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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Lo sé, doctor, y estoy de acuerdo. Ahora, si no le importa… —las visiones del agua caliente y la cama limpia retrocedieron cuando Horvath se agarró de nuevo a su solapa.

—Sólo un momento, por favor —Horvath parecía estar diciendo algo—. Señor Renner, usted estaba a bordo de la MacArthur cuando capturó la sonda alienígena, ¿verdad?

—Sí, claro, estaba.

—Me gustaría hablar con usted.

—¿Ahora? Pero, doctor, la nave puede necesitar de mí en cualquier momento…

—Lo considero urgente.

—Pero estamos cruzando la fotosfera de una estrella, supongo que se ha dado cuenta.

Y llevo tres días sin ducharme, como quizás haya advertido también… Renner miró de nuevo a Horvath y se resignó.

—Está bien, doctor —dijo—. Pero retirémonos del pasillo.

La cabina de Horvath estaba tan atestada como el resto de la nave, aunque al menos tenía paredes. Más de la mitad de la tripulación de la MacArthur habría considerado aquellas paredes un lujo inmerecido. Al parecer, Horvath, por la expresión disgustada y las disculpas que dio cuando entraron en la cabina, no pensaba igual.

Retiró la litera empotrándola en el mamparo y sacó dos sillas de la pared opuesta.

—Siéntese, Renner. Hay cosas sobre esa captura que siguen inquietándome. Espero que pueda usted darme una versión imparcial. Usted no es un miembro normal de la Marina.

El piloto no se molestó en desmentirlo. Había sido antes piloto de una nave mercante, y mandaría una cuando abandonase la Marina con mayor experiencia aún; y estaba deseando volver al servicio mercante.

—Dígame —preguntó Horvath, sentado en el borde mismo de la silla plegable—. ¿Fue absolutamente necesario el ataque a la sonda alienígena?

Renner rompió a reír.

Horvath lo aguantó, aunque daba la sensación de haber comido una ostra podrida.

—Está bien —dijo Renner—. No debería haberme reído. Usted no estaba allí. ¿Sabía usted que la sonda caía sobre Cal en desaceleración máxima?

—Desde luego, y me doy cuenta de que también usted estaba allí, pero ¿era realmente peligroso eso?

—Doctor Horvath, el capitán me sorprendió dos veces. Por completo. Cuando la sonda atacó, yo intentaba bordear la vela antes de que nos asáramos. Podría haberlo conseguido o no. Pero el capitán nos condujo a través de la vela. Fue una idea muy inteligente, algo en lo que yo debería haber pensado, y considero a ese hombre un genio. Es también un maníaco suicida.

—¿Que?

En la cara de Renner había miedo retrospectivo.

—Nunca debería haber intentado recoger la sonda. Habíamos perdido demasiado tiempo. Estábamos a punto de embestir contra una estrella. No creí que pudiésemos coger tan deprisa aquella condenada sonda…

—¿Hizo eso el propio Blaine?

—No. Delegó el trabajo en Cargill. Que es el que mejor maniobra en alta gravedad de toda la tripulación. Ahí está la cosa, doctor. El capitán escogió al mejor y le cedió su puesto.

—¿Y usted apoyaba todo lo que él hacía?

—Desde luego, plenamente.

—Bien, es cierto que consiguió cogerla. —Horvath parecía estar probando algo amargo—. Pero también disparó sobre ella. Fue el primero…

—Ellos dispararon primero.

—¡Era el mecanismo de defensa contra meteoritos!

—¿Y qué?

Horvath apretó los labios.

—Bien, doctor, suponga que deja usted su coche en una cuesta sin frenos y con las ruedas apuntando hacia abajo y suponga que rueda ladera abajo y mata a cuatro personas. ¿Qué piensa usted del caso desde un punto de vista ético?

—Me parece terrible, pero no sé qué quiere decir con eso, Renner.

—Los pajeños son por lo menos tan inteligentes como nosotros, ¿de acuerdo? Muy bien. Construyen un sistema de defensa contra meteoritos. Tienen obligación de comprobar si están disparando contra un meteorito o contra una nave neutral.

Horvath permaneció sentado y en silencio durante lo que pareció mucho tiempo, mientras Kevin Renner pensaba en la capacidad limitada de los tanques de agua caliente de la zona de oficiales. Aquella expresión agria era natural en Horvath, según pudo comprobar Renner; las líneas de su cara se ajustaban a ella de modo natural e inmediato. Por fin el Ministro de Ciencias dijo:

—Gracias, señor Renner.

—De nada —dijo Renner levantándose. Sonó la alarma.

—Oh, Dios mío. Eso es para mí —y salió rápidamente hacia el puente.

Estaban bastante dentro del Ojo: lo bastante para que el fino polvo estelar que les rodeaba resultase amarillo. Los indicadores del Campo se veían también amarillos, pero con un matiz verde.

Renner vio todo esto al mirar hacia la media docena de pantallas del puente. Miró los gráficos de sus propias pantallas; y no vio a la otra nave.

—¿Ha saltado la Lenin?

—Acaban de hacerlo —dijo el guardiamarina Whitbread—. Nosotros lo haremos ahora, señor.

El guardiamarina pelirrojo sonreía de oreja a oreja. Blaine se acomodó en el puente.

—Hágase cargo del control, señor Renner. El piloto debe estar ya en su puesto.

—De acuerdo, señor —Renner se volvió a Whitbread—. Le relevaré ya.

Sus dedos se movieron sobre clavijas y teclas, y luego pulsó una hilera de botones mientras los nuevos datos aparecían en su pantalla. Las alarmas fueron sonando en rápida sucesión: ESTACIONES DE SALTO, ESTACIONES DE COMBATE, AVISO DE ALTA ACELERACIÓN. LA MACARTHUR PREPARADA PARA LO DESCONOCIDO.

Segunda parte

El punto de Eddie el Loco

13 • Mira a tu alrededor

Ella fue la primera en descubrir a los intrusos.

Había estado explorando una masa informe de asteroides de piedra que resultó ser mayoritariamente espacio vacío. Alguna cultura anterior había excavado salas y estancias y cámaras de almacenaje y fundido luego los detritos en más salas y cámaras, hasta que la masa quedó convertida en una colmena de piedra. Todo esto había sucedido mucho tiempo atrás, pero a ella no le interesaba en absoluto.

En tiempos posteriores los meteoritos habían hecho docenas de agujeros a través de lo construido. Espesas paredes habían sido adelgazadas gradualmente para poder extraer aire químicamente de la piedra. Ahora ya no había aire. No había metal por ningún lado. Momias secas y piedra, piedra; poco más y nada en absoluto para un Ingeniero.

Salió a través de una perforación meteorítica, pues todas las cámaras neumáticas habían quedado fundidas y selladas con soldadura de vacío. Mucho tiempo después de esto alguien había retirado las partes metálicas útiles.

Una vez que estuvo fuera, vio, muy lejos, un pequeño resplandor de luz dorada sobre el Saco de Carbón. Merecía la pena mirar. Cualquier cosa merecía una mirada.

La Ingeniera regresó a su nave.

Telescopio y espectrómetro fallaron al principio. Luego aparecieron las dos chispas doradas, y una masa dentro de cada una de ellas, pero algo impedía la visión del interior de aquellas masas. Pacientemente la Ingeniera se puso a manipular sus instrumentos, rediseñando, recalibrando, reconstruyendo; sus manos trabajaban a una velocidad vertiginosa, guiadas por mil ciclos de instintos.

Debía atravesar campos de fuerza. Tenía en realidad algo que le permitiría hacerlo. Aunque no bien del todo, podría ver objetos grandes.

Miró de nuevo.

Metal. Metal interminable.

Despegó inmediatamente. Aquel tesoro le atraía deforma irresistible. Un Ingeniero apenas tenía voluntad libre.

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