Un Puente Al Amor
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
– Sí, claro…
Randy se levantó y bajó un escalón para poder ponerse derecho. Después se volvió hacia su madre.
– Entonces nos veremos en casa. ¿Prepararás la cena cuando llegues?
Bess sintió remordimientos.
– Me temo que no. Tengo una cita con Keith.
– Ah… bueno…
– Si hubiera sabido que querías cenar conmigo, habría…
– No; no importa. No soy un bebé. Puedo arreglármelas solo.
– ¿Saldrás después? -inquirió Bess.
– Es probable que vaya a Popeye’s. Hoy toca una nueva banda.
– Te veré dentro de una hora, más o menos.
Cuando Randy se fue, Bess clavó la vista en el papel milimetrado mientras sostenía el lápiz ocioso en la mano. Esa noche era una de las contadas ocasiones en que Randy deseaba estar con ella, y se sentía desolada por haberlo defraudado. Sin embargo, ¿cómo podía saberlo? Él tenía diecinueve años, ella cuarenta. Compartían la casa, pero cada uno llevaba su propia vida. Él salía la mayoría de los sábados por la noche, casi nunca se quedaba a cenar.
No obstante, ni los argumentos más sensatos podrían atemperar su culpa. Para colmo, la asaltó un pensamiento que agregó más peso a la carga que ya llevaba: si Michael y yo no nos hubiéramos divorciado, en noches como ésta, cuando Randy nos necesita, estaríamos juntos; es más, si nunca nos hubiéramos divorciado, Randy no sufriría ahora.
A poca distancia del Lirio Azul, Randy entró en su coche, puso en marcha el motor y se quedó mirando el parabrisas. Las calles de Stillwater estaban desiertas, el hielo que cubría las aceras estaba demasiado sucio para reflejar las luces rojas de freno de su vehículo. Había anochecido. Las calzadas se llenarían de automóviles más tarde, hacia las seis y media, cuando la gente saliera para disfrutar de una buena cena en un restaurante. En cambio ahora, a la hora en que cerraban los negocios, la ciudad parecía haber sufrido una explosión nuclear… Ni un alma se movía en las calles. Un camión ascendía por Main Street. Lo oyó aproximarse, cambiar de marcha, retumbar. Lo vio aparecer en la esquina y doblar a la derecha hacia el puente levadizo para tomar rumbo al este hacia Wisconsin.
No quería ir a casa.
No quería ir a casa de Bernie.
No quería estar con ninguna chica.
No quería ir a ningún local de comida rápida.
Decidió visitar a la abuela Dorner. Ella siempre estaba alegre y sin duda le daría algo de cenar. Además, le gustaba su nuevo hogar.
Stella Dorner le abrió la puerta y lo abrazó de inmediato.
– ¿Qué haces aquí un sábado por la noche?
Stella olía a perfume caro. Llevaba el pelo encrespado y un elegante vestido azul.
– He venido para ver a mi chica preferida -respondió Randy.
La mujer rió y levantó una mano para ponerse un pendiente.
– Eres un mentiroso, pero te quiero. -Dio una vuelta y los pliegues de su falda ondearon-. Bueno, ¿cómo estoy?
– Espectacular, abu…
– Espero que él opine lo mismo. Tengo una cita.
– ¡Una cita!
– Es tan apuesto como tú. ¡Todavía conserva todo su cabello y los dientes, y hasta la vesícula! Además tiene un torso precioso, si puedo decirlo.
Randy soltó una carcajada.
– Lo conocí en las clases de gimnasia -explicó Stella-. Ha prometido llevarme al salón de baile Bel Rae.
Randy la rodeó con los brazos y la alzó en el aire.
– ¡Déjalo plantado y ven conmigo!
Ella rió y lo apartó de un empujón.
– Ve a buscar a tu novia. A propósito, ¿tienes alguna?
– Hummm… tengo echado el ojo a una muchachita.
– Entonces ¿por qué no estás con ella? -Stella le dio una palmada cariñosa en el brazo antes de volverse para dirigirse con paso presuroso a su dormitorio-. ¿Cómo te va todo? -preguntó desde allí.
– ¡Muy bien! -respondió él mientras entraba en el salón.
Había luces encendidas en todo el apartamento, la música sonaba y junto a las puertas correderas de vidrio había una pintura sobre un caballete.
– Me han dicho que te han invitado a una boda -exclamó Stella.
– ¿Qué te parece?
– Y también que vas a ser tío.
– ¿Puedes creerlo?
– ¿Crees que tengo aspecto de bisabuela?
– ¿Bromeas? Eh, abuela, ¿has pintado tú estas violetas?
– Sí. ¿Te gustan?
– ¡Son preciosas! ¡No sabía que pintabas!
– ¡Yo tampoco! Es divertido.
Las luces se apagaron en el dormitorio, en el baño, en el pasillo, y Stella entró en el salón como una brisa fresca, con un collar que hacía juego con los pendientes.
– ¿Ya has encontrdo alguna banda con la que tocar?
– No -respondió Randy.
– ¿La estás buscando?
– Bueno… últimamente no mucho.
– ¿Cómo esperas encontrar una banda si no la buscas?
En ese momento sonó el timbre.
– ¡Oh, es él!
Stella dio un salto mientras se dirigía a la puerta. Randy la siguió y tuvo la impresión de ser más viejo que ella.
El hombre que entró tenía los cabellos grises y ondulados, las cejas hirsutas, un mentón firme y lucía un traje de corte perfecto.
– Gil, éste es mi nieto, Randy -presentó Stella-. Ha pasado por aquí para saludarme. Randy, éste es Gilbert Harwood.
Se estrecharon las manos. El apretón de Gil era cálido y cordial. Mantuvieron una breve charla, pero Randy advirtió que los dos estaban ansiosos por marcharse.
Minutos después se encontró otra vez en su coche. Con más hambre y más solo que antes, vio alejarse el automóvil en que iba su abuela y su amigo.
Condujo por McKusick Lane hasta Owens Street, donde se quedó mirando la cantidad de vehículos que rodeaban The Harbor que se alzaba enfrente. Estacionó y entró en el local, que estaba atestado, se sentó a la barra y pidió una cerveza. El lugar estaba lleno de humo, olía a carne asada, y los clientes tenían el vientre prominente, la voz áspera y barba muy crecida.
El tipo que estaba a su lado llevaba una gorra de los Minnesota Twins, tejanos y una camiseta debajo de un chaleco acolchado plagado de manchas. Volvió la cabeza y miró a Randy por debajo de unos párpados hinchados.
– ¿Cómo va todo? -preguntó.
– Bien…, bien -contestó Randy y tomó un trago de cerveza.
Bebieron cerveza, escucharon una canción de dos años atrás, oyeron el siseo de la carne fría al caer sobre la parrilla caliente en la cocina y alguna que otra carcajada. Alguien entró en el establecimiento y el aire frío les hizo estremecerse por un instante, antes de que la puerta se cerrara. Randy observó que ocho parroquianos se daban la vuelta para mirar a los recién llegados y luego continuaban trasegando con indiferencia. Apuró la copa, sacó del bolsillo una moneda de veinticinco centavos y utilizó el teléfono público para llamar a Lisa.
Cuando su hermana contestó, dedujo por su voz que estaba atareada.
– Hola, Lisa, soy Randy. ¿Estás ocupada?
– Sí, un poco. Mark y yo estamos preparando spanakopita, ya sabes, esa carne envuelta en hojas de parra, para llevarla a una cena griega en casa de unos amigos. ¡Estamos de manteca y relleno hasta los codos!
– Oh, bueno, no es nada importante. Sólo quería saber si te apetecía ver alguna película en vídeo. Pensaba elegir una e ir a tu apartamento.
– Caray, Randy, lo siento. Esta noche es imposible, pero si quieres puedes venir mañana.
– Sí, quizá pase mañana. Oye, diviértete y saluda a Mark de mi parte.
– Lo haré. Llámame mañana, ¿de acuerdo?
– Sí, claro. Hasta entonces.
De vuelta en su coche, Randy encendió el motor, sintonizó la radio y permaneció sentado con las manos sobre el volante. Eructó mientras contemplaba las luces a ambos lados de la colina de Owens Street. ¿Qué hacía toda esa gente en sus casas? Niños pequeños que cenaban con sus padres, parejas de recién casados que cenaban juntos. ¿Qué diría Maryann Padgett si la telefoneaba para invitarla a salir? Por desgracia no tenía suficiente dinero para llevarla a ningún lugar decente. A principios de semana se había gastado sesenta dólares en marihuana, el depósito de gasolina estaba casi vacío, había vencido la fecha de pago de su batería y no cobraría hasta el viernes próximo.