ojos. Forzó el aire en sus pulmones. Un martillo eléctrico perforaba sus sienes y el dolor taladraba su pierna. Sostuvo la imagen en su mente, todo trabajando al unísono, los músculos contrayéndose y extendiéndose. Dio un segundo paso. Estaba tan cerca de su silla de ruedas, sólo medio metro escaso. Una parte de él quería tratar de correr y la otra parte quería abalanzarse, manteniendo los pies en su sitio de manera que no tuviera que usar más el cerebro.

Las piernas le temblaron y se cayó con fuerza, estrellándose contra el cemento antes de poder detenerse. Se golpeó la cabeza y un codo contra el saliente mientras se tumbaba torpemente en el suelo. ¡Demonios!, no podía caerse más. Las piernas se le habían ido sin advertencia, sin darle tiempo para rodar o simplemente apoyarse en sus brazos. Permaneció allí, furioso consigo mismo, golpeando el cemento con la palma abierta, alternando entre maldecir y tratar de respirar.

El teléfono sonó, pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo. Juró otra vez y arrastró su cuerpo sobre las baldosas de cemento usando los brazos. Dejó tras de sí un reguero de sangre cuando la superficie desigual le arañó la piel. Le llegó la voz de Patsy, ordenándole descolgar. Se agarró a su silla y se apoyó contra ella, descansando un momento. Finalmente, usando la fuerza de la parte superior de su cuerpo, logró izarse lentamente hasta la silla. A esas alturas Patsy había colgado y le había dejado solo. Estaba agradecido. No quería hablar o ver a nadie. Durante solo unos momentos se había sentido totalmente indefenso.

Rodó hasta su oficina y cerró de un portazo la puerta, cerrándola, aunque nadie iba a interrumpirle allí. Contempló en el espejo la sangre que corría desde el corte en la cabeza y suspiró. Iba a ser una larga noche. Técnicamente debería llamar a Lily e informarle de las heridas. Con una pequeña cantidad de Zenit en su cuerpo, estaba en peligro de desangrarse por una lesión menor, pero que lo condenasen si le decía a ella o a alguien más que se había caído.

– ¡Santa mierda! Saber -dijo Brian-. Realmente sabes cómo provocar al jefe. Te ha recortado el resto de la tarde. Y está cabreado. Realmente cabreado. No estoy seguro de que quieras irte a casa esta noche.

Saber apoyó la barbilla sobre la palma y le observó con suspicacia.

– No le habrás llamado y avisado de que sintonizase la emisión, ¿Verdad? Porque no creo que la escuche normalmente.

Brian se puso la mano sobre el corazón dramáticamente.

– Me estás matando.

Ella agitó las pestañas hacia él luchando por no levantarse y darle una patada.

– Deberías tener un poco más de lealtad, Brian. Algún día puedes necesitar un favor.

La sonrisa perdió intensidad en la cara del técnico de sonido.

– También es mi jefe. Me despediría por esa tontería que has hecho… no a ti, a . Todos en la emisora saben que anda detrás de ti. Y es protector como el infierno. Enviarle una invitación a un hombre loco es excesivo, Saber, hasta para ti. No puedes hablar con esa voz y no esperar conseguir un millón de salidos o borrachos. Un instante y mira, el panel de llamadas se ha encendido como un árbol de Navidad.

– No necesitas chismorrear sobre mí. Ambos somos adultos por Dios.

Se pasó los dedos por el pelo con agitación. Había usado su voz realzada para atraer al hombre que había estado llamando la emisora otra vez. Había enviado su suave y atractiva voz a través de la programación con esa orden subliminal incluida.

– A ese alguien tan especial de ahí tan deseoso de alcanzarme, estoy esperando esa llamada. Para mis oyentes románticos, aquí tenemos una pequeña melodía a tono.

Brian había alzado sus brazos al aire, furioso con ella.

– Calhoun va a matarte -articuló a través del cristal.

Y el acusica había llamado al jefe. Si Jess había oído la grabación, se habría dado cuenta al instante de que ella estaba usando una voz realzada. Cualquier Caminante Fantasma lo haría. Definitivamente había sido un riesgo calculado, pero solo había perdido si Jess la había oído. Podría haber estrangulado a Brian por su interferencia.

Quería alejar la lucha de la casa de Jess. Si Whitney había enviado a alguien tras ella, que saliera a descubierto y que intentara atraparla. Demonios si, iba a conocer a un centenar de pirados si eso significaba que podía mantener a Jess a salvo. Déjalo volverse loco. Podría haber sido el mayor cabrón de la marina en un tiempo, quizás incluso en el programa de los Caminantes Fantasma, pero ahora estaba atado a una silla de ruedas, y ella no iba a permitir que nadie le hiciese daño.

– En esto, tengo que estar de acuerdo con Calhoun, Saber. Hombres como ese, llamando a la estación, piensan que van a salir contigo. Están obsesionados contigo. No puedes estar de acuerdo en quedar con ellos. No puedes coger sus llamadas y animarlos.

Ella rumió su argumento y forzó una sonrisa.

– Probablemente tienes razón. No me gusta tener miedo, y él es tan persistente, pensé que si hablaba con él no me pondría nerviosa nunca más.

Brian se rascó la cabeza, frunciendo el ceño.

– Siempre te has reído de esos locos que te llaman. No pensaba que te hubiesen molestado.

– Por lo general no. Es solo que este es tan persistente ¿sabes?- Se suponía que tenía que actuar y parecer asustada, pero no tenía demasiada experiencia en ese terreno. Intentó una vacilante sonrisa y agitó las pestañas, sintiéndose bastante ridícula. No podía admitir que planeaba machacar a esa mierda de tipo si la tocaba o matarlo si amenazaba a Jesse.

– Calhoun puso muchos guardas de seguridad en el sitio -le aseguró Brian-. Nadie puede entrar aquí. Me aseguraré que un par de ellos te escolten a tu coche cada mañana cuando salgas del trabajo.

– Tanto tú, como yo, sabemos que los guardias de seguridad no son siempre los mejores, Brian.

Él sacudió la cabeza.

– No tienes de qué preocuparte. Calhoun contrató a los auténticos guardas, no a la versión de alquiler. Estos hombres saben lo que están haciendo… al menos eso es lo que dijo Calhoun.

Saber hizo su sonrisa aún más brillante.

– Gracias, Brian. Realmente aprecio que me tranquilices. No haré nada así de estúpido otra vez. Me siento mucho mejor ahora que he hablado contigo de ello-. Iba a tener que encontrar otro modo de poner al acosador al descubierto y valorar la amenaza.

Brian le sonrió abiertamente, obviamente aliviado ahora que estaba cooperando con él. Se dio media vuelta para hacer las llamadas telefónicas y ella se echó atrás en su silla y comenzó su programa de Sirena Nocturna.

Jess paseaba a lo largo de la sala de estar y del abierto vestíbulo, de acá para allá, de allá para acá, empujando con fuerza las ruedas de su silla. Saber había estado dormida ocho horas, si no oía su despertador pronto, iba a ir a despertarla. Y no tan suavemente. ¿En qué había estado pensando anoche? Retando a algún loco a que la llamase. Invitándole a que lo hiciera. Era tan de ella.

¿Qué había dicho Logan esta mañana? Brian la había seguido a su casa desde la emisora la noche anterior. ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando entre ellos?

– ¿Qué estás haciendo ahí abajo? -Exigió Saber, inclinando la mata de rizos sobre el pasamanos-. ¿Practicando para alguna clase de carrera? ¿Haciendo agujeros a las alfombras?

– No tenemos una alfombra -indicó él. Nadie debería parecer tan atractiva recién levantada. Todo abandonó su cabeza, dejando el ardiente deseo de arrastrarla a sus brazos y hacerla suya allí mismo.

– ¿Quién necesita una alfombra? Estás haciendo vías de tren -se rió, pasandose una mano por su rebelde pelo, una acción que tensó su camisón apretando sus pechos.

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