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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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Era amplio, con puertas que al cerrarse dejaban a la vista una superficie sólida, pulida, de roble blanqueado.

– Está de moda la madera blanqueada. Es suntuosa y sin embargo informal; por eso creo que podríamos emplearla también para la mesa y las sillas del comedor de la cocina.

Había más aspectos que considerar: papel pintado, muestras de telas y madera, la disposición de los muebles. A las siete y media Bess advirtió que Michael estaba cansado.

– Sé que te he abrumado con tantas propuestas pero, lo creas o no, aún hay más. Todavía no hemos escogido los elementos decorativos, como jarrones, cuadros, lámparas y estatuillas, pero pienso que hemos hecho bastante. Con la mayoría de la gente sólo hablo de una habitación en cada visita.

Michael dejó caer los hombros y suspiró.

Bess puso sobre la mesa, delante de él, un fajo de papeles sujetos con un clip.

– Aquí están las malas noticias que estabas esperando; un desglose minucioso, habitación por habitación, artículo por artículo, con una asignación para otros complementos que seleccionaré sobre la marcha…, siempre con tu aprobación, por supuesto. El importe total asciende a 76.300 dólares.

Michael torció el gesto.

– ¡Caramba!

Bess prorrumpió en carcajadas.

– ¿Lo encuentras divertido? -preguntó él.

– No; me ha hecho gracia la cara que has puesto.

Michael se mesó el pelo y resopló.

– Setenta y seis mil… Bess, dije que confiaba en ti…

– Ten en cuenta que sólo el sofá ya cuesta ocho mil. Si lo prefieres, renunciaremos a él, y los espejos de las paredes de la galería, que valen quince mil. Además, los artículos que he elegido son de diseñadores de primera clase, los que fijan las pautas en la industria.

– ¿Cuánto debo pagarte a ti?

Bess señaló el fajo de papeles.

– Está todo ahí. Un diez por ciento directo. La mayoría de mis colegas te cobraría el precio de mayorista más el diez por ciento de flete, además de setenta y cinco dólares la hora por el tiempo que les lleven el diseño y las consultas. Te aseguro que esas horas pueden elevar mucho la cuenta. Por otro lado, el término «precio de mayorista» es arbitrario, pues dicen la suma que quieren. Mi precio incluye flete y entrega, y te recuerdo que por gastos de desplazamiento sólo te cobraré cuarenta dólares. Así pues, puedes hablar con otros profesionales y comparar las tarifas si así lo deseas.

Bess se sentó mientras Michael estudiaba con atención la lista. Al cabo de unos minutos ella se levantó, volvió a llenarle la taza de café y regresó a su silla, cruzó las piernas y esperó en silencio hasta que Michael terminó de leer.

– Ha subido mucho el precio de los muebles, ¿verdad? -observó él.

– Sí, pero también ha mejorado nuestra posición social. Ahora diriges tu propia empresa y tienes mucho éxito. Es lógico que tu hogar lo refleje y supongo que, con el tiempo, recibirás más y más clientes en tu casa. Si la decoras como te he sugerido, recibirán una buena impresión de ti.

Michael la miró sin pestañear, y Bess reprimió el impulso de desviar la vista. La luz de la lámpara de pie confería un brillo plateado a su pelo y le teñía de dorado las mejillas. Era muy apuesto, y ella había asociado ese atractivo con la infidelidad y por eso, con toda premeditación, había elegido a un hombre más bien feo, como Keith. Ahora se daba cuenta de ello.

– ¿Cuánto dices que vale el sofá de piel? -preguntó él.

– Ocho mil.

– ¿Cuánto tiempo tardarán en enviarlo?

– Los pedidos suelen recibirse al cabo de doce semanas. En este caso no llegará antes de dieciséis, porque lo mandan desde Italia en barco y el trayecto dura unas cuatro semanas. No te negaré que en los últimos tiempos ha habido algunos problemas debidos a huelgas en los puertos, por lo que podría demorarse un poco más. Por otro lado, tal vez tengamos suerte y el fabricante tenga una pieza lista en el color que queremos; entonces la recibiríamos en unas seis semanas.

– ¿Tiene alguna clase de garantía?

– ¿Contra defectos de fabricación? Por favor, tratamos con nombres de gran categoría, no con mercachifles. Garantizan la calidad de sus productos.

– ¿Y qué hay del papel pintado y las cortinas? ¿Cuánto tiempo tendré que esperar por ellos?

– Los pediré sin demora, y los cortinajes deberían estar instalados en seis semanas. El empapelado es mucho más rápido, tal vez dos semanas.

– ¿Te encargas de todo eso?

– Por supuesto. Varios empapeladores trabajan para mí, de modo que no tienes que ocuparte de nada de eso. Lo único que tienes que hacer es dejarles una llave.

El presupuesto descansaba todavía en el regazo de Michael, que echó un vistazo a la primera página.

– Debo advertirte -añadió ella- que tendré que ir con frecuencia a tu apartamento para supervisar el empapelado y la colocación de las cortinas. Si hay algo mal, quiero solucionarlo antes de que lo descubras tú. También iré a ver los muebles en cuanto los lleven para asegurarme de que la gama de colores es correcta. ¿Tienes algún inconveniente?

– No.

Bess juntó todos los planos del piso y los guardó en un sobre de papel manila.

– Es mucho dinero, Michael, lo sé, pero cualquier diseñador de interiores te cobrará mucho más. Además, estoy en ventaja respecto a ellos, pues te conozco bien.

Sus miradas se encontraron mientras ella se sentaba en el borde de la silla, con una pila de papeles sobre las rodillas.

– Es probable que tengas razón -concedió Michael.

– Siempre te ha gustado la piel, por lo que te volverás loco con ese sofá italiano. Te encantarán la alfombra delante de la chimenea, los espejos en la galería y lo demás.

A ti también, pensó él. Michael también la conocía bien y sabía que ésos eran los colores, estilos y diseños que a ella le gustaban. Por un instante se entregó a la fantasía de que Bess había diseñado el lugar para los dos, como ya lo había hecho una vez.

– ¿Puedo tomarme un tiempo para pensarlo?

– Por supuesto.

Se levantaron y, mientras Bess recogía la taza y el platito del café, Michael miró su reloj.

– Son casi las ocho y me muero de hambre. ¿Y tú?

– ¿No has oído los gruñidos de mi estómago?

– ¿Te apetecería…? -Se interrumpió y meditó unos segundos antes de añadir-: ¿Te apetecería cenar conmigo?

Ella podía haber declinado la invitación con la excusa de que tenía que guardar los catálogos y muestras, aunque en realidad los necesitaría para los pedidos si él decidía contratar sus servicios. Podía haber dicho que prefería ir a casa para estar con Randy, aunque era poco probable que su hijo estuviera allí un viernes a las ocho de la noche. Podía, sencillamente, haber dicho que no sin dar ninguna explicación, pero lo cierto era que disfrutaba en su compañía y no le importaba pasar otra hora con él.

– Podríamos ir a Freight House -sugirió.

Michael sonrió.

– ¿Todavia sirven esa deliciosa cazuela de pescado y marisco?

– Como siempre -respondió ella con una sonrisa.

– Entonces vamos.

Salieron del Lirio Azul, cuyo escaparate seguía iluminado. El viento era tan fuerte que hacía oscilar las farolas de la calle y los cables.

– ¿Vamos en coche? -preguntó Michael.

– Es difícil encontrar aparcamiento cerca de allí en un fin de semana. Será mejor que caminemos, si no te importa.

El restaurante se hallaba a sólo dos manzanas. Durante el trayecto, las intensas ráfagas los empujaban, les levantaban los bajos del abrigo y Bess hacía equilibrio sobre sus tacones altos para evitar caer de bruces. Michael la tomó del codo y la sostuvo con firmeza mientras avanzaban deprisa con el cuerpo inclinado. Cruzaron Main Street y, cuando doblaron hacia Water Street, el viento cambió de dirección, se coló entre los edificios y formó remolinos. Bess se sentía confortada por el contacto de la mano de Michael.

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