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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—¡Aquí estoy yo, estúpido! —indicó Renner.

—Ya. A los neoescoceses no nos gusta que nos traten como si fuésemos tontos, ni siquiera a propósito de Él.

Recordando el ruinoso edificio con su mísero interior, Renner dijo:

—La Iglesia de Él ha decaído mucho, al parecer, desde que Littlemead vio la luz.

—Sí. La luz desapareció en 2902. Hace ciento quince años. Ese acontecimiento está bien documentado. Fue el final de la astronomía aquí hasta que regresó el Imperio.

—¿Desapareció la Paja de forma brusca?

—Nadie lo sabe —dijo Potter, encogiéndose de hombros—. Debió de suceder por la otra parte del planeta. Hay que tener en cuenta que la civilización aquí no es más que una pequeña parcela que va expandiéndose por un mundo estéril. Cuando el Saco de Carbón se elevó aquella noche, se elevó como un hombre ciego. Para los elianos debió de ser como si Dios se hubiese echado a dormir otra vez.

—¿Y qué hicieron?

—Howard Grote Littlemead tomó una sobredosis de somníferos. Los elianos dicen que aceleró su encuentro con Dios.

—Posiblemente para pedirle una explicación —dijo Renner—. Está usted muy callado, señor Staley.

Horst alzó los ojos con una expresión hosca.

—Son gente capaz de construir un cañón láser que cubra el cielo. Y vamos a llevar una expedición militar hasta allí.

12 • Descenso al infierno

Apenas si podían reunirse todos en el muelle del hangar. Las escotillas de lanzamiento cerradas (reparadas, pero con huellas de los daños anteriores) eran el único espacio abierto suficientemente grande para que pudieran reunirse los tripulantes de la nave y el personal científico, y aun así más bien faltaba espacio. El compartimiento del hangar estaba atestado de aparatos e instrumentos; vehículos extra de aterrizaje, equipo científico, suministros almacenados y numerosos recipientes cuyo contenido Blaine desconocía. La gente del doctor Horvath insistió en transportar casi todos los instrumentos científicos que utilizaban en sus diversas especialidades por si resultaban útiles; la Marina difícilmente podía discutir con ellos, pues no había precedentes de una expedición como aquélla.

Ahora el inmenso espacio estaba lleno a rebosar. El Virrey Merrill, el ministro Armstrong, el almirante Cranston, el cardenal Randolph y toda una hueste de funcionarios menores se distribuían confusamente por allí mientras Rod esperaba que sus oficiales pudiesen completar satisfactoriamente los preparativos del despegue. Los últimos días habían sido un torbellino de actividades inevitables, la mayoría sociales, con poco tiempo para la importante tarea de preparar su nave. Ahora, esperando las ceremonias finales, Rod pensaba que hubiese sido preferible eludir la vida social capitalina y permanecer a bordo de su nave como un ermitaño. Durante el año siguiente estaría bajo el mando del almirante Kutuzov, y sospechaba que éste no se sentía del todo complacido con su subordinado. El ruso se había mantenido ostentosamente al margen de las ceremonias que tenían lugar ante las puertas del hangar de la MacArthur.

Su presencia jamás pasaba desapercibida. Kutuzov era un hombre grande y corpulento con un sentido del humor escandaloso. Parecía como sacado de un libro de texto de la historia rusa y hablaba de un modo que ajustaba perfectamente con la imagen. Se debía en parte a su educación en St. Ekaterina, pero sobre todo a decisión propia. Kutuzov dedicaba horas al estudio de las antiguas costumbres rusas y adoptaba muchas de ellas como parte de la imagen que quería proyectar. El puente de su nave capitana iba decorado con iconos, en su cabina hervía un samovar de té y sus soldados recibían clases de lo que Kutuzov consideraba buenas imitaciones de danzas cosacas.

La opinión que se tenía en la Marina de aquel hombre era unánime: muy competente, rígidamente fiel a las órdenes que se le daban y, en consecuencia, carente de compasión humana hasta el punto de que hacía sentirse incómodos a todos los que le rodeaban. Cuando la Marina y el Parlamento aprobaron oficialmente la decisión de Kutuzov de ordenar la destrucción de un planeta rebelde (el Consejo Imperial había llegado a la conclusión de que aquella medida drástica había impedido la rebelión de todo un sector), Kutuzov fue invitado a todas las funciones sociales; pero nadie se sintió defraudado cuando rechazó las invitaciones.

—El principal problema son esas absurdas costumbres rusas —había dicho Sinclair cuando los oficiales de la MacArthur discutían sobre su nuevo almirante.

—No son tan distintas de las escocesas —había dicho el primer teniente Cargill—. Al menos no intenta obligarnos a todos a entender ruso. Habla ánglico bastante bien.

—¿Quiere decir con eso que nosotros los escoceses no hablamos ánglico? —protestó Sinclair.

—Piense lo que quiera —pero luego Cargill lo pensó mejor—. Por supuesto que no, Sandy. A veces cuando se excita no entiende usted nada… bueno, tomemos un trago.

Aquello, pensó Rod, era algo digno de ver, Cargill procurando ser amable con Sinclair. Por supuesto la razón era evidente. Con la nave en los talleres de Nueva Escocia bajo el control del jefe de taller MacPherson y sus hombres, Cargill hacía todo lo posible por no irritar al ingeniero jefe. Podría acabar eliminando su cabina o trasladándola de sitio, o cosas aún peores. Hablaba en aquel momento el Virrey Merrill. Rod salió de su ensueño y procuró escuchar entre la confusa algarabía de sonidos.

—Realmente no veo el objeto de todo esto, capitán. La ceremonia podría haberse celebrado en tierra… salvo su bendición, reverendo.

—Ya han salido otras naves de Nueva Escocia sin mis servicios —musitó el cardenal—. Quizás no fuese una misión tan importante para la Iglesia como ésta. En fin, eso será a partir de ahora problema del joven Hardy.

Indicó con un gesto al capellán de la expedición. David Hardy casi doblaba en edad a Blaine, y era del mismo rango, así que el calificativo de joven era bastante relativo.

—Bueno, ¿estamos dispuestos?

—Sí, Eminencia. —Blaine hizo un gesto a Kelley.

—¡TRIPULACIÓN DE LA NAVE, ATENCIÓN! —Las voces se apagaron, desvaneciéndose, lentamente más que de modo brusco, como habría sido si no hubiese civiles a bordo.

El cardenal sacó del bolsillo una fina estola, besó el borde y se la puso al cuello. El capellán Hardy le entregó el cubo de plata y un hisopo, un báculo con una esfera hueca en el extremo. El cardenal Randolph metió el hisopo en el cubo y roció luego a oficiales y tripulación.

—Tú me purificarás y quedaré limpio. Tú me lavarás y quedaré puro como nieve. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

—Como era en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos, amén —respondió Rod automáticamente.

¿Creía en todo aquello? ¿O era sólo útil para la disciplina? No estaba seguro, pero le alegraba la presencia del cardenal allí. La MacArthur podría necesitar todas las ayudas que pudiese obtener…

El grupo de autoridades y funcionarios subió a un planeador atmosférico en cuanto sonaron las señales de aviso. La tripulación de la MacArthur se apresuró a abandonar la cubierta hangar, y Rod entró en una cámara neumática. Silbaron las bombas vaciando de aire el espacio del hangar, y luego se abrieron las grandes puertas dobles. A continuación, la MacArthur perdió su giro mientras los grandes volantes centrales giraban. Con sólo la tripulación normal de la Marina a bordo, podía lanzarse un vehículo de atmósfera a través de las puertas pese al giro, cayendo en la trayectoria curvada (respecto a la MacArthur) provocada por la aceleración de Coriolis; pero con el Virrey y el cardenal a bordo debía rechazarse aquella maniobra. El vehículo de desembarco se elevó suavemente a ciento cincuenta centímetros por segundo hasta salir de las puertas del hangar.

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