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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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La hija de Avdaga se parecía a su padre, no sólo en la cara y en el aspecto, sino en la lucidez de su espíritu y en su don de palabra. Quienes mejor lo sabían eran los muchachos que, en las bodas y en los encuentros fortuitos, trataban, por medio de adulaciones triviales o bromas atrevidas, de conquistarla o de azararla. Su don de palabra no era nada inferior a su belleza. La canción sobre Fata, la hija de Avdaga (las canciones en torno a criaturas tan excepcionales nacen de un modo espontáneo, sin saber dónde) decía:

¡Qué juiciosa eres, qué hermosa, hermosa Fata, hija de Avdaga!

Así se cantaba y se hablaba en la ciudad y en sus alrededores, pero eran pocos los que tenían la audacia de pedir la mano de la muchacha. Y cuando incluso esos pocos fueron rechazados sucesivamente, se formó en seguida en torno a Fata el círculo de admiración, de odio y de envidia, de deseos inconfesados y de espera maliciosa, que rodea siempre a los seres cuyos dones y cuyo destino son excepcionales. Tales personas, a las que se canta y de las que se habla, son arrastradas velozmente por su destino particular, y, tras ellas, quedan vivas, en lugar de una existencia realizada, una canción o una historia.

Entre nosotros, ocurre con frecuencia que la muchacha de la que se habla mucho, se queda, precisamente por esta razón, sin pretendientes y "soltera", mientras que se casan fácilmente las muchachas que, desde todos los puntos de vista, no valen lo que aquélla. Esta desventura no cayó sobre Fata, porque hubo quien fue lo suficientemente atrevido para pedir su mano; alguien sumamente hábil y tenaz para alcanzar su meta.

En el círculo irregular que forma la cuenca del Drina a su paso por Vichegrado, exactamente enfrente de Veli Lug, se encuentra la aldea de Nezuka.

Más allá del puente, a menos de una hora de marcha río arriba, justamente en el macizo de montañas escarpadas de las que, como un muro pardo, desemboca el Drina en un brusco recodo, hay una estrecha faja de tierra fértil situada sobre la orilla rocosa del río. Son aluviones y torrentes que descienden en abrupta pendiente de las Rocas de Butko. Ellos permiten la existencia de campos y de jardines y, a un lado, de praderas cubiertas por hierba tierna que se pierden hacia las cumbres entre pedriscos escarpados y breñas sombrías. Toda la aldea es propiedad de los beys Hamzitch, también llamados los Turcovitch. En la mitad de las tierras viven cinco o seis familias de campesinos siervos; en la otra, se encuentran las casas de los beys, los hermanos Hamzitch, con Mustaí-Bey Hamzitch a la cabeza. La aldea está apartada y expuesta al norte, sin sol, pero también sin viento, y es más rica en frutas y en heno que en trigo. Rodeada y oprimida por todas partes por altas colinas abruptas, está a la sombra casi todo el día, y siempre en silencio, aunque cada llamada de los pastores, cada movimiento de los cencerros del ganado sean devueltos por las montañas en un eco sonoro y múltiple. Sólo hay un camino que conduzca a ella. Cuando, al salir de la ciudad, se cruza el puente y se deja la carretera principal que se desvía a la derecha y sigue el curso del río, y una vez situados justamente en la orilla, se va a parar a un estrecho sendero pedregoso que tuerce a la izquierda del puente, atraviesa una extensión árida e inculta y sube por encima del Drina, pasando junto a la orilla, como un borde blanco sobre el terreno pardo que cae a pico, hundiéndose en el río. Si se mira desde arriba del puente, a algún caballero o a un peatón que pasen por aquel lugar, se tiene la impresión de que van por un estrecho tronco de árbol arrojado entre el agua y la roca, y su imagen, mientras avanzan, no deja de reflejarse en el agua tranquila y verde del río.

Es el camino que conduce desde la ciudad a Nezuka; pero de Nezuka no sale ningún otro, porque no hay sitio donde ir ni nadie que viaje. Tan sólo, por encima de las casas, la vertiente, cubierta por un bosque claro, está cortada por dos profundos barrancos blancos por los cuales trepan los pastores cuando van en busca del ganado a la montaña.

Allí se encuentra la enorme casa blanca del más viejo de los Hamzitch, Mustaí-Bey. No es más pequeña que la casa de los Osmanagitch en Veli Lug, pero a diferencia de ésta, es absolutamente invisible, hundida en aquel soto a orillas del Drina. Dispuestos en torno a ella, en semicírculo, crecen once altos álamos que, por su susurro y su movimiento, dan una animación continua a aquel rincón de tierra cerrado por todas partes y de difícil acceso. Más abajo se encuentran, algo más pequeñas y más modestas, las casas de los otros dos hermanos Hamzitch. Todos los Hamzitch tienen muchos hijos y son esbeltos, altos, pálidos de rostro, taciturnos e introvertidos, pero unidos y activos en el trabajo, acostumbrados a estimar y a defender lo que les pertenece. Al ser las gentes más acomodadas de la aldea, tienen en la ciudad sus almacenes de depósito, adonde llevan cuanto cosechan en Nezuka. Durante cada estación, ellos y sus siervos pululan y trepan como hormigas por el estrecho sendero que corre a lo largo del Drina; unos llevan sus mercancías a la ciudad, otros vuelven de ella, concluidos sus asuntos, con el dinero en el cinturón, para recogerse en su pueblo invisible.

En casa de Mustai-Bey Hamzitch, en aquel edificio blanco que recibe a los hombres como una agradable sorpresa al cabo del sendero pedregoso que parece no conducir a ninguna parte, hay cuatro hijas y un hijo único, Nail. Este Nail-Bey, de Nazuka, ha sido de los primeros en fijarse en Fátima, la de Veli Lug. Durante una boda, a través de una puerta entreabierta, junto a la cual se hacinaba un gran número de jóvenes entusiastas, no dejó de admirar su belleza. La volvió a ver otra vez, rodeada de amigas, y le dirigió una broma atrevida:

– Quieran Dios y Mustaí-Bey darte el nombre de desposada. Fata ahogó su risa.

– No rías -dijo, a través de la estrecha abertura de la puerta, el excitado muchacho -, ese prodigio se realizará un día.

– Eso sucederá cuando Veli Lug descienda hasta Nezuka -repuso la muchacha con una nueva risa y un movimiento altivo de su cuerpo, como sólo las criaturas semejantes a ella y de su edad son capaces de hacer, y que decía más que sus palabras y su risa.

Así provocan a menudo al destino, con osadía, de modo desconsiderado, los seres particularmente dotados por la naturaleza. Esta respuesta se divulgó y corrió de boca en boca, como todo lo que ella hacía y decía.

Pero los hermanos Hamzitch no son gente que se detenga o se desanime ante la primera dificultad. Incluso cuando se trata de asuntos de menor importancia, no los rematan inmediatamente ni violentan las cosas; mucho menos, en una cuestión de tanta importancia. Una tentativa, hecha a través de los parientes de la ciudad, no tuvo éxito. Entonces, el viejo Mustaí-Bey Hamzitch tomó en sus manos el matrimonio de su hijo. Tenía desde siempre negocios en común con Avdaga. A causa de su naturaleza irritable y fiera, Avdaga había padecido en los últimos tiempos pérdidas considerables, debido a las cuales le era difícil hacer frente, por el momento, a algunos de sus compromisos. Mustaí-Bey, en tales circunstancias, lo ayudó y lo sostuvo, como únicamente las buenas personas del barrio del mercado pueden ayudarse y sostenerse unos a otros en un trance difíciclass="underline" con sencillez, con naturalidad y sin discursos.

En esos depósitos umbrosos y frescos, y en los asientos de piedra pulimentada que hay ante ellos, no se arreglan sólo las cuestiones de dinero y de comercio, sino también destinos humanos. ¿Qué pasó entre Avdaga Osmanagitch y Mustaí-Bey Hamzitch? ¿Cómo Mustaí-Bey pidió la mano de Fata para su hijo Nail, y cómo Avdaga, con su rigidez y su orgullo, "la concedió"? Nadie lo sabrá nunca. Tampoco se sabrá cómo sucedieron las cosas en Veli Lug, entre el padre y su hija. Desde luego, no pudo haber resistencia por parte de ella. Una mirada llena de dolorosa sorpresa y aquel movimiento orgulloso de su cuerpo que sólo era suyo, y después una muda y sorda sumisión a la voluntad paterna, como era y es costumbre entre nosotros. Igual que en sueños, empezó a exponer, a contemplar y a ordenar su equipo de novia.

Tampoco se supo nada de Nezuka. Los prudentes Hamzitch no pedían a las gentes que registrasen su éxito en sus conversaciones. Habían obtenido lo que querían y, como siempre, se contentaban con el triunfo. No tenían necesidad de que nadie participase de su alegría, de igual modo que nunca pedían compasión cuando sufrían un fracaso.

La gente no dejaba de levantar murmullos abundantes y desconsiderados, como suelen ser los murmullos de la gente, a propósito del acontecimiento. Por toda la ciudad y por sus alrededores, se contaba cómo los Hamzitch habían obtenido lo que querían; cómo la bella, altiva y juiciosa hija de Avdaga, que no había encontrado en toda Bosnia un pretendiente digno de ella, había sido burlada y vencida; cómo, a pesar de todo, " Veli Lug descendería hasta Nezuka", aunque Fata hubiese declarado públicamente que esto no sucedería nunca. Porque a la gente le gusta hablar así de la caída y de la humillación de aquellos que se han levantado y han emprendido un vuelo demasiado alto.

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