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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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Además, empezaba a sospechar que tal vez Michael desempeñaba un papel importante en su repentino deseo de cortar los lazos con Keith. Había sido él quien le había pedido disculpas, pero quizá fuera ella quien se las debía.

Durante la semana siguiente pensó demasiado en Michael. Mientras hojeaba catálogos de papel pintado y muebles, se le presentaba la imagen de sus habitaciones vacías y recordaba el eco de sus voces en ellas. Veía su toalla húmeda, su cepillo de dientes y, en especial, sus colchones sobre el suelo. Aunque estaba divorciada de él, era imposible olvidar todo cuanto sabía de él. A veces lo imaginaba en situaciones íntimas, cotidianas, que sólo una esposa o una amante pueden conocer; con únicamente una toalla alrededor de las caderas y el cutis irritado después de afeitarse, o con el pelo mojado tras una ducha. Se lo representaba vestido con un traje antes de partir hacia el trabajo, guardándose la cartera, que sólo contenía unos billetes, el carnet de conducir y un par de tarjetas de crédito, pues detestaba abultar demasiado el bolsillo. Por último lo veía abrir el corta plumas que siempre llevaba consigo y limpiarse las uñas. Lo hacía todas las mañanas, sin falta. En todos los años que lo conocía, muy raras veces lo había visto con suciedad debajo de las uñas; ésa era una de las razones por las que le gustaban tanto sus manos.

Había postergado a siete clientes para trabajar en el diseño del apartamento de Michael. Sabía qué le gustaba: los sofás largos para tumbarse, sillones de reposabrazos gruesos y divanes a juego, el diario USA Today con el desayuno, las chimeneas encendidas a la hora de la cena, los helechos, la piel legítima, la luz difusa.

Conocía las cosas que le disgustaban: las alfombras, los tapetes de adorno, las plantas colgadas del techo, el desorden, el amarillo y el naranja, los cables de teléfono de más de tres metros, ver la televisión durante las comidas.

Le resultaba difícil recordar un trabajo del que hubiese disfrutado tanto o diseñado con tanta seguridad. Qué ironía que ahora conociera mejor sus gustos que cuando había decorado la casa que habían compartido. Además, le había dado carta blanca en cuanto al presupuesto.

El jueves lo llamó por teléfono.

– Hola, Michael, soy Bess. Ya he terminado los planos. Puedes pasar por mi negocio y examinarlos conmigo.

– ¿Cuándo te va bien? -se apresuró a preguntar él.

– Como ya te expliqué, procuro concertar las citas una vez que he cerrado el local para evitar interrupciones. ¿Qué tal mañana a las cinco?

– Perfecto. Allí estaré.

Al día siguiente, viernes, Bess se fue a su casa a las tres y media. Se lavó la cara, volvió a maquillarse, se retocó el peinado, cambió la ropa que llevaba puesta por un traje recién planchado y regresó al negocio con el fin de disponer los materiales para la presentación y mandar a casa a Heather diez minutos antes.

Cuando Michael entró, estaban encendidas las luces del escaparate, el interior olía a café recién preparado y en el fondo del local, alrededor de un conjunto de muebles de mimbre, estaba el material que Bess quería enseñarle: telas colgadas, catálogos de papel pintado y fotografías.

Bess oyó el ruido del tráfico que se coló dentro al abrirse la puerta y salió al encuentro de Michael.

– Hola, Michael -saludó sonriente-. ¿Cómo estás? Espera un minuto, voy a echar la llave.

Avanzó zigzagueando para sortear las mercancías almacenadas en el reducido espacio, donde sólo quedaba libre un estrechísimo pasillo. Cerró la puerta con llave y dio la vuelta al letrero de ABIERTO. Al regresar vio que Michael examinaba las paredes, de las que colgaban grabados enmarcados y tapices, mientras se desabotonaba el abrigo. Con su presencia, el establecimiento parecía de pronto atestado, ya que sus dimensiones eran mucho más adecuadas para mujeres.

– Has sacado mucho provecho de este local -comentó Michael.

– Está demasiado lleno, y el desván es insoportable en verano, pero cuando pienso en deshacerme de él, me pongo nostálgica y cambio de idea. Hay algo que me retiene aquí.

Bess advirtió que él también acababa de acicalarse para ese encuentro; lo dedujo por el aroma sutil de la colonia inglesa.

– ¿Quieres que te guarde el abrigo? -preguntó.

Era de gruesa lana gris y Bess notó que pesaba cuando se lo entregó junto con una suave bufanda de cuadros. Al pasar junto a él para colgar el abrigo tras la puerta del sótano la envolvió una vaharada de aromas; no sólo el olor de la colonia, sino una combinación de cosméticos, de aire fresco, de su automóvil, de él mismo…, uno de esos legados fragantes que un hombre deja en la memoria de una mujer.

Respiró hondo y dio media vuelta.

– Tengo todo preparado aquí, al fondo -indicó mientras se encaminaba hacia los asientos de mimbre-. ¿Te apetece un café?

– La verdad es que sí. Hace mucho frío fuera.

Esperó de pie delante del canapé hasta que ella dejó las tazas y los platitos sobre una mesa auxiliar y se sentó en un sillón a la derecha de él.

– Gracias.

Michael se desabrochó un botón de la americana al tomar asiento. El canapé era bajo, de modo que las rodillas le quedaban levantadas. Bebió un sorbo de café mientras ella abría un sobre de papel manila y sacaba los planos de las habitaciones.

– Empezaremos con el salón. Te mostraré primero el papel pintado que he elegido para que puedas imaginarlo como fondo de los muebles mientras te los describo.

Rodeada de muestras, le presentó su propuesta para el salón; empapelado en crema, malva y gris, persianas verticales, sillones frente a la chimenea, mesas con superficie de vidrio ahumado y macetas con plantas.

– Creo recordar que te gustaba el helecho que teníamos y lo regabas cuando yo me olvidaba, de manera que he pensado en incluir plantas como elemento decorativo.

Alzó la vista y observó que él estudiaba la colección de muestras y después la miraba.

– Creo que me gusta.

Bess sonrió y reanudó la exposición de sus sugerencias: para el comedor formal, una mesa con superficie de vidrio ahumado y armazón de bronce, rodeada de sillas con el asiento y el respaldo tapizados; para el vestíbulo, una escultura de cristal tallado sobre una consola de diseño audaz, flanqueada por un par de elegantes sillas tapizadas; para la galería, paredes revestidas de espejos y un pedestal debajo de la araña donde se expondría la escultura que él eligiera; para el despacho, un escritorio, una silla, un aparador, un flexo y librerías; para la habitación de los huéspedes, una cama art déco, un tocador lacado de color crema, y cortinas en tonos lavanda, para el dormitorio principal, un juego de tres piezas en laca negra de estilo art déco, junto con candelabros y una silla tapizada. Sugirió, además, que la colcha, el papel de las paredes y las cortinas tuvieran el mismo estampado.

Se reservó para el final la sala de estar, donde propuso colocar un suntuoso sofá de piel italiana a lo largo de toda la pared y curvado en las dos esquinas.

– La piel italiana es la más fina que hay en el mercado -explicó Bess-. Es cara, pero vale la pena y, como me diste carta blanca con el presupuesto, pensé que podrías disfrutar de algo muy lujoso.

– Hummm… podría.

Michael examinó la fotografía del sofá curvado. Ella reconoció la expresión de codicia en su rostro.

– Dices que es caro… ¿Cuánto cuesta?

– Te lo diré después; por ahora sumérgete en la fantasía. El golpe de gracia vendrá al final de la presentación, de modo que, si no te importa esperar…

– De acuerdo, como tú digas.

– El sofá está disponible en crema o negro. Cualquiera de los dos colores iría bien, pero opino que el crema es mejor para la sala de estar. Además, en los tonos oscuros se ve el polvo. Ven aquí, te enseñaré el mueble para el equipo de música y la televisión.

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