Un Puente Al Amor
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
– ¿Qué opinas de esta araña?
Él se acercó y la miró con detenimiento.
– Me recuerda los gajos de un pomelo -respondió.
Bess se echó a reír.
– ¿Gajos de pomelo?
– Sí, esas piezas de cristal ahumado… ¿No tienen la forma de gajos de pomelo?
– Demasiado finos, tal vez. ¿Te gusta?
– Humm… -murmuró meditabundo-. Sí, me gusta bastante.
– A mí también.
Bess anotó que el vidrio de las mesas debía ser ahumado antes de pasar al comedor contiguo a la cocina. Esta habitación dominaba un alto montículo de álamos americanos -ahora sin hojas- y un pequeño parque con un torreón. Por suerte no había columpios, innecesarios para un edificio habitado por gente mayor y adinerada.
– ¿Qué actividades se realizan en el parque? -preguntó Bess.
– Picnics en verano, supongo.
– ¿No se organizan recitales de música, ni paseos en barca?
– No. Las lanchas navegan en la playa del condado o en el club de vela White Bear.
– ¿Te comprarás una?
– Puede ser. He pensado en ello.
– Hay muchos veleros en el lago, ¿verdad?
– Sí.
– Debe de ser una delicia contemplarlos desde aquí, o desde la terraza.
– Sí, lo es.
Bess hizo una anotación y se encaminó lentamente hacia el mostrador que dividía la cocina, donde una terrina de manteca de cacao, una hogaza de pan y algunas latas de conserva formaban la despensa de Michael. Apartó la mirada de la lastimosa colección porque le acometió un agudo deseo de desempeñar el papel de ama de casa, y a ninguno de los dos le convenía.
– ¿Utilizarás mucho la cocina? -preguntó de espaldas a Michael.
Él tardó en contestar.
– No.
Bess se volvió para dejar la carpeta sobre el mostrador.
– ¿Tienes alguna afición?
– Las mismas que hace seis años; la caza y la vida al aire libre, pero para eso tengo mi cabaña.
– ¿Sufres alguna alergia?
Michael frunció el entrecejo en un gesto de sorpresa.
– ¿Alergia?
– Algún tejido o material -explicó Bess.
– No.
– Entonces sólo queda preguntarte por tu presupuesto.
– No me lo he planteado. Lo que consideres oportuno. Lo dejo en tus manos. Te tengo confianza.
– ¿Todo el apartamento?
Michael miró en derredor con cierta indecisión.
– Supongo que sí.
– ¿La habitación de los invitados también?
Michael la miró.
– Detesto las habitaciones vacías.
– Yo también -coincidió Bess-. Además, es la primera sala que se ve al entrar en el vestíbulo.
De pronto Bess sintió el impulso insensato de acercarse a él, darle una palmada en la espalda y decirle: «No te preocupes, Michael, te llenaré el apartamento para que no estés tan solo.» Sin embargo sabía muy bien que una casa llena de objetos no podía sustituir a un hogar lleno de gente.
– Necesitaré tomar algunas medidas -añadió-. ¿Tendrías inconveniente en ayudarme?
– En absoluto.
– He tratado de hacer un bosquejo de la disposición de la planta, pero es tan extraña que me resulta difícil.
– Tengo algunos planos en mi oficina. Se dibujaron para los encargados de la venta. Te enviaré uno.
– Oh, eso me será muy útil. Entonces, empecemos con las medidas.
Pasaron los veinte minutos siguientes midiendo las salas, puertas y ventanas. Una vez que hubo tomado nota, Bess se puso la carpeta bajo el brazo y enrolló la cinta métrica.
Regresaron al vestíbulo, donde Michael tomó el abrigo de Bess y la ayudó a ponérselo.
– Y ahora ¿qué? -preguntó.
– Haré un plano de cada pieza en papel milimetrado. Después miraré catálogos para elegir el mobiliario, las cortinas, el papel pintado… Reproduciré los muebles a escala en plástico magnético para que podarnos disponerlos sobre el plano del piso. Cuando todo eso esté terminado, te llamaré para concertar una cita. Por lo general me reúno con los clientes en mi negocio después de cerrar para evitar interrupciones. Además tengo allí todos los muestrarios y si algo de lo que propongo no te gusta podemos buscar otra cosa.
– Entonces, ¿cuándo tendré noticias tuyas?
Bess ya se había abotonado el abrigo y estaba poniéndose los guantes.
– Empezaré a trabajar en ello sin pérdida de tiempo para presentarte el proyecto dentro de una semana, ya que estás viviendo en condiciones bastante espartanas. -Le dedicó una sonrisa profesional y le tendió su mano enguantada-. Gracias Michael.
Él se la estrechó.
– ¿No te olvidas de algo?
– ¿De qué?
– Los cuarenta dólares por los gastos de desplazamiento.
– ¡Ah, eso! Fijé esa suma para disuadir a la gente solitaria que sólo desea un poco de compañía para una tarde… Te asombraría saber cuántos hay de ésos. Sin embargo salta a la vista que necesitas los muebles, y no eres un desconocido.
– Los negocios son los negocios, Bess, y si hay que pagar, lo haré.
– De acuerdo. Lo incluiré en la factura.
– De ninguna manera. Espera aquí.
Michael se dirigió a la habitación que tenía la mesa de dibujo, y ella lo observó desde el vestíbulo a través de la puerta. Cogió la carpeta y la cartera, y entró en la sala, donde Michael extendía un cheque.
Bess miró la foto de sus hijos por encima de los hombros de Michael.
– Eran adorables cuando tenían esa edad, ¿no es cierto? -susurró.
Él dejó de escribir, miró un instante la fotografía y arrancó el cheque antes de volverse hacia Bess.
– Sí, eran adorables.
Se hizo el silencio mientras los dos miraban a sus hijos, captados en un día sin zozobras. Michael la miró, y Bess lo notó a pesar de que continuaba con la vista clavada en el retrato.
– Michael, yo…
Mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas, sus miradas se cruzaron.
– El sábado visité a mi madre y mantuvimos una larga charla… -Hizo una pausa-. Le conté lo difícil que me resulta verte otra vez. Según ella, eso obedece a que me haces analizar mi conducta y plantearme la responsabilidad que tuve en el divorcio.
Michael aguardó a que continuara.
– Creo que te debo una disculpa, por predisponer a los chicos contra ti.
Algo había cambiado en los ojos de Michael… Tal vez un rápido rapto de cólera reprimida. Aunque no movió un músculo, parecía más rígido mientras la miraba de hito en hito.
Bess posó la vista en sus guantes.
– Juré que nunca mezclaría los negocios con mi vida privada, pero esto me atormenta y, al ver la fotografía, me he dado cuenta de que… bueno, de que tú también los quieres y de cuánto debes de haber sufrido al estar lejos de ellos. -Se interrumpió y lo miró a los ojos-. Lo siento, Michael.
Michael reflexionó durante unos segundos antes de hablar.
– Te odié por eso, Bess. Tú lo sabes -murmuró.
Ella desvió la mirada hacia la mesa de dibujo.
– Sí, lo sé -admitió.
– ¿Por qué lo hiciste?
– Porque me sentía herida y agraviada.
– Pero lo que ocurrió entre nosotros no tenía por qué afectarles a ellos.
– Lo sé, ahora lo sé.
Tras un largo silencio Bess agregó:
– Mi madre dijo algo más. -Hizo acopio de coraje para continuar-. En su opinión, cuando volví a la universidad te coloqué en el último lugar de mi lista de prioridades y por eso buscaste otra mujer. ¿Es cierto eso, Michael?
– ¿Tú qué crees?
– Te he hecho una pregunta.
– No pienso contestarla. No vale la pena. Es demasiado tarde.
– Entonces es cierto.
Michael le entregó el cheque.
– Gracias por venir, Bess. Lo siento, tengo que ir a mi oficina.
Bess sintió que le ardían las mejillas mientras cogía el cheque.
– Lo lamento, Michael. No debería haber sacado el tema a colación. No es el momento apropiado.
Michael le abrió la puerta y de pronto la cerró.