Juego del Depredador
- Автор: Фихан Кристин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
Saber dormía con la inocencia de un niño. Profundamente, tranquilamente, todavía en su sueño, despierta era el azogue. Ya estaba oscuro cuando abrió los ojos, y él supo el momento justo, por la manera en que su cuerpo se tensó y el rápido aliento que inhaló.
– Estás a salvo, cariño -susurró suavemente en su oído, girándola firmemente en sus brazos-. Te tengo. Si abres los ojos sabrás que estás perfectamente a salvo.
Sus manos eran posesivas, su aliento caliente contra su piel, su voz ronca, sexy creando un remolino de feroz calor en el centro de su cuerpo. Saber se movió contra él inquieta, una inconsciente tentación.
– ¿Lo estoy? -Susurró las palabras, ansiando la sensación de su boca alimentándose de la suya, necesitándolo allí en la oscuridad.
No hubo vacilación. Jess la necesitaba. Agarró su cabeza firmemente con su brazo, su mano bajo su barbilla y bajó su cabeza hacia la suya. No había nada de la suave persuasión con la que la había persuadido antes. Estaba demasiado hambriento de ella. Tomó posesión de su boca sin su habitual control auto impuesto. Simple y llana dominación masculina. Caliente, ardiente, exigente, un asalto a la mente y al cuerpo, su lengua una invasión, apareándose salvajemente. Era una turbulenta tormenta llevándola a un mundo primitivo de puro sentimiento.
Una ráfaga de calor húmedo, sus pechos se hinchaban, doliendo, su piel ultrasensible. La mano de Jess se movió bajo su camiseta, descansando en su estrecho tórax, las yemas de sus dedos acariciaban la parte inferior de sus pechos, enviando una oleada de lenguas de fuego a través de su piel.
Saber se separó con un pequeño suspiro desesperado, rodando lejos de él, de su varonil cuerpo totalmente despierto de sus duros y amenazadores músculos.
– Jesse, no podemos hacer esto -era un angustioso gemido. Angustiado, desamparado, teñido de desesperación.
Jess estaba tumbado perfectamente quieto, mirando hacia arriba, a los miles de estrellas que cubrían el cielo, temiendo que si se movía estallaría en un millón de fragmentos. Su cuerpo rabiaba por la liberación, su cabeza palpitaba salvajemente. La deseaba con cada célula, cada fibra de su ser. En su interior, campanas de advertencia repicaban. No podía perderla por manejarse torpemente.
¿Qué demonios le pasaba? Sabía que ella tenía miedo. No había cosa más lejana de su mente que cualquier clase de compromiso.
Luchó por controlarse, forzó una nota de diversión en su voz.
– Seguro que podemos, cariño -se subió a sí mismo a la silla de ruedas con la facilidad de la larga práctica-. Es la noche perfecta para hacerlo. Eres una mujer, yo un hombre. Aquellas pequeñas cosas de allí arriba son estrellas. Creo que a esto se le llama romance.
Saber se sentó a unos pies de él, con los brazos cruzados en su pecho. Ella estaba luchando simplemente por respirar normalmente y allí estaba Jess, riéndose de su inexperta reacción. Tuvo el impulso inusual de abofetear su atractiva cara. Patsy tenía razón. Era un canalla. Su cuerpo clamaba por él, incómodo, y él estaba tranquilamente mezclándolo todo, ignorando su obvio disgusto. Ella, seguro como el infierno, no era la perfecta Chaleen con la que él había tenido sexo perfecto.
Jess miró a Saber arrastrar una inestable mano por su pelo y morderse el labio inferior. A la luz de la luna, se veía salvajemente erótica, imposiblemente sexy. Tenía que apartar la vista, sus vaqueros apretaban tanto que dolía, su cuerpo realmente temblaba.
– Creo que hablar de la querida Chaleen y el sexo perfecto con ella, ha puesto ideas en tu cabeza -se quejó Saber-. Eso o Patsy con toda esa conversación sobre mujeres bonitas.
– Tú, a duras penas -dijo él con sequedad.
Saber probó las piernas, poniéndose de pié para recoger el picnic en la cesta. Sus ojos azules enviaron chispas de color violeta hacia él.
– ¿Es eso un insulto, Jesse? Porque si lo es, te has pasado.
Se rió suavemente, el sonido invitador.
– Tienes una manera de entender las cosas… Trae aquí, yo lo llevaré -dijo cuando ella cogió la cesta de su regazo. Parecía tan grande como ella.
– No empieces con tus bromas fáciles. -Le advirtió-. No estoy de humor.
Él la siguió, manteniéndose fácilmente a su lado con un simple empuje de sus poderosos brazos.
– Te refieres a ¡hey! estoy sentado y aún tengo un par de centímetros tuyos.
Ella se paró tan repentinamente que él fue derecho hacia ella, agarrandola por la cintura, riéndose de su chillido ultrajado cuando la derribó en su regazo.
– ¿Qué pasa Saber? ¿Doy en la diana?
Saber rodeó su cuello con el brazo.
– ¡Oh, cállate! -soltó ella, pero él podía sentir la risa en su voz.
Ella no pudo menos que admirar la manera fácil con la que él maniobraba con la silla sobre el áspero terreno, con su peso añadido y cargando con la cesta de picnic y las mantas. Ambos se reían cuando alcanzaron la furgoneta. Pero cuando llegaron a casa Jess permaneció silencioso, pensativo, casi lejano.
Saber trató desesperadamente de apartar la sensación de su boca, de sus manos, mientras se vestía para ir al trabajo. Era cosa buena que no estuviese tratando de ir a la cama. No habría conseguido dormir.
El júbilo y la euforia corrían por su sistema, junto con la adrenalina. Él era tan inteligente o más que los preciados soldados realzados de Whitney. Podría haber ido directamente a por ellos y haber cortado sus gargantas. Los había vigilado, juntos, y ninguno había sido consciente de su presencia. Él era demasiado bueno. El mejor. Tan experto y ni siquiera tenía el entrenamiento que ellos dos tenían. Todo el tiempo los había rodeado, fantaseando sobre cómo terminaría con ellos, riéndose, sintiéndose tan superior. Casi no podía bajarse de la nube. Todo aquel dinero gastado, todos aquellos entrenamientos, y aquí estaba él, un mero soldado raso, sin un solo realce, simplemente cerebro y habilidad, eludiéndolos a los dos.
No le sorprendía lo más mínimo. Siempre había sido superior a los demás, pero debería demostrárselo a Whitney. Whitney, que ponía su inteligencia por encima de todos los demás, que se creía Dios. ¿Cuántos errores había cometido el hombre? Su investigación sobre las feromonas, había convertido a los soldados en tontos y a las mujeres en putas. Ver a Wynter besar al lisiado cuando debería haberle matado. Calhoun era inferior ahora. Inútil. Debería haber tenido una bala en la cabeza hace un año, pero no, ellos querían su ADN.
Iba a tener que asumir el entrenamiento de ella, porque Whitney, ciertamente, no lo había hecho bien. Esperar cada vez se iba haciendo más y más difícil, seguir el juego y desempeñar el papel de una marioneta. Quería subir las apuestas y ponérselas bajo sus narices ahora que sabía que podía. Sí, esto iba a ser divertido.
CAPÍTULO 7
Alguien les estaba acechando. Saber entró en el garaje y miró con cuidado a su alrededor. Nada estaba fuera de lugar, pero aún así alguien había estado allí, y era bueno, muy bueno, porque ella tenía ojo para los detalles… una memoria fotográfica que la alertaba en el momento en que algo estaba fuera de su sitio. Era hora de que se apease de su mundo de ensueño y se enfrentase con la realidad.
Jess era un Caminante Fantasma. Ella era un Caminante Fantasma. Él había sido reclutado y entrenado siendo un adulto ya en las Fuerzas Especiales. Ella había sido sacada de un orfanato y criada en un laboratorio y luego más tarde en un complejo de entrenamiento. ¿Cómo, de todos los lugares en el mundo, habían acabado los dos en Sheridan, Wyoming?
Saber revisó detenidamente el coche de Jess y luego el suyo propio, buscando cualquier dispositivo incendiario. Necesitaba su equipo electrónico para estar absolutamente segura de que los coches estaban limpios de aparatitos, de modo que tendría que esperar. Pero por lo que ella sabía tras escuchar y sentir, ambos vehículos estaban limpios, y ella siempre tenía razón. Se metió en su coche y se sentó durante un momento, analizando que hacer.