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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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La pantalla mostró un espacio negro con puntos de estrellas como cabezas de alfileres y un punto azul verdoso rodeado de un anillo de luz indicador. El punto pestañeó dos veces mientras Rod lo observaba.

—Hemos encontrado el planeta vital —dijo Rod con satisfacción; no pudo aguantarse—: Le derrotamos, doctor.

Después de tanta espera, fue como si todo estallase de pronto.

Primero fue la luz. Podría ser un mundo como la Tierra; probablemente lo era, pero la luz ocultaba todo lo que había detrás y no era sorprendente, consecuencia, que hubiesen sido los del equipo de comunicación los primeros en encontrarlo. Su trabajo era estar atentos a todas las señales.

El equipo de Cargill y el de Horvath trabajaron juntos para contestar a las pulsaciones. Uno, dos, tres, cuatro, parpadeó la luz, y Cargill, con las baterías delanteras, emitió cinco, seis, siete. Veinte minutos después la luz envió tres uno ocho cuatro once, lo repitió, y el cerebro de la nave masculló: Pi base doce. Cargill utilizó la computadora para encontrar e con la misma base y contestó con eso.

Pero el auténtico mensaje era: Queremos hablar con vosotros. Y la respuesta de la MacArthur era: De acuerdo. Los cálculos y deducciones tendrían que esperar.

Y el segundo acontecimiento estaba ya ahí.

—Luz de fusión —dijo el piloto jefe Renner. Se inclinó, aproximándose aún más a sus pantallas. Sus dedos tamborilearon extraña y silenciosa música sobre el tablero de control.

—No. No hay Campo Langston. Naturalmente. Se limitan a encerrar el hidrógeno, fundirlo y expulsarlo. Una botella de plasma. No desprende tanto calor como nuestros propulsores, lo que significa menor eficacia. Desviación hacia el rojo, si leo correctamente las impurezas… debe de alejarse de nosotros.

—¿Cree que se trata de una nave que viene hacia acá?

—Eso pienso, señor. Una nave pequeña. Denos unos minutos y podré decirle su aceleración. Por el momento suponemos que tiene una aceleración de una gravedad… —los dedos de Renner no habían dejado de tamborilear— …y una masa de treinta toneladas. Ya reajustaremos eso luego.

—Demasiado grande para ser un proyectil —dijo Blaine pensativo—. ¿Cree que podríamos alcanzarla, señor Renner? Renner frunció el ceño.

—Hay un problema. Está dirigiéndose hacia donde estamos ahora. No sabemos cuánto combustible tienen o lo listo que es el que conduce.

—Preguntemos de todos modos. Póngame con el almirante Kutuzov. El almirante estaba en el puente. Manchas desenfocadas que había tras él mostraban actividad a bordo de la Lenin.

—La he visto, capitán —dijo Kutuzov—. ¿Qué es lo que quiere hacer usted?

—Quiero ir al encuentro de esa nave. Pero en el caso de que no podamos alcanzarla, vendrá hacia aquí, señor. La Lenin podría esperarla.

—¿Y qué haremos, capitán? Mis instrucciones son muy claras, la Lenin no debe tener nada que ver con alienígenas.

—Pero podría usted enviar un vehículo transbordador, señor.

—¿Cuántos vehículos transbordadores cree usted que tengo, Blaine?

Permítame que le repita mis instrucciones. La Lenin está aquí para proteger el secreto del Impulsor Alderson y del Campo Langston. Para cumplir esta misión no sólo no debemos ponernos en contacto con alienígenas, sino que además no debemos comunicar nunca con usted cuando pueda ser interceptado el mensaje.

—Muy bien, señor —Blaine contempló en la pantalla a aquel hombre fornido. ¿Nunca había sentido el picor de la curiosidad? Nadie podía ser tan absolutamente máquina… ¿o sí podía?—. Nosotros iremos hacia la nave alienígena, señor. El doctor Horvath quiere hacerlo de todos modos.

—Está bien, capitán. Continúe.

—De acuerdo, señor —Rod desconectó la pantalla aliviado, y luego se volvió a Renner.

—Bien, establezcamos el primer contacto con un alienígena, señor Renner.

—Creo que acaba de hacerlo usted —dijo Renner, mirando nerviosamente hacia las pantallas para cerciorarse de que el almirante había desaparecido.

Horace Bury dejaba su cabina (pensando que podría aburrirse menos en algún otro sitio) cuando apareció de pronto la cabeza de Buckman. Bury cambió de idea inmediatamente.

—¡Doctor Buckman! ¿Puedo ofrecerle un café?

Ojos hinchados se volvieron, pestañearon, se centraron.

—¿Qué? Oh, sí, gracias, Bury. Eso podría despertarme. Ha habido tanto que hacer… sólo podré estar un momento…

Buckman se dejó caer en la silla para huéspedes de Bury, limpio como el modelo de esqueleto de un médico. Tenía los ojos enrojecidos; se le caían los párpados. Respiraba trabajosamente. El fibroso tejido muscular de su brazo desnudo se aflojó. Bury se preguntó qué mostraría una autopsia si Buckman muriese en aquel momento: ¿agotamiento, desnutrición o ambas cosas?

Bury tomó una decisión difícil.

—Nabil, prepara café. Con leche, azúcar y coñac para el doctor Buckman.

—Bueno, Bury, en horas de trabajo… está bien. Gracias, Nabil. —Buckman bebió un sorbo y luego un buen trago—. ¡Ah! Esto es estupendo. Gracias, Bury, me despejará.

—Me pareció que lo necesitaba. Normalmente no adultero nunca un buen café con licores destilados. ¿Ha comido usted, doctor Buckman?

—No me acuerdo.

—No ha comido. Nabil, comida para nuestro huésped. Rápido.

—Bury, es que estamos tan ocupados que realmente no tuve tiempo. Tenemos que explorar todo un sistema solar, y además están los datos que la Marina necesita… hay que localizar las emisiones de neutrino, rastrear esa maldita luz…

—Doctor, si usted se muriese en este momento, muchas de sus notas quedarían sin escribir, ¿no es así?

—Así es, Bury —dijo Buckman sonriendo—. Pero creo que puedo perder unos cuantos minutos. Lo único que esperamos ahora es esa señal luminosa.

—¿Una señal del planeta de la Paja?

—Sí, de Paja Uno; al menos vino del lugar correcto. Pero no podremos ver el planeta hasta que apaguen el láser, y no lo harán. Hablan y hablan, y ¿por qué? ¿Qué pueden decirnos si no hablamos un idioma común?

—Después de todo, doctor, ¿cómo pueden decirnos algo mientras no nos enseñen su idioma? Supongo que por eso están intentando hacerlo ahora. ¿No hay nadie trabajando en eso?

Buckman lanzó un feroz gruñido.

—Horvath tiene ocupados todos los instrumentos, está acaparando información para Hardy y los lingüistas. ¡No hay manera de hacer observaciones decentes del Saco de Carbón y nadie había estado tan cerca como nosotros ahora! —Su expresión se suavizó—. Pero podemos estudiar los asteroides troyanos.

Los ojos de Buckman se centraron de nuevo en el infinito.

—Hay demasiados asteroides. Y no hay polvo suficiente. Me había equivocado, Bury; no hay polvo suficiente para amalgamar tantas rocas, ni para pulirlas. Probablemente sea obra de los pajeños: deben de estar en todas esas rocas, las emisiones de neutrino son fantásticas. Pero ¿cómo pudieron unirse tantas rocas?

—Emisiones de neutrino. Eso significa una tecnología de fusión.

—Y de un nivel muy elevado —dijo Buckman, sonriendo—. ¿Está pensando ya en las posibilidades comerciales?

—Por supuesto. ¿Por qué si no iba a estar yo aquí?

Y allí seguiría aunque la Marina no hubiese dicho claramente que la alternativa era una detención oficial… Pero Buckman no sabía nada de eso. Sólo lo sabía Blaine.

—Cuanto más elevada sea su civilización —añadió— más tendrán para intercambiar. —Y más difícil será engañarles, pensó; pero a Buckman no le interesaban esas cosas.

—Podríamos adelantar mucho más —se lamentó Buckman— si la Marina no utilizase nuestros telescopios. ¡Y Horvath se los deja! Ah, magnífico —dijo al ver entrar a Nabil con una bandeja.

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