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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Llevan ya trescientos años en Nueva Escocia —dijo Renner—. ¿Por qué es todavía así? Yo creía que dispondrían ya de suelo vegetal aceptable en todas partes y que habrían echado semillas. Creí que parte del planeta estaría cubierto de vegetación en estado salvaje.

—¿Cuántas veces se convierte la tierra cultivada en naturaleza salvaje en un mundo colonial? A lo largo de nuestra historia los seres humanos se han propagado siempre más deprisa que el suelo vegetal. —Potter se irguió bruscamente—. Mirad allí delante. Estamos llegando a Parcela Quentin.

El vehículo aminoró suavemente la marcha. Se abrieron las puertas y salieron unos cuantos pasajeros. Los hombres de la Marina salieron también, con Potter a la cabeza. Potter rebosaba satisfacción. Aquél era su pueblo natal.

Renner se detuvo de pronto.

—¡Mirad, puede verse el Ojo de Murcheson de día! Era cierto. La estrella estaba muy alta, hacia el Este, y era una chispa roja visible en el azul del cielo.

—Pero no puede distinguirse la Cara de Dios.

Se volvieron cabezas hacia los hombres de la Marina. Potter dijo en un murmullo:

—Señor Renner, no debe llamarlo la Cara de Dios en este mundo.

—Vaya, ¿por qué no?

—Un eliano lo llamaría la Cara de Él. No se refieren nunca directamente a su Dios. Un buen miembro de la Iglesia no cree que haya nada más que el Saco de Carbón.

—Lo llaman la Cara de Dios en todas partes. Sean buenos miembros de la Iglesia o no.

—Pero es que en el resto del Imperio no hay elianos. Siguiendo este camino, llegaremos a la Iglesia de Él antes del oscurecer.

Parcela Quentin era un pueblecito rodeado de campos de trigo. La calle era un ancho paso de basalto con una ondulación en su superficie, como si se tratase de un río de lava petrificado. Renner supuso que el impulsor de una nave había actuado allí mucho tiempo atrás, marcando los caminos antes de que se alzase ningún edificio. Se veían en la superficie infinidad de fisuras. Con las casas de dos y tres plantas que se alineaban ahora a ambos lados, difícilmente podía repararse la calle del mismo modo.

—¿Cómo nacieron los elianos? —preguntó Renner.

—Hay una leyenda —dijo Potter, pero se detuvo—. Quizás no sea una leyenda. Lo que dicen los elianos es que un día la Cara de Dios despertó.

—¿Sí?

—Él abrió su único ojo.

—Eso encaja, si los pajeños utilizaron realmente un cañón láser para impulsar la vela de luz. ¿Cuánto hace de eso?

—Bueno —Potter se puso a pensarlo—. Fue durante las Guerras Separatistas. Ya saben que la guerra causó grandes daños aquí. Nueva Escocia permaneció fiel al Imperio, pero Nueva Irlanda no. Nuestras fuerzas estaban más o menos igualadas. Estuvimos combatiendo unos cincuenta años, hasta que no quedaron naves interestelares y cesó por completo el contacto con las estrellas. Luego, en 2870, penetró una nave en el sistema. Era la Ley Cráter, una nave mercante convertida en navío de guerra, con un Campo Langston en perfecto funcionamiento y un buen cargamento de torpedos. Aunque estaba averiada, era la nave más poderosa del sistema de Nueva Caledonia; habíamos caído muy bajo. Con su ayuda destruimos a los traidores neoirlandeses.

—Eso fue hace ciento cincuenta años. Lo cuenta usted como si lo hubiese vivido.

Potter sonrió.

—Aquí la historia se la toma uno de una forma muy personal.

—Lo comprendo —dijo Staley.

—Pedía usted fechas —dijo Potter—. Los archivos de la Universidad no dicen nada. Algunos de los datos archivados en las computadoras quedaron inutilizados por daños bélicos, como saben. Algo pasó en el Ojo, de eso no hay duda, pero debió de ser casi al final de la guerra. Si no, no habría causado tanta impresión, ¿comprenden?

—¿Por qué no? La Cara de… el Ojo es el objeto mayor y más luminoso de su cielo.

Potter sonrió satisfecho.

—No durante la guerra. He leído diarios. La gente estaba oculta bajo el Campo Langston de la Universidad. Cuando salían, veían el cielo como un campo de batalla, lleno de extrañas luces y de las radiaciones de las naves que explotaban. Sólo después de acabada la guerra empezó la gente a contemplar el cielo. Entonces los astrónomos intentaron determinar lo que había pasado en el Ojo. Y fue cuando Howar Grote Littlemead se vio asaltado por la inspiración divina.

—Decidió que la Cara de Dios era sólo lo que parecía.

—Sí, eso es. Y convenció a muchos. Hemos llegado, caballeros.

La Iglesia de Él era al mismo tiempo impresionante y mísera. El edificio era de piedra de cantera capaz de aguantar siglos; y los había aguantado, pero estaba gastada y quebrantada por las tormentas; había fisuras en dinteles y cornisas, por todas partes; e iniciales y obscenidades grabadas en las paredes con lásers y otros instrumentos.

El sacerdote era un hombre alto y grueso de aspecto suave y abatido. Pero fue inesperadamente enérgico en su negativa cuando le preguntaron si podían entrar. Y de nada sirvió que Potter indicase que había nacido en aquel mismo pueblo. La Iglesia de Él y sus sacerdotes habían sufrido mucho a manos de los habitantes de aquel pueblo.

—Veamos, razonemos —le dijo Renner—. No creerá usted que nos proponemos alguna profanación, ¿verdad?

—Ustedes no son creyentes. ¿Qué les trae por aquí?

—Sólo queremos ver la imagen del… de la Cara de Él en su gloria. Después de verla nos iremos. Si no nos deja entrar, podremos obligarle a través de los canales oficiales. Representamos a la Marina.

El sacerdote les miró burlón.

—Esto es Nueva Escocia, no una de esas colonias primitivas que no tienen gobierno, que tienen sólo astronautas blasfemos. Necesitarían una orden del Virrey para entrar aquí. Y no son ustedes más que turistas.

—¿Ha oído usted hablar de la cápsula alienígena? El sacerdote perdió parte de su seguridad.

—Sí —contestó.

—Creemos que fue lanzada mediante un cañón láser. Desde la Paja.

El sacerdote se quedó asombrado. Luego lanzó una sonora carcajada. Sin dejar de reír les pasó adentro. No les dijo una palabra, pero les condujo por las gastadas losas hacia la entrada del santuario principal. Luego se hizo a un lado para observar sus caras.

La Cara de Él ocupaba la mitad de la pared. Era una especie de imagen holográfica inmensa. Las estrellas que rodeaban el borde aparecían un poco borrosas, como si se tratase de una imagen holográfica muy vieja. Y producía la misma sensación de infinito de todas las imágenes holográficas.

El Ojo de aquella Cara brillaba con una luz de un verde puro de aterradora intensidad. Verde puro con una mancha roja.

—¡Dios mío! —exclamó Staley, y rápidamente añadió—: No lo digo en un sentido literal… Pero se necesitaría todo el poder de un mundo muy adelantado para producir toda esa luminosidad a treinta y cinco años luz de distancia.

—Creo que la recordaba mayor de lo que era —murmuró Potter.

—¡Ya lo han visto! —clamó el sacerdote—. ¿Creen todavía que puede tratarse de un fenómeno natural? ¿Han visto suficiente?

—Sí —dijo Renner, y se fueron.

Pararon fuera a la luz del crepúsculo. Renner movió la cabeza.

—Comprendo perfectamente a Littlemead —dijo—. Lo que me extraña es que no convenciese a todos los habitantes del planeta.

—Somos gente muy terca —dijo Potter—. Tu silueta en el cielo de la noche podría haber sido demasiado obvia, demasiado…

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