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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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– ¿Por qué lo has sacado a relucir Bess?

– No lo sé. Últimamente no me entiendo a mí misma. Tengo la impresión de que hay muchas cosas que no aclaramos en su momento y con frecuencia me remuerde la conciencia. Supongo que debo asumir lo que hice y olvidarlo. Para eso sirven las disculpas, ¿de acuerdo?

Michael la miró con expresión severa y ella asintió.

– De acuerdo. Disculpas aceptadas.

Bess no sonrió, no habría podido. Él tampoco.

Michael le entregó una muestra de la moqueta y la acompañó a la salida, a prudente distancia, y pulsó el botón del ascensor. La puerta se abrió al instante.

– Gracias por venir -dijo.

Bess entró en la cabina, se volvió para ofrecerle una sonrisa conciliadora y vio que él ya regresaba al apartamento. La puerta del ascensor se cerró y mientras descendía Bess se preguntó si al disculparse había contribuido a que la situación entre ellos mejorara o empeorara.

Capítulo 7

Randy Curran se dejó caer en una desvencijada mecedora tapizada y buscó en el bolsillo de su chaqueta la bolsita de marihuana. Eran casi las once de la noche y la madre de Bernie estaba fuera, como de costumbre. Trabajaba de camarera en un bar, de modo que casi todas las noches tenían el apartamento para ellos solos. La radio estaba sintonizada en Cities 97 y esperaban que empezara el programa The grateful dead hour. Bernie se hallaba sentado en el suelo, con una guitarra eléctrica sobre el regazo, y el amplificador estaba apagado cuando arrancó con una canción de Guns N’Roses. Randy conocía a Bernie Bertelli desde octavo, cuando se mudó a la ciudad después de que sus padres se divorciaran. Desde entonces habían fumado juntos muchos porros.

La casa de Bernie era una pocilga. El suelo estaba cuarteado, y de las paredes colgaban baratijas de plástico. La alfombra estaba muy sucia y su felpa más enmarañada que el pelaje de los dos perros, Skipper y Bean, a los que se permitía hacer todo cuanto quisieran en la casa. En ese momento, Skipper y Bean dormían sobre el sofá-cama, que alguna vez, en sus orígenes, había tenido un tapizado de nailon de cuadros, pero que ahora estaba cubierto con un trapo floreado con manchas de excrementos de los perros. Las mesitas de café tenían las patas torcidas y, contra una pared, una pirámide de latas de cerveza llegaba hasta el techo; la madre de Bernie había colocado la del vértice.

Randy nunca se sentaba en el sofá-cama, ni siquiera cuando estaba flipado o borracho. Siempre elegía la mecedora verde, un mueble decrépito que parecía haber recibido un fuerte golpe, porque estaba totalmente torcido hacia un costado. Un viejo retazo de manta doblado cubría el asiento para tapar los muelles, y el tapizado de los brazos estaba lleno de quemaduras de cigarrillos.

Randy sacó la bolsita y una pipa muy pequeña, del tamaño suficiente para una sola fumada. Los días de compartir el canuto con los colegas pertenecían al pasado. ¿Quién podía permitirse esos lujos?

– Esta mierda está cada vez más cara, tío -comentó.

– Sí. ¿Cuánto te ha costado?

– Sesenta dólares.

– ¿Por un cuarto?

Randy se encogió de hombros. Bernie silbó.

– Más vale que sea buena, compañero.

– La mejor. Mira esto… -dijo Randy al tiempo que abría la bolsita-. Capullos.

Bernie se inclinó y echó un vistazo.

– Capullos… ¡Guau! ¿Cómo los has conseguido?

Todo el mundo sabía que los capullos rendían el máximo por el mismo dinero…, mejor que las hojas o los tallos, o las semillas. Se podían apretar más y tener una buena carga para un par de caladas.

Mientras llenaba la cazoleta Randy echó de menos los días en que preparaba porros lo bastante grandes para pasarlos a sus compañeros. Una vez había visto a un tipo que sabía enrollar un cigarrillo con una sola mano. Él lo había intentado en alguna ocasión, pero desperdiciaba mucha cantidad, por lo que siempre empleaba las dos manos, lo que se consideraba una verdadera proeza entre los fumadores de canutos.

Randy encendió un fósforo. La pipa contenía menos que un dedal lleno. Aplicó la cerilla, aspiró una buena bocanada y la retuvo en los pulmones hasta que le ardieron. Exhaló, tosió y volvió a llenar la cachimba.

– ¿Quieres, Bernie? -preguntó.

Su amigo dio una calada y también tosió, mientras un olor similar al del orégano quemado colmaba la habitación.

Randy tomó dos bocanadas más antes de sentir la embriaguez; un dulce estremecimiento recorrió su cuerpo y lo invadió una euforia creciente. Veía distorsionado todo cuanto le rodeaba. Bernie parecía estar al otro lado de una pecera, y las luces sobre el equipo de música brillaban de forma tenue, como una lluvia de estrellas fugaces que se desplazaban con suma lentitud. La música de la radio se convirtió en una sensación especial que le dilató los poros y agudizó su capacidad de percepción.

Las palabras acudieron a él y se arremolinaron a través de su visión como si tuvieran volumen y forma…, palabras agradables, sugerentes.

– He estado con esa chica -murmuró Randy-. ¿Te lo he contado?

Tenía la impresión de que lo había explicado una hora antes y que las palabras caían ahora, aterrizaban sobre Bean muy despacio.

– ¿Qué chica?

– Maryann. Vaya nombre, ¿eh? Maryann. ¿A quién se le ocurre poner semejante nombre a una hija?

– ¿Quien es Maryann?

– Maryann Padgett. Cené en su casa. Lisa va a casarse con su hermano.

Bean roncaba sobre el sofá-cama. Randy se sintió traspasado por la visión -que recibía con la belleza de un calidoscopio- del labio del perro, negro por fuera, rosado por dentro, que vibraba al compás de su suave respiración.

– Ella ahuyenta toda la porquería que tengo dentro.

– ¿Por qué?

– Porque es una buena chica.

Llegó la sed, exagerada, como todo lo demás.

– Eh, Bern, tengo la boca seca. ¿Hay una cerveza por aquí?

El líquido le supo como un elixir mágico; cada sorbo era mil veces mejor que un orgasmo.

– Nosotros no nos enrollamos con las chicas buenas, ¿verdad, Bern?

– ¡Claro que no, tío! ¿Por qué habríamos de hacerlo?

– Tíratelas y déjalas, ¿eh, Bern?

– Así es… -Dos minutos después, Bernie repitió-: Así es. -Transcurrieron otros diez minutos antes de que volviera a hablar-. Ostras, estoy jodido.

– Yo también -afirmó Randy-. Estoy tan jodido que hasta me gusta tu nariz. Tienes la nariz como la de un oso hormiguero y estoy tan jodido que la encuentro bonita.

Bernie irrumpió en carcajadas, que a Randy le parecieron distantes.

– No hay que tomar en serio a las tías -afirmó Randy un buen rato después-. Ya sabes a qué me refiero. Acaban enredándote, te casas con ellas, tienes hijos; luego te acuestas con otra tipa, te largas de tu casa y tus hijos lloran a moco tendido.

Bernie meditó largo rato antes de hablar.

– ¿Tú lloraste a moco tendido cuando tu viejo os dejó? -preguntó.

– Algunas veces; donde nadie pudiera verme, desde luego.

– Sí, yo también.

Más tarde Randy sintió que se disipaba el letargo y llegaban las arcadas. Se inclinó en el asiento y contó siete latas de cerveza alrededor de él antes de vomitar. Bean despertó, se estiró y se sacudió, saltó del sofá-cama y extendió una capa nueva de pelo sobre la alfombra enmarañada. Skipper enseguida lo imitó. Los dos olfatearon a Bernie, que tenía los ojos muy rojos.

Randy se tomó su tiempo para recuperarse. Era pasada la medianoche y tenía que levantarse a las seis. Lo cierto es que estaba harto de su empleo en el almacén, y de la pocilga de Bernie y del precio de la marihuana. ¿Qué hacía allí, en esa mecedora desvencijada con quemaduras de cigarrillos en los brazos, mirando la narizota de Bernie y contando las latas de cerveza?

¿De quién quería vengarse?

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